Los ataques cardíacos, conocidos médicamente como infartos agudos de miocardio, representan una de las principales causas de muerte a nivel mundial, tanto en hombres como en mujeres.
El doctor Alberto Sanagustín explica cuáles son las principales manifestaciones de un infarto y qué factores predisponen a que ocurra.

Reconocer las señales de un infarto cardíaco permite buscar atención médica de manera inmediata.
Los ataques cardíacos, conocidos médicamente como infartos agudos de miocardio, representan una de las principales causas de muerte a nivel mundial, tanto en hombres como en mujeres.
La detección precoz resulta determinante para la supervivencia. Se estima que la mortalidad prehospitalaria, es decir, los fallecimientos que ocurren desde la aparición de los primeros síntomas hasta la llegada a un centro médico, puede alcanzar hasta un 40%.
En cambio, cuando se recibe atención hospitalaria de manera oportuna, los tratamientos estandarizados suelen responder favorablemente y permiten reducir de manera significativa las complicaciones.
El doctor Alberto Sanagustín, especialista en Medicina Familiar, detalla siete manifestaciones clínicas que pueden funcionar como señales de alarma y requieren atención médica.
Dolor o molestia en el pecho: el cuadro puede presentarse con un dolor precordial, ubicado en la zona central del tórax, conocida como la "zona de la corbata". Habitualmente es intenso, opresivo y puede irradiarse hacia el brazo izquierdo, el hombro izquierdo, la mandíbula o el abdomen.
También existen presentaciones atípicas o leves, con una molestia que aparece de manera progresiva, opresión ligera, sensación de pesadez o ardor en el pecho.
Una de las características del dolor asociado a un infarto es que puede prolongarse durante cinco minutos o más, aunque también puede desaparecer y reaparecer. A diferencia de los pinchazos breves que duran apenas unos segundos, no suele variar con los cambios de postura, la respiración o el movimiento corporal.
Dolor o molestias en otras zonas de la parte superior del cuerpo: el infarto también puede provocar entumecimiento o adormecimiento en el brazo izquierdo, en ambos brazos o en las manos.
Además, pueden aparecer molestias en la espalda, el cuello, la mandíbula o la región estomacal, incluso sin que exista un dolor torácico significativo.
Sudoración fría: puede producirse una aparición repentina de sudor frío y sensación de destemplanza sin haber realizado previamente un esfuerzo físico. La piel puede tornarse fría y sudorosa, acompañada de una palidez evidente.
Náuseas y vómitos: otra manifestación posible es el malestar estomacal o disconfort gástrico, acompañado de náuseas persistentes y, en algunos casos, vómitos.
Mareo e inestabilidad: puede aparecer una sensación de vértigo, pérdida de equilibrio o dificultad para mantenerse de pie y caminar debido a la percepción de que el entorno gira.
Dificultad respiratoria: la disnea o sensación de falta de aire puede presentarse con o sin dolor en el pecho.
Esto ocurre porque el miocardio afectado pierde capacidad de bombeo, lo que disminuye la irrigación sanguínea hacia los pulmones, el cerebro y el resto del organismo. Además, esta situación puede desencadenar arritmias cardíacas.
Ansiedad y alteración emocional: algunas personas pueden experimentar una sensación de angustia profunda, temor inespecífico a un desenlace fatal, irritabilidad, inestabilidad emocional o llanto repentino sin una causa aparente.
En determinadas ocasiones, esta manifestación puede simular un ataque de pánico o una crisis de angustia.
Antes del desarrollo de un infarto pueden registrarse episodios recurrentes de dolor u opresión en el pecho desencadenados por el esfuerzo físico, la exposición al frío o situaciones de alta demanda energética.
Estos episodios corresponden a la angina de pecho, que refleja una isquemia, es decir, una falta temporal de oxígeno en el miocardio, sin llegar a producir una obstrucción completa.
Este signo de alerta puede aparecer incluso años antes de un evento agudo y requiere una evaluación médica mediante pruebas de esfuerzo u otros estudios diagnósticos.
Según explica el médico, la presencia simultánea de distintos factores de riesgo cardiovascular incrementa la probabilidad de que los síntomas descritos correspondan a un ataque cardíaco. Entre ellos se encuentran:
Edad: el riesgo aumenta a partir de los 45 años en los hombres y de los 55 años en las mujeres. En el sexo femenino, la protección hormonal otorgada por los estrógenos disminuye después de la menopausia.
Hipertensión arterial: presión arterial elevada de manera constante y no controlada.
Alteraciones del perfil lipídico: niveles elevados de colesterol LDL y triglicéridos, junto con niveles reducidos de colesterol HDL.
Tabaquismo: consumo activo de tabaco.
Obesidad: condición que favorece el desarrollo paralelo de hipertensión, alteraciones de los lípidos y diabetes.
Diabetes mellitus: puede producir una afectación progresiva de los vasos sanguíneos y de las estructuras nerviosas.
Proteína C reactiva elevada: marcador analítico que indica la presencia de inflamación sistémica en el organismo.
Sedentarismo: la falta de actividad física favorece el desarrollo de obesidad, hipertensión y diabetes tipo 2.
Antecedentes familiares: historia de infarto de miocardio en familiares de primer grado, como padre o hermano antes de los 55 años, o madre o hermana antes de los 65 años.
Estrés y alteraciones del sueño: estados de ansiedad sostenida, aceleración emocional y descanso nocturno insuficiente.
Uso de sustancias estimulantes: drogas como la cocaína o las anfetaminas pueden generar vasoespasmos coronarios severos y desencadenar infartos incluso en personas jóvenes menores de 40 años.
Ante la sospecha de un infarto agudo de miocardio, el cuadro debe considerarse una emergencia médica crítica. El traslado al hospital debe realizarse lo antes posible.
El objetivo es llegar al centro asistencial dentro de la denominada "hora de oro", correspondiente a los primeros 60 minutos, y siempre dentro de las primeras cuatro horas, período en el que el riesgo de muerte por arritmias graves es mayor.
Al ser atendida, la persona debe proporcionar al equipo médico toda la información disponible sobre sus síntomas, antecedentes médicos, medicación habitual y alergias conocidas.
También resulta útil aportar estudios previos. Si se concurre a un centro médico donde no se dispone del historial clínico, llevar una copia o fotografía de un electrocardiograma anterior puede ayudar a los profesionales a comparar el trazado y detectar posibles alteraciones agudas.
Tanto para prevenir un primer evento coronario como para reducir el riesgo de recurrencia después de haber sufrido un infarto, la estrategia médica se centra en la modificación y el control estricto de los factores de riesgo modificables.
Entre las principales medidas se encuentran abandonar el tabaquismo y el consumo de drogas estimulantes, controlar mediante tratamiento y alimentación la presión arterial, la glucemia y el colesterol, combatir el sedentarismo mediante actividad física regular y gestionar el estrés.