A ese dato se suma la presencia de anomalías muy marcadas en áreas del centro-este del Pacífico ecuatorial. Las mediciones satelitales registraron sectores con desvíos superiores a los 5 °C respecto de la media climatológica, una señal que refuerza el diagnóstico de un calentamiento oceánico extraordinario.
También se observa un cambio en las temperaturas absolutas del agua. Durante el invierno del hemisferio sur, los valores suelen ubicarse cerca de los 28 °C. Sin embargo, en 2026 esa referencia fue superada desde abril, con picos cercanos a los 29,5 °C. Para los especialistas, esta persistencia del calor oceánico es un elemento central a la hora de evaluar la posible intensidad del episodio.
Por qué los modelos elevaron la alerta
El ajuste al alza en los pronósticos no surge de una sola fuente. La señal aparece en análisis del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (ECMWF) y del Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad (IRI), dos referencias utilizadas para seguir la evolución del clima global.
Los modelos dinámicos, que se basan en ecuaciones físicas para representar la interacción entre océanos y atmósfera, proyectan una curva de calentamiento cercana a los 3,5 °C. En paralelo, los modelos estadísticos también apuntan a un escenario extremo, lo que suma consistencia a la posibilidad de un evento de gran escala.
Aunque las proyecciones climáticas siempre están sujetas a actualizaciones, la convergencia entre distintos modelos convierte al posible El Niño 2026/2027 en un tema de seguimiento prioritario. La magnitud del calentamiento previsto y la comparación con el récord de 2015/2016 explican por qué el fenómeno ya es observado como un caso potencialmente histórico.