River en la post pandemia utilizó un nuevo diseño donde ubicaba a Julián Álvarez como tercer delantero y centralizaba más a Nacho Fernández en la construcción del juego. Los peligros de este esquema pasaban por quedar separados entre líneas y que el rival (no solo lo consiguió Banfield, sino parcialmente Rosario Central) aprovechase el mediocampo concentrando más gente.
El técnico de River suele postergar el análisis de su equipo en función de los sistemas, prefiere hablar de funciones y obviamente los niveles se imponen por sobre los nombres propios. Esta receta que en la teoría parece sencilla no debe resultar fácil de llevarla a la práctica ante futbolistas que han conseguido tantos éxitos. Sin embargo, Gallardo aplica como pocos el principio de la justicia que estimula la competencia interna a límites muy altos.
Hace días en River debatíamos si la partida de Martínez Quarta resultaba difícil de cubrir. Pinola y Casco parecían irremplazables. A Angileri nadie lo contemplaba con chances de ser titular. Santiago Sosa era la variante a los bajones de Nacho Fernández. Ni siquiera estaba Zuculini como el factor de despegue en el mediocampo. Tampoco imaginábamos a Ponzio como dueño del orden del equipo ante la funcionalidad de Enzo Pérez. Y hasta parecía que Álvarez, con esa dualidad entre ser mediocampista derecho o delantero, estaba para quedarse. Pratto tuvo buenos momentos en la copa local pero no tiene lugar. Estamos presenciando la irrupción de