A fines de los años 60, mientras las vedettes comenzaban a ocupar cada vez más espacio en las marquesinas de la calle Corrientes, la vida cotidiana en José Ingenieros transcurría a otro ritmo. En una casa ubicada sobre la calle San Roque, a pocas cuadras de la avenida General Paz, Moria había armado un pequeño estudio de danza en la cochera de sus padres. Allí recibía a niñas de la zona, les enseñaba las primeras posiciones y preparaba junto a ellas las coreografías para las muestras de fin de año.
El espacio no tenía nada que ver con los grandes escenarios que vendrían después. Había banquetas, espejos y una barra de madera, elementos suficientes para que aquella joven que todavía no había alcanzado la fama pudiera empezar a enseñar lo que había aprendido. Y entre las chicas que pasaron por ese lugar estuvo Viviana F., quien décadas después todavía conserva recuerdos de aquella época.
Viviana tenía apenas unos años cuando comenzó a tomar clases con Moria y su familia mantuvo un vínculo cercano con los Casanova durante varios años. La recuerda desde una época en la que todavía era simplemente Ana María, aunque ya había algo en ella que llamaba la atención. Su hermano Adrián también la vio en distintas reuniones familiares y resumió aquella personalidad que comenzaba a aparecer: “Venía a los festejos y siempre era el centro de atención. Siempre tuvo presencia”.
La relación entre ambas familias permitió que Viviana fuera testigo de algunos de los cambios más importantes en la vida de aquella joven que estaba a punto de convertirse en una estrella. La exalumna recuerda el debut de Moria en el teatro de revistas, su paso por el quirófano del doctor Jury y hasta la compra de un Peugeot, señales de que aquella profesora de danza del barrio empezaba a dejar atrás una vida para entrar definitivamente en otra.
Pero, según su recuerdo, la fama no había cambiado todavía su manera de tratar a sus alumnas. Viviana la define como “una excelente docente y un gran ser humano” y recuerda especialmente las gestiones que hacía para ayudarla con los exámenes de danza. Cuando las fechas de evaluación coincidían con las vacaciones familiares, Moria buscaba una solución para que pudiera rendir al regresar.
El vínculo no terminaba cuando finalizaba la clase. Después de bailar, Viviana solía quedarse a comer en la casa de los Casanova y luego Moria la llevaba en auto hasta su domicilio, ubicado a pocas cuadras. En aquellas reuniones también aparecían los primeros indicios de la transformación de Ana María en la figura pública que todos conocerían después.
Viviana recuerda que, cuando su madre iba a buscarla, Rosa Casanova le mostraba algunos de los regalos que empezaban a llegarle a Moria. Entre ellos había uno particularmente llamativo: un vestido confeccionado con monedas, que la familia guardaba cuidadosamente en una caja. También recuerda que, durante un tiempo, Moria comenzó a vender ropa y que ella misma llegó a comprarle algunas prendas.
Uno de los objetos más valiosos que Viviana conserva actualmente es un programa de mano de una muestra de danza realizada en diciembre de 1968 en el Teatro Empire, donde todavía aparece el nombre de Ana María Casanova como responsable de la organización. Es un pequeño documento que permite reconstruir una época en la que la mujer que décadas más tarde sería conocida simplemente como Moria todavía estaba buscando su lugar.
Las muestras de fin de año también quedaron registradas en fotografías. En algunas aparece Viviana bailando tango junto a otra niña, mientras que en otras un grupo de alumnas realiza coreografías con zapatitos de punta, faldas de tul y una escenografía de cuento de hadas. Según su recuerdo, Moria prefería mantenerse detrás de escena y no exponerse demasiado. “A Moria no le gustaba mostrarse, mantenía un perfil más reservado, prefería preservarse”, recordó.
Paradójicamente, el paso del tiempo hizo desaparecer buena parte de aquellas imágenes. Viviana lamenta no conservar fotografías junto a quien fuera su profesora. Muchas de las cosas que quedaron en aquella casa de José Ingenieros se perdieron cuando la familia se mudó definitivamente a Versalles.
La historia, sin embargo, tuvo un reencuentro décadas después. Viviana ya era madre cuando se cruzó inesperadamente con Moria en el Tren Libertador San Martín rumbo a Mendoza. Se acercó, la saludó y comprobó que aquella memoria seguía intacta. “Hola, Moria”, le dijo. La respuesta fue inmediata: la diva la reconoció y también recordó a su padre.
La historia de Moria está llena de grandes escenarios, personajes famosos y episodios que se convirtieron en parte de la memoria colectiva argentina. Están sus comienzos en el teatro de revistas, sus películas junto a Susana Giménez, Alberto Olmedo y Jorge Porcel, sus romances, sus matrimonios, el nacimiento de Sofía Gala, el éxito de Brujas, sus programas de televisión, sus enfrentamientos mediáticos y hasta su detención en Paraguay.
Pero antes de todo eso existió aquella otra Moria. La que daba clases en una cochera de José Ingenieros, organizaba muestras de danza y llevaba a sus alumnas en auto a sus casas. Una mujer que todavía no era una estrella, pero que ya parecía tener algo que décadas después se volvería imposible de ignorar.
Y quizás ahí esté uno de los detalles más interesantes de la historia que rodea a la serie de Netflix: mucho antes de que Moria construyera el personaje público que conocemos, hubo personas que conocieron a Ana María Casanova cuando todavía estaba construyendo su propio camino.
Al final de la serie, durante la recreación de su cumpleaños número 80, Moria deja una frase que funciona casi como una declaración de principios: “Sabrán de mí todo el tiempo”. Y en este caso, la frase adquiere un significado particular. Porque más de medio siglo después, un viejo programa de mano, unas fotografías en blanco y negro y el recuerdo de una exalumna permiten descubrir una versión de Moria que ni siquiera necesitaba un escenario para empezar a llamar la atención.