Por un lado, la necesidad de afecto y contención es fundante de la naturaleza humana, siendo la relación madre-bebé su mejor ejemplo. La búsqueda y necesidad de afecto sobre otros, funda y sostiene la dinámica social. De lo que se trata aquí es de una necesidad de afecto por parte del otro incrementada excesivamente al punto de hacer de ella el eje primordial de la vida. El hecho de desear y necesitar relacionarnos con otros no implica el grado de conflictividad interna en la conformación vital como lo supone la dependencia emocional.
Por otro lado, lejos de determinarse como “patología”, “trastorno de personalidad” o “enfermedad”, la dependencia emocional aparece como un estado, y como tal, es reversible. Se configura como un patrón de conducta capaz de cristalizarse en personalidades propensas a expresarla, tiñendo así toda voluntad, pensamiento y acción del sujeto, que se vuelve un esclavo de su propia necesidad por la fatigante tarea de demandar constantemente afecto.
Las personas con tendencia a manifestar estados de dependencia emocional no suelen elegir deliberadamente ni son conscientes de esa modalidad de socialización, sino que suelen acarrear una falta de seguridad personal, conflictos irresueltos o experiencias traumáticas vincularmente que determinan tal propensión.
La vivencia profunda e íntima de vacío o carencia afectiva promueve la búsqueda intensa de afecto para procurar saturarse con la presencia y entrega de la pareja. Por lo que esa necesidad por el otro se enhebra con la intención de sentirse necesitada, cumpliendo una función en su energía anímica.
Dadas estas condiciones, la pareja estará atravesada por una relación de asimetría y dominancia de una de las partes (aunque no se lo proponga por sobre otra). De todas las asimetrías posibles en una pareja (laboral, económica, prestigio, género, etc.), la emocional es particularmente peligrosa para la subjetividad de la persona dependiente, dado que queda sin recursos de afrontamiento, resistencia, creatividad, iniciativa o voluntad para sobrellevar la situación.
Las consecuencias de esta dependencia son contundentes en términos de autonomía y autoestima, centrales para una vida saludable.
Se vive por y para la pareja, relegando la propia identidad y perdiendo así el control de sus propias emociones y necesidades, lo cual trae efectos perjudiciales pensando en la libertad posible, la confianza personal y la potencialidad de proyectarse un futuro.
De allí el cuadro general matizado por baja autoestima, sentimientos de vacío, ansiedad ante el abandono, necesidad de mantenerse en pareja o conformar desesperadamente otra, frustraciones constantes, necesidad de agradar y ser aprobado por los demás, idealizar exageradamente rasgos de personalidad dominante, resignación de valores propios por someterse a voluntades ajenas y falta de proyección personal.
Pero la persona en dependencia emocional no establece la vinculación con cualquier persona, sino que lo hace en base a características idealizadas y criterios fijos que vuelven más atractivas a ciertas personalidades para aquella. Así, las demandas a su pareja suelen ser un patrón que existió previamente y podría repetirse igualmente con otra persona de características similares.
Contrariamente a la creencia usual de que la persona en dependencia emocional hará hasta lo imposible por mantenerse eternamente con su pareja procuradora de seguridad y afecto, suele darse también otro escenario.
Si en el transcurso de la relación aparece otra persona que cumple con las características idealizadas, y la actual pareja no es capaz de sobrellevar las demandas de afecto, exclusividad y presencia constante, es probable que la persona cambie y apueste por una nueva vinculación que satisfaga su privación.
Por eso, si bien el estado de dependencia emocional es propio de una de las partes, el lugar de la pareja es fundamental. Si promueve tomar ventaja de la necesidad afectiva de la persona para exaltar su autoestima, control y autoconfianza, será muy difícil evitar una matriz amorosa teñida por el egoísmo, la ansiedad constante, la reiteración, la violencia, la manipulación y la toxicidad.
Si en cambio primase en la persona la claridad y la preocupación por el estado de su pareja, pidiendo incluso ayuda a profesionales o a afectos cercanos a ésta, es posible abrir un margen de autonomía para que se instale en la persona dependiente la pregunta, la reflexión, la recapacitación sobre lo que implica esa dependencia y la modalidad de vinculación amorosa que se está transitando.
A su vez, no es menor rescatar que se vive en una sociedad donde el amor romántico está mitificado y las vinculaciones amorosas regidas por patrones hetero-patriarcales abundan.
Esto genera, además, que ciertas conductas que son usuales por el propio sistema y las lógicas de vida moderna (como los celos exagerados, la posesividad, la necesidad de demostrar bienestar, la conyugalidad como deseable, la maternidad como imperativo, entre otros) sean tomadas socialmente como normales.
En definitiva, la dependencia emocional es un entramado complejo dado que implica una vinculación entre dos personas diferentes, una situación de vulnerabilidad en una de ellas y dentro de un contexto social que no colabora en la desarticulación.
El campo de los sentimientos y los afectos tienen una dificultad intrínseca para ser abordados experimentalmente u objetivamente, por lo que tampoco hay prescripciones para tratar con ello.
De lo que se tratará si la intención es ayudar a aquellos atrapados en esta escenario, será de detectarlo en primer término y promover desde allí la toma de conciencia de las partes involucradas de la situación que intercede, apuntando a desarmar la dinámica dañina tomando en cuenta las necesidades y características de la persona en su singularidad.