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La creatividad también se entrena: qué encontró la ciencia sobre el cerebro y las ideas

Nuevos estudios muestran que generar ideas originales no depende de una “chispa” misteriosa: hay hábitos, contextos y prácticas que pueden estimularla, aunque no todos funcionan igual.

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La creatividad también se entrena: qué encontró la ciencia sobre el cerebro y las ideas. (Imagen ilustrativa)
La creatividad también se entrena: qué encontró la ciencia sobre el cerebro y las ideas. (Imagen ilustrativa)

Durante mucho tiempo, la creatividad fue presentada como un don reservado para artistas, inventores o personas con un talento fuera de lo común. Pero esa idea empezó a quedar chica frente a lo que vienen mostrando la psicología y la neurociencia: crear no es solo pintar un cuadro o escribir una canción, sino encontrar respuestas nuevas y útiles a problemas cotidianos, laborales, académicos o emocionales.

La pregunta, entonces, cambió. Ya no se trata tanto de saber quién “nació creativo”, sino de entender qué condiciones ayudan a desarrollar esa capacidad y cuáles la bloquean. La evidencia reciente apunta a una conclusión interesante: la creatividad puede entrenarse, pero no de cualquier manera ni con resultados mágicos.

Qué dice la evidencia sobre entrenar la creatividad

Un metanálisis publicado en 2025 por investigadores de la Universidad de Essex revisó 332 mediciones de efecto y encontró que ciertos abordajes sí logran mejorar el desempeño creativo. Los programas de entrenamiento más complejos, la meditación y la exposición a experiencias culturales aparecieron entre las estrategias con mejores resultados. En cambio, el uso de fármacos para estimular la cognición mostró efectos prácticamente nulos.

El dato clave es que no todos los métodos tienen el mismo impacto. Según esa revisión, el resultado depende del tipo de práctica, del contexto en el que se aplica y también de cómo se mide la creatividad. Es decir: no alcanza con repetir consignas motivacionales ni con “pensar fuera de la caja” como fórmula universal.

La neurociencia también aportó una mirada más precisa. Los estudios de imagen cerebral muestran que la creatividad no vive en una zona única del cerebro ni pertenece exclusivamente al famoso “hemisferio derecho”. En realidad, surge de la interacción entre varias redes: una vinculada al reposo mental y la asociación libre de ideas, otra encargada de evaluar y seleccionar opciones, y una tercera que regula el paso entre esos estados.

El rol de la autocensura y el circuito de recompensa

Un estudio de Harvard publicado en JAMA Network Open analizó resonancias magnéticas de 857 participantes incluidas en 36 investigaciones. Allí se identificó un circuito cerebral común a distintas formas de creatividad. Uno de los hallazgos más llamativos fue que muchas regiones asociadas con la producción creativa tenían una conectividad negativa con el polo frontal derecho, una zona relacionada con el monitoreo de reglas y la autocensura.

En términos simples: cuando baja la intensidad de ese control, las ideas pueden circular con menos filtros. Esto no significa que toda idea sea buena, sino que el primer obstáculo muchas veces no es la falta de imaginación, sino el freno interno que descarta posibilidades antes de explorarlas.

Otra investigación publicada en Communications Biology sumó una pieza más: durante la evaluación de ideas, el cerebro parece procesar por separado la originalidad y la utilidad, mientras el circuito de recompensa asigna valor a esa combinación. Por eso los momentos de inspiración suelen venir acompañados de una sensación de satisfacción o entusiasmo.

Sueño, ejercicio, meditación y contexto

La creatividad también se ve influida por estados corporales y hábitos. Una revisión publicada en el Journal of Psychopharmacology señaló que el sueño REM favorece recombinaciones de recuerdos que durante la vigilia están más restringidas. Algo parecido ocurre en ese estado intermedio entre estar despierto y quedarse dormido, asociado con la resolución de problemas y la aparición de ideas poco convencionales.

El ejercicio aeróbico moderado, incluso en períodos breves, también mostró efectos positivos en algunos estudios. Lo mismo ocurrió con la meditación de atención abierta, una práctica que consiste en observar pensamientos sin juzgarlos, en lugar de concentrarse en un único objeto o idea.

Además, las actividades creativas no solo impactan en la generación de ideas. Un informe del What Works Centre for Wellbeing, en Reino Unido, revisó 55 estudios y cinco revisiones sistemáticas, y encontró asociaciones con menos síntomas de ansiedad, depresión y estrés, además de mejoras en autoestima y sentido de pertenencia. Pero el contexto importa: los entornos seguros, la autonomía y la posibilidad de elegir pueden potenciar o limitar esos beneficios.

La confianza llega después de practicar

Estudios más recientes agregan matices. Una revisión publicada en 2026 en Frontiers in Human Neuroscience encontró que el entrenamiento creativo sostenido puede producir cambios físicos en el cerebro, como modificaciones en la conectividad entre redes y reorganización de materia blanca en áreas prefrontales. Sin embargo, esos cambios suelen ser específicos del área practicada, como música, escritura o artes visuales, y no se trasladan automáticamente a cualquier otra disciplina.

Otro trabajo, publicado en Thinking Skills and Creativity con casi 700 participantes de entre 10 y 17 años, siguió cinco meses de entrenamiento semanal. Su conclusión desafía una idea muy instalada: la confianza creativa no aparece primero por creer en uno mismo, sino como consecuencia de mejorar habilidades concretas.

En síntesis, la creatividad se puede entrenar, pero requiere práctica sostenida, objetivos específicos y un ambiente que habilite la exploración. La ciencia todavía pide más estudios con grupos de control sólidos y seguimiento a largo plazo, pero el mensaje ya es claro: crear no es un privilegio de pocos, sino una capacidad que puede cultivarse.