Economía

Sábado, 25 de febrero de 201210:43

Jorge Pérez Companc: la filosofía de un multimillonario

Al igual que su padre –Gregorio, el segundo empresario más rico de la Argentina– cultiva el más bajo perfil. Sostiene que, con el tiempo, aprendió que los éxitos son de los equipos y no de las personas. Describe las contradicciones que, a lo largo de su vida, le generaron las decisiones de negocios que tomaba su padre y admite que, con el paso de los años, no sólo las validó sino que aspira a heredar su instinto. Por qué apuesta al automovilismo.

“Ya los huesos duelen y, de a poco, voy a ir dejando. Este año correré algunas carreras en el ámbito local, pero la parte mundial se la dejo a mis hijos”. La frase surge de Jorge Perez Companc, el mayor de los vástagos de Gregorio Perez Companc, uno de los empresarios más prestigiosos de la Argentina y quien, durante años, ocupara el primer puesto entre los empresarios más ricos del país. Su pasión por los fierros no tiene límites. A tal punto que, a sus 45 años –y pese a que no le gustan nada los reportajes– hizo el esfuerzo de abrir su nuevo proyecto en un mano a mano con Clase Ejecutiva de El Cronista. “Es la primera y única vez que doy una entrevista”, sonríe. E, inmediatamente, aclara que su bajo perfil no es por soberbia sino porque le gusta la sencillez del anonimato, que le permite disfrutar con su familia en lugares públicos. “Estoy muy orgulloso de ser quien soy y de quién es mi familia. No tengo nada que ocultar”, aclara. Sus palabras se validan con hechos. Amable en el trato, sencillo en el trato y con la ventaja de decir lo que piensa ante cada una de las preguntas. Tal vez sea en ello donde radica lo más interesante de los 60 minutos compartidos. Perez Companc habla de todo: del orgullo por sus padres, de la valentía de sus hermanos, de las dificultades que ha ido atravesando, de los aciertos y hasta de sus propios errores. Además, revela que River Plate es mucho más que el club de sus amores: es una cuenta pendiente para el mediano plazo.

¿Cómo empezó en el automovilismo?

Deportivamente, en 1999, corriendo con mi hermano Luis en una Land Rover, por las pampas. Pero, como sponsor, hacía muchos años que lo ayudábamos a Gabriel Raies, con la petrolera San Lorenzo. Fue a partir de ahí que comencé como piloto hasta que, en Cerdeña, tuvimos un vuelco y pasó Luis a ser piloto y yo, navegante.

¿Por qué prefirió ese cambio de roles?

No me gustó caer de una montaña, 100 metros para abajo, y verlo a mi hermano con vidrios rotos. Me dije: “Esto no es para mí”. Y me cambié de lado.

En el mundo del automovilismo, ¿eso no implica pasarle la responsabilidad al otro?

Relativamente. Para mucha gente es más locura correr en la butaca derecha, porque uno no tiene el dominio del volante. Pero yo siempre lo pongo como ejemplo en las compañías donde me toca estar: la unión entre piloto y navegante es tan perfecta –o más– que en un matrimonio. Porque uno le entrega la vida al otro... Y, realmente, ahí se juega la vida y la muerte: no hay pasos intermedios. Por eso, cuando hablo con gerentes, les digo que, si lográramos esa unión que se consigue arriba de un auto de rally, tendríamos un mundo perfecto. Porque uno se entrega voluntariamente y sabe que, si el otro se equivoca, se golpea fuerte o se muere.

¿Y cuál es la función del copiloto?

Es los ojos del piloto. Y es tal el grado de locura que, si uno se despierta mal o tiene un timbre de duda en la voz, el piloto automáticamente levanta el pie del acelerador. Porque está tan compenetrado en lo que uno va diciendo que el tono de voz o una equivocación le afecta. Si uno le dice: “Andá a la derecha”, y hay un precipicio, él va a ir a la derecha. Para alguien que no es del ambiente, cuesta entender qué genera esa adrenalina de tanto riesgo. Pero es lo que me apasiona. Y lo llevo en los genes. Siempre busqué cosas nuevas en lo deportivo, en lo personal y en lo empresarial. Siempre me gustó ir un paso adelante, innovar, cambiar, crear. Y eso es algo que heredé de mi padre, quien todos los días tiene una idea nueva.

Tuvo un accidente, al igual que su hermano. ¿No tienen miedo de seguir exponiéndose?

