A medida que pasan los años, cada nuevo período representa una porción más pequeña de nuestra vida. Para un niño, un año es una fracción enorme de su experiencia vital; para un adulto, es solo una parte más de una historia mucho más extensa. Esa proporción hace que el tiempo se perciba como más acelerado con la edad.
Además, el cerebro adulto tiende a automatizar procesos, lo que reduce la cantidad de estímulos novedosos y refuerza la sensación de rapidez.
La neurociencia también señala el rol de la dopamina, un neurotransmisor asociado al placer, la motivación y el aprendizaje. Las experiencias nuevas o emocionalmente significativas activan más este sistema, dejando huellas más fuertes en la memoria.
Cuando hay menos estímulos novedosos, la memoria se vuelve más difusa y el tiempo, en retrospectiva, parece comprimirse.