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JUDICIALES

Nisman: cinco años debatiendo sobre una pregunta incorrecta y lo central aún sin responder

Nisman: cinco años debatiendo sobre una pregunta incorrecta y lo central aún sin responder
El 18 de enero de 2015 apareció muerto Alberto Nisman en su departamento de Puerto Madero.

La pregunta central sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman es por qué está muerto, no cómo murió. Más allá de las eventuales responsabilidades penales en el caso de que se comprobara con rigor científico que fue asesinado o que fue instigado al suicidio, esa respuesta será incompleta. Acaso innecesaria.

Nisman está muerto y a uno y otro lado de la grieta las explicaciones se acomodan antes a los intereses y las conveniencias de cada parte que a la búsqueda de la verdad.

La decisión de la ministra de Seguridad, Sabina Frederic, de realizar una “revisión técnica” del peritaje de la Gendarmería Nacional que sostuvo que Nisman fue asesinado es una muestra de ello.

Parece científicamente imposible demostrar la teoría de los gendarmes sobre el homicidio. Tanto es así, que ni siquiera el juez Julián Ercolini, en el procesamiento del informático Diego Lagomarsino y los custodios del fiscal, recogió esa hipótesis.

Pero en todo caso, demostrar un suicidio no aclarará sus razones. Nisman está muerto y no debería estarlo.

En el ABC de la investigación criminal, ante una muerte violenta (cualquiera sea su etiología) se impone una pregunta: ¿a quién le convino esa muerte?

La respuesta allana el camino a la investigación.

Ante un homicidio, el sistema penal argentino se pregunta quién fue. Le importa menos, casi nada, por qué lo hizo; es secundario. Si se logra establecer eso, tanto mejor. Pero en caso contrario, alcanza con saber el quién.

Ante un suicidio es menos aún. El suicidio no es delito. La justicia penal jamás pregunta por qué se suicidó, a menos que tenga indicios de una instigación.

Si a Nisman lo mató un comando venezolano – iraní entrenado en Cuba (así lo sostuvo una hipótesis publicada) ¿cuál habría sido el objetivo? La denuncia por encubrimiento a los iraníes ya había sido presentada.

Si estaba respaldada con prueba sólida esa prueba debía estar a buen resguardo (incluso el fiscal Carlos Stornelli le había ofrecido su propia caja fuerte para ello) y la presunta maniobra encubridora de Cristina Fernández de Kirchner y su gobierno estaba al descubierto. ¿Cuál era el sentido de matarlo y, además, fingir un suicidio?

Respuesta: desacreditar la denuncia.

Para ello eran necesarios dos requisitos: derribar las pruebas que Nisman decía tener pero que nunca aparecieron (no las tenían siquiera sus más estrechos colaboradores) y probar que lo que el fiscal decía sobre un supuesto acuerdo espurio con los autores del atentado contra la AMIA no era real.

Ambos supuestos objetivos, la falta de pruebas y de beneficios para los iraníes, hubieran surgido (de hecho, surgieron) sin necesidad de asesinar al fiscal.

Si Nisman tenía las pruebas que decía tener, habrían aparecido, y ello no ocurrió. Si el objetivo era una alianza económica, bélica o del carácter que fuera con los iraníes, en el contexto de un mapa geopolítico cambiante, más tarde o más temprano habría ocurrido.

El ex presidente de los Estados Unidos Barack Obama firmó un acuerdo con el gobierno de Irán, que Donald Trump deshizo. ¿Por qué no podría haberse colgado el gobierno argentino de la cola de ese acuerdo, sin necesidad de asesinar a nadie? Para la política exterior argentina, si Estados Unidos dice que Irán es bueno, Irán es bueno.

No hacía falta matar a Nisman.

Si, en cambio, se suicidó, ¿cuál pudo ser la razón?

Quienes sostienen esa teoría argumentan que le hicieron creer que tenía pruebas de las que carecía, se vio solo y abandonado a su suerte, con su carrera pendiendo de un hilo muy delgado y ante la inminencia de su debacle prefirió la muerte.

Parece poco para quitarse la vida. Menos aún con dos hijas ingresando a la adolescencia. Pero a menudo una herida narcisista deriva en reacciones que no figuran dentro de lo previsible.

Si fue un suicidio la única explicación se la llevó Nisman a la tumba. ¿Se la llevó?

Hay un dato que reveló el documental de Netflix que abre un interrogante.

En la caja fuerte del departamento de Le Parc apareció una nota, presuntamente manuscrita por el fiscal, dirigida a su madre, Sara Garfunkel, con una indicación sobre el contenido de las cajas de seguridad bancarias y privada que tenía registradas.

¿Cuándo escribió Nisman esa nota y para qué? ¿Cuál es el sentido de dejar esa nota explicativa en un lugar al que la madre no tenía acceso en circunstancias normales?

Bastaba con un llamado telefónico, un WhatsApp o un mail. O personalmente: el viernes antes del deceso, la madre del fiscal fue al supermercado a comprar víveres para su hijo.

¿Acaso hubo otra nota, que nunca apareció ni aparecerá?

Entre el momento en que la madre de Nisman, una amiga y un custodio ingresaron al departamento y lo hallaron muerto y la llegada de los primeros funcionarios policiales y judiciales pasaron unas dos horas. Si hubo una alteración de la escena de la muerte (por ejemplo, la desaparición de una segunda nota) ¿pudo haber ocurrido en ese lapso?

La tercera variante sobre la muerte es el suicidio inducido. No hay antecedentes (recientes, por lo menos) de condenas por instigación al suicidio.

¿Pudo el arma que llevó Lagomarsino al departamento de Nisman ser el “mensaje” del suicidio? Algo así como: “fulano te manda esto, vos sabés lo que tenés que hacer”.

Tal vez ni siquiera Lagomarsino lo sabía, y terminó siendo el idiota útil de una trama macabra.

De todos modos, el artículo 83 del Código Penal establece que “será reprimido con prisión de uno a cuatro años el que instigare a otro al suicidio o le ayudare a cometerlo, si el suicidio se hubiese tentado o consumado”.

Si se probara que alguien instigó a Nisman a suicidarse, probablemente ese delito estaría prescripto por el paso del tiempo. El máximo de la pena es de cuatro años de cárcel y se están cumpliendo cinco desde la muerte.

En todos los casos, la única pregunta que no tiene respuesta sigue siendo por qué está muerto Alberto Nisman.

por Néstor Espósito
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