Es como en los negocios: no todos son fáciles de hacer. Por ejemplo, Molinos: cuando entramos, estaba muy mal, era una compañía más atractiva para un fondo de inversión. De hecho, la estaba comprando un fondo para desmenuzarla. Y eso era resignarse. Pero somos medio cabezaduras, de insistir, de probar. Uno puede tener un tropezón y una caída, pero no hay que aflojar, hay que seguir insistiendo. Todo en la vida tiene solución. El tema es buscarle la vuelta. Con los accidentes sucede un poco eso. Mi hermano, tras esa experiencia límite, pasó de ser un megadeportista y súper atleta a ser una persona con algunas discapacidades. Pero no se rindió: se volvió a subir a un auto de carreras. La opción hubiera sido quedarse en su casa, tirado en una cama, llorando todo el día. Pero en nosotros no está ese espíritu. En la familia está muy inculcado el no aflojar y el no ceder.

¿Con su hermano también trabajan juntos?

Nos complementamos muy bien porque tenemos perfiles muy distintos. Él es una persona mucho más aplacada, es muy bueno gestionando. Yo soy lo opuesto: soy mucho más temperamental, me gusta estar cambiando, evolucionando y buscando cosas. En eso nos llevamos bárbaro, aun cuando papá todavía estaba al frente de las compañías: éramos un trío en el que cada uno tenía su lugar.


La relación filial

¿Qué significa su padre para usted?

Además de ser mi padre, fue quien me formó en mi vida laboral y personal. Empecé a trabajar con él a los 14 años, cuando lo acompañaba a inspeccionar el trabajo de los equipos de perforación petrolera. Y, a los 18, comencé en el Banco Río con él, para después sumarme a la petrolera. Él tiene una gran capacidad –que hoy entiendo, pero que, en su momento, me hacía renegar–, y es que te permite aprender de tus propios errores y construir. No te castiga porque te equivocás: deja que te equivoques y, sobre el error, te enseña. Eso genera una experiencia muy fuerte en todos los órdenes de la vida. Cada cosa que hacemos, la encaramos profesionalmente o no la hacemos.

¿En qué siente que se equivocó?

Hoy, con 45 años, muchas cosas las hubiera hecho de una manera distinta. Y lo hubiera escuchado más a mi papá. Pero, con este temperamento, a veces uno es rebelde. Igual, ¿qué hijo no es rebelde con su padre?

Con esa experiencia, ¿cómo vive estar del otro lado?

Tengo cuatro hijos y experimento, en cierto modo, algo de lo que pasó mi padre conmigo. Pero él tenía la sabiduría de dejarme hacer y comprenderme. A mí me cuesta, me dan ganas de decirles: “No pierdas tiempo, andá por este lado que es más fácil”. Pero, al final del día, cuando uno lo hace por sí mismo, la experiencia vale, más allá del resultado. Sobre todo si es guiado y contenido: eso es impagable.

Su madre también es emprendedora, tanto con las heladerías Munchi’s como con el bioparque Temaiken...

Hoy somos lo que somos por la gran capacidad que tuvo ella para sostenernos Emocionalmente en el tiempo. Porque cada vez que tenemos un problema o una nueva idea, como Pro Eventos, lo hablo mucho con ella. Tiene esa cosa de madre y de mujer sencilla que, por estar fuera de los negocios, le da una visión más transparente. Claro que, aunque muchas veces nos quejamos, a ella le gusta hacer cosas con su perfil y a su escala, como con Temaiken y Munchi’s. Uno, quizás, quería hacer de las heladerías una megaempresa, con todo a full, en todos lados. Lo empezamos a orientar en ese sentido hasta que, un día, ella nos sentó y nos dijo: “Está todo bien, pero a mí me gusta ir y hacer el helado, estar yo en la fábrica, con las vacas”. Y tuvimos que aprender a respetarla.

¿Está involucrado hoy en las empresas?

Hace un tiempo que empecé a tratar de tener una vida más calma y disfrutar de mi familia. Fueron muchos años dedicados a todo esto. Hoy sigo involucrado: lo acompaño a mi hermano en las empresas y seguimos creando cosas, pero apoyados en un equipo grande de gente, lo cual permite tener más tiempo para uno. Hay que delegar y dejar que otros disfruten, crezcan y se desarrollen.

En la actualidad, el negocio petrolero suele ser noticia por las reservas o mismo por la coyuntura. ¿Qué análisis establece desde su nuevo lugar?

