Las razones son múltiples. El cansancio cotidiano, el estrés laboral, las preocupaciones económicas y el impacto de la hiperconectividad juegan un rol clave. A eso se suma un cambio cultural más amplio, donde el sexo deja de ser una obligación para convertirse en una experiencia que necesita contexto, deseo real y consentimiento emocional. Para muchos, menos encuentros no implican menos amor, sino una relación más honesta con lo que verdaderamente sienten.
Este giro también genera polémica. Mientras algunos celebran la caída de los mandatos y hablan de vínculos más libres, otros se preguntan si no se trata de una señal de alerta disfrazada de modernidad. ¿Es una evolución natural de las parejas o una forma elegante de evitar conflictos más profundos? La respuesta, como casi todo en materia de intimidad, no es única.
Lo cierto es que el dato ya no se esconde como antes. Cada vez más parejas lo dicen en voz baja, primero, y con mayor seguridad después. Y en ese gesto hay algo claro: la forma de vivir el sexo está cambiando, aunque todavía incomode admitirlo en voz alta.