Hoy los principales servicios que ofrecen son la transcripción de facturas, documentos y planillas; un servicio de asistencia virtual al que le pusieron Sasha; y las microtareas, que les llegan por WhatsApp y van desde agendar algo a buscar cosas en Google o Mercado Libre. También los contratan para eventos y “van apareciendo cosas” que los hacen pensar en nuevos servicios a brindar. “Estamos viendo todo el tiempo de ampliarnos en ese sentido y ver qué se le puede ofrecer a una empresa para que nos contrate, todo a través de la tecnología”, dice Vanesa.
En Venezuela, Luvia trabajaba freelance como ilustradora. Sobre su experiencia viviendo acá dice que aunque se siente más socialmente aceptada todavía hay prejuicios ante la comunidad trans, y más en la búsqueda laboral.
“Durante mi primer año en Argentina estuve intentando buscar trabajo pero no lograba que me contrataran, ya sea porque las personas veían mi DNI y notaban mi tono de voz o al saber que era una mujer trans se echaban para atrás”. “Durante mi primer año en Argentina estuve intentando buscar trabajo pero no lograba que me contrataran, ya sea porque las personas veían mi DNI y notaban mi tono de voz o al saber que era una mujer trans se echaban para atrás”.
Igual, aclara que tuvo suerte. “Soy una mujer trans blanca y nunca he hecho trabajos sexuales. Además, en este momento tengo trabajo formal”. Habla de Trans-ti, donde cuenta que encuentra “demasiada” aceptación. “Todos me respetan y el trato es muy bueno, demasiado bueno. Cuando tengo tiempo sigo con los trabajos freelance, pero este es mi principal ingreso. Y tener un sueldo fijo es una gran diferencia”, destaca.
Cuando arrancaron con Trans-ti, Vanesa y Daniel recurrieron a una mujer trans que los asesoró a lo largo del camino y los presentó en determinados núcleos donde el colectivo está muy bien representado. Por ella terminaron acercándose a varias ONGs y lugares como el Mocha Celis, donde Daniel dio un taller, y el Hotel Gondolín, que sólo aloja mujeres trans.
Desde su empresa también organizan capacitaciones siempre que pueden -en agosto van a dar una sobre testing de software-, pero sobre esto Vanesa aclara algo clave: “Ellas lo agradecen, pero lo que más quieren es un trabajo”.
En pos de ese satisfacer ese deseo, la empresa se apoya bastante en el Ministerio de Trabajo, donde forman parte de una comisión de diversidad. Desde ahí los bancan para que puedan dar primero 6 meses de capacitación y después concretar la contratación formal (con obra social, aportes, etc.). También subsisten gracias a un fondo de la empresa anterior y a las contrataciones de los clientes que van apareciendo, que por más que no sean un ingreso muy alto ayudan a mantener la estructura. Con eso, a su vez, emplean a algunas trabajadores que aunque no laburan de forma fija con ellos si hacen colaboraciones.
Hoy, con 3 empleadas fijas a cargo, el objetivo de Trans-ti es seguir creciendo y sobre todo “que la aceptación se traduzca en un negocio rentable”.
“La idea es que esto sea un puntapié, el primer trabajo en el currículum de alguien, y que eso después las habilite para buscar otras cosas y seguir creciendo. La meta es esa: que tengan un entrenamiento en el ámbito laboral, aprendan lo que consideren necesario y después puedan buscar otra cosa”. Además, dice, también se trata de sensibilizar, y de que cuando aparezca una persona del colectivo o de otros colectivos, las empresas estén preparadas para hacer más agradable la convivencia.
Luvia por su parte tuvo que dejar la universidad a sus 21, cuando empezó a transicionar:
“La abandoné cuando empecé a presentarme como chica, porque ya recibía algo de discriminación. A pesar de que ya tenía una comunidad de amigos y conocidos allí, había profesores que hablaban mal de mí a mis espaldas. En los baños anotaban mensajes nada bonitos hacia mí. Nunca se llegó a nada físico, pero dejé la universidad por eso y porque no quería seguir estudiando una carrera de la que iba a terminar graduándome con otro nombre y otro género, no quería eso”. “La abandoné cuando empecé a presentarme como chica, porque ya recibía algo de discriminación. A pesar de que ya tenía una comunidad de amigos y conocidos allí, había profesores que hablaban mal de mí a mis espaldas. En los baños anotaban mensajes nada bonitos hacia mí. Nunca se llegó a nada físico, pero dejé la universidad por eso y porque no quería seguir estudiando una carrera de la que iba a terminar graduándome con otro nombre y otro género, no quería eso”.
Hoy, tiempo después, usa su experiencia en el área visual para encargarse de ilustrar digitalmente los posteos de Trans-ti en Instagram. ¿Con qué sueña? “Me gustaría dedicarme a la ilustración editorial o al concept art, dirigido especialmente para niños. Además estoy esperando a cumplir dos años aquí para tener el DNI argentino y hacer el cambio de nombre”.
Hace poco, ella y Vanesa participaron de un ciclo de charlas sobre cuestiones de género organizado por intive-FDV -una empresa internacional especializada en desarrollo de software a medida que promueve la igualdad- que tuvo a Trans-ti como foco.