Hubiera sido imposible mantener tantos negocios en la actualidad. El grupo tenía el banco y la petrolera, además de estar involucrado en telecomunicaciones y energía, entre otras actividades. La decisión de papá de volcarse a lo que tenía en claro que era el futuro, que eran los alimentos, fue acertada. Hoy, más que nunca, el mundo está necesitado de comida. Y está demostrado, con la evolución de la compañía, que el cambio fue bueno. Son etapas que se van cumpliendo y es parte de la historia de uno, que no desconocemos, y producto de una decisión que respetamos. Pero fue un momento muy duro, porque era un grupo de gente muy grande el que estaba involucrado. Y fue especialmente difícil para papá, que fue uno de los creadores de todo eso. Sin embargo, también está en la visión a largo plazo ser capaces de decir: “Hemos cumplido una etapa: seamos inteligentes y tengamos la capacidad de tomar esas decisiones más allá del costo emocional”.

Con el diario del lunes, la decisión demostró ser acertada pero, en su momento, los analistas cuestionaban el desprendimiento...

Es, justamente, una de las cosas que me arrepiento de haberle discutido tanto a mi padre, por no entender, quizás porque era chico. Pero aprendí a respetarlo porque, con el banco, pasó exactamente lo mismo. Seis meses después de que nos fuimos, se produjo el Tequilazo y se derrumbó el sistema financiero. Y yo me preguntaba: “¿Cómo hizo para tomar la decisión?”. Porque el banco era el número uno, súper sólido, estaba en la cresta de la ola y le habíamos puesto un esfuerzo gigantesco. Esa es la sabiduría que él tiene y que me llevó mucho tiempo entender. Ojalá yo tenga esa capacidad para discernir, aun estando en la cúspide, y tomar decisiones en función de la lectura y visión del mundo, por más duras que sean.

En este afán creador innato, ¿qué cuenta pendiente le queda por cumplir?

Nunca pensé que iba a estar haciendo esto, por ejemplo, armando una empresa de promoción del Rally Argentino, junto con Martín Christie, y estar hablando con los medios, discutiendo con creativos de programas de televisión. Pero me divierte el desafío. Si me preguntaban ésto el año pasado, no hubiera estado en mis planes. Entonces, la vida nunca termina hasta que uno está en el cajón. Todo está por hacerse: hay que tener la voluntad, el esfuerzo y la capacidad de elegir a la gente y crear.

 

Los Argento

¿Qué le genera su apellido?

Estoy muy orgulloso de mi apellido. Pero es una carga... En realidad, es mucha responsabilidad. A veces, me da un poco de miedo la cantidad de gente que uno afecta con sus decisiones. Porque, si solo involucraran a uno, está todo bien. Pero una mala decisión de uno involucra a muchas familias, y eso me produce una gran responsabilidad y presión para no equivocarme. Porque no pasa tanto por lo económico, sino por lo humano: me duele mucho más decirle a una persona que se tiene que ir, que perder un negocio. Eso es algo a lo que, con el tiempo, uno trata de acostumbrarse... Pero no hay forma. Hoy, sacar a una persona me cuesta tanto o más que la primera vez que tuve que tomar esa decisión.

¿Por qué el bajo perfil es la clave del apellido?

Porque el objetivo de nuestra vida es ayudar al otro, crear para el otro. Nosotros estamos muy bien como estamos. No hay necesidad de mostrar y, sobre todo, lo importante es tener la humildad de aceptar que los logros no son sólo de uno, sino de un equipo. En realidad, son ellos los que logran todo esto: la petrolera, el banco, Molinos. Sería muy soberbio decir que fue uno el creador o el que hizo las cosas. Eso lo vas aprendiendo de chico. Al final del día, no sentís la necesidad de mostrar el éxito que tenés. Eso es ser soberbio y alimentar un ego que no sirve para nada.

¿Cuál es su análisis de la situación del país?

La Argentina es el lugar donde voy a estar, me voy a quedar y me voy a morir. Y vamos a apostar a fondo: lo hicimos y lo vamos a seguir haciendo. Tendrá sus altibajos pero, al final del día, es un país muy generoso. Sólo tenemos que hacer el esfuerzo y tener la humildad para seguir trabajando y creando. Lo peor que nos puede pasar es quedarnos cómodos, pensando que ya estamos hechos, o plantearnos un negocio cortoplacista que no le sirve a nadie.

¿Están pensando en nuevos negocios?

Por ahora, no. Estamos desarrollando algunos en el área agropecuaria, pero todavía son ideas que están en la cabeza. Queremos evolucionar con productos nuevos, sobre todo con pequeñas cosas. Por ejemplo en el sur, donde la Patagonia tiene un potencial gigantesco. Hay proyectos muy avanzados que tenemos que ir consolidando, con unos sistemas de riego en el desierto que permitirían abrir mercados en Europa con los corderos y las ovejas, algo que el resto del mundo no tiene. Pero es sólo una de las iniciativas que barajamos.
 

José Del Rio y Nacho Federico - El Cronista

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