Páez se sienta al piano solo, se pelea con la máquina de humo ("Esto no es un asado") y asienta los ánimos de la Isla. "La música también se hace en silencio", afirma (y reclama).
Resuelto el contexto, el rosarino encara la introducción de "Un vestido y un amor". Hay algo del formato minimalista que acaso le siente bien a Páez para una nueva etapa, una vez que concluya su raid celebratorio del trigésimo aniversario de "El amor después del amor", que reposa en el polo opuesto.
La musicalidad Charly García de algún modo aparece en la noche. Ya Cantilo había iniciado su show con "Bancate ese defecto".
La cita de Páez es más sutil y también más bella. Es a través de su propia versión de "Tumbas de la gloria": hay allí una aproximación al tango que se parece al modo de García de asumir ese lenguaje, sin golpe.
La evocación sigue con invitados: Cantilo regresa para "Circo Beat", que Páez usa para jugar con el público, y "Piti" Fernández se asocia a "Brillante sobre el mic".
Una sesión rockera inaugura un nuevo momento de la noche, a pura guitarra eléctrica, con "Ciudad de Pobres corazones" y luego "A rodar mi vida" insinúa un falso final que no engaña al público.
La multitud no permite la despedida. La sección de bises avanza con "Dar es dar" y luego una explosión con "Mariposa tecnicolor". Desborde y éxtasis. Ahora sí es el final.
La maniobra esta vez no falla. Las luces vuelven al escenario y Páez, por primera vez en la noche, se apega a otro un temperamento más introspectivo. "Y dale alegría mi corazón" hace cantar a toda la plaza.
Tentado a extender su orquesta hacia esa infinita marea de espectadores cuyo final no puede ver, Páez abandona el piano y suspende todo sonido. Lo acompañan Cantilo, Piti y Juanse, que luego va a clausurar la noche con los Ratones.
El rosarino asume el rol de director de orquesta (de masas) y por largos minutos el dueño del coro más grande que jamás se haya visto.
Después de aquello sólo le cabe abandonar el escenario.
La trayectoria de Páez, desde los turbulentos ´80, presenta, como la de todo músico, alturas, planicies y precipicios.
Su incontenible pulsión creadora de la juventud, acaso, ya no pueda ser replicada. Pero la persistencia por volver a alcanzarla es su forma de vencer al tiempo.