La decisión de Boca de darle cabida obedece a cuestiones deportivas, la urgencia de ganar la Copa Argentina, como si la sola presencia de Villa le garantizara el éxito. Pero sobre todo responde a cuestiones de patrimonio y la búsqueda de desprenderse rápidamente de un jugador que se volvió una bomba de tiempo. Si no juega, pierde valor.
A veces es mejor perder para después ganar.
Villa se quiso ir de Boca. El club, con buen criterio, no quiso ser avasallado por los representantes del jugador y no aceptó ofertas que consideraba insuficientes. Pero aquella postura que marcaba un principio saludable de distancia sobre la influencia de los empresarios se volvió con el tiempo un inconveniente para profesar el primer mandamiento de la gestión Riquelme: el factor pertenencia.
Villa abandonó Boca. Volvió porque sabía que no tenía motivos para incumplir un contrato vigente. Adujo motivos personales para irse a Colombia y terminó apareciendo de fiesta en sus redes. Después de cumplir con la penitencia, Boca lo reivindica deteriorando los valores que pretende plasmar. En el medio estará el debate del dinero que ganará o dejará de ganar en una posible venta. A veces, aunque los asientos contables no lo indiquen, el orgullo debería estar por encima de todo.