Jack era conocido por su astucia, egoísmo y por ser un bebedor empedernido. Según la leyenda, logró engañar al Diablo en más de una ocasión. La primera vez lo atrapó al convertirlo en una moneda y encerrarlo junto a un crucifijo, con la condición de que prometiera no llevarse su alma. En otra oportunidad, lo hizo subir a un árbol y solo lo dejó bajar después de obtener una promesa similar.
Cuando murió, ni el cielo ni el infierno lo aceptaron. Condenado a vagar entre los vivos y los muertos, Jack no encontró un lugar donde descansar.
Para iluminar su camino, el Diablo le entregó una brasa encendida que Jack colocó dentro de un nabo hueco. Así nació la linterna que, según el relato, utilizaba para alumbrar su recorrido y que dio origen al nombre Jack O’Lantern. Con el tiempo, esta tradición se vinculó con la calabaza, que terminó por convertirse en uno de los símbolos más reconocidos de Halloween.
Un símbolo de protección contra las almas errantes
Durante siglos, en Irlanda y Escocia, se tallaban nabos, remolachas y otros vegetales de raíz con rostros aterradores. Estas linternas no eran simples adornos: de acuerdo con las creencias populares, servían como amuletos para proteger a las personas de las almas errantes.
La noche del 31 de octubre, conocida como All Hallows’ Eve, o víspera de Todos los Santos, estaba asociada con la creencia de que los muertos podían regresar al mundo de los vivos. Por eso, algunas de estas linternas se colocaban en ventanas y puertas como una forma de protección.
Con la llegada de inmigrantes irlandeses a Estados Unidos durante el siglo XIX, la tradición se trasladó al otro lado del Atlántico. Allí, las calabazas comenzaron a reemplazar a los nabos porque eran más grandes y fáciles de vaciar y tallar.
De esta manera, las calabazas con caras aterradoras o humorísticas se popularizaron como parte de Halloween y se consolidaron como uno de los símbolos más reconocidos de esta celebración en todo el mundo.