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Historias olímpicas: Soraya Jiménez, la mujer que levantó los prejuicios y le devolvió la gloria perdida a su país

Historias olímpicas: Soraya Jiménez, la mujer que levantó los prejuicios y le devolvió la gloria perdida a su país
Soraya

Es 1987. Soraya y Magali Jiménez juegan al básquet en el club Cuicacalli de la ciudad mexicana de Naucalpan. Son mellizas e inseparables. “Cuando ella se golpea, el moretón me sale a mí”, grafica Magali para explicar la relación con su hermana. En un partido, Soraya se lastima la rodilla y el médico la manda a hacer pesas como terapia de fortalecimiento. A Magali por suerte no le duele nada. Soraya ni siquiera cumplió 12 años, pero sin otra intención que recuperarse para volver al parquet, en la rehabilitación bate marcas nacionales en levantamiento de pesas, un deporte que semanas atrás no sabía que existía.

Nacho Fuentes, entrenador del gimnasio de pesas del club, no quiere perder ese diamante en bruto, pero José Luis, el papá de las mellizas, no lo va a permitir. Al tiempo, la convicción de su hija gana la batalla. La primera de su vida.

Soraya es, efectivamente, un talento innato para el levantamiento de pesas. Supera sus propios récords en cada presentación y mejora a pasos agigantados. Pero es mujer. Eso le hacen saber en la Federación Mexicana de Levantamiento de Pesas. La mandan a la cocina, a hacer tortillas. Por entonces, la halterofilia –deporte fundacional de los Juegos Olímpicos en Atenas 1896– no existía a nivel olímpico en la rama femenina.

El Comité Olímpico Mexicano tampoco oye su pedido. En el gimnasio la miran mal y se queda literalmente sola porque en la época en que comienza con las competencias internacionales se queda sin entrenador. Ninguna autoridad quiere ayudarla. Sin técnico y sin apoyo logístico ni económico, su sueño se derrumba, pero ella no deja de entrenar.

Tiempo después, Soraya se afirma a un símbolo que sin saberlo le daría una posibilidad jamás imaginada. El logotipo de la empresa donde trabaja su papá es un dragón que a ella le llama la atención desde pequeña. Osca Uribe, presidente de la compañía en cuestión, no sólo habilita el uso de la imagen, sino que se convierte en patrocinador de la joven.

Envalentonada, Jiménez busca entrenador por internet y llega hasta Georgi Koev, un ex pesista búlgaro con amplia experiencia que vive en México. El técnico acepta entrenarla y le propone mudarse un año a Sofía para prepararse de la mejor manera para los Juegos Olímpicos de Sidney 2000, que por primera vez tendrá al levantamiento de pesas femenino en su programa olímpico.

Competir en los Juegos ya es hacer historia para ella, pero las autoridades del deporte mexicano siguen sin confiar en Soraya. En Australia y en su cara, le auguran un 10º puesto. En la final de la categoría 58 kg, pelea palmo a palmo con la favorita y plusmarquista mundial, la norcoreana Ri Song-hui, y en el último intento, la mexicana levanta 127,5 kg para coronarse campeona olímpica. Es la primera mujer de su país en ganar una medalla de oro en los Juegos. Y la primera persona de México en colgarse una presea dorada en 16 años.

Los niveles de popularidad y de exposición después de esos Juegos son demenciales y Soraya no puede manejarlos. La prensa le cuenta las costillas y refleja sus salidas y escándalos nocturnos casi más que sus resultados deportivos. Dos años después de la medalla, da positivo en un control antidoping. Luego la absuelven, pero el daño está hecho. Sigue compitiendo, pero el cuerpo y la cabeza no son los mismos. Pierde la motivación. El día que debe viajar al Preolímpico para estar en los Juegos de Atenas 2004 no se presenta en el aeropuerto. Deja el deporte.

Los siguientes son años en los que Soraya intenta llenar el vacío del deporte con actividades que no concreta. Piensa en abogacía, psicología, gastronomía. Piensa en todo y en nada. Encuentra en el budismo un camino de relajación.

Es 28 de marzo de 2013. Soraya es encontrada muerta en su departamento. Nacho Fuentes, su primer entrenador, revela tiempo después que ella le confesó en el documental de ESPN “Destino Confidencial: el sueño de Soraya” que la ex atleta tenía un tumor cerebral. La familia de Soraya no puede afirmarlo porque lo desconoce. La causa del fallecimiento es un paro cardíaco, aunque no se le realiza autopsia por voluntad de su familia. A los 35 años y tras una vertiginosa carrera, la primera campeona olímpica mexicana dice adiós después de levantar mucho más que discos de hierro.

por Carlos Arasaki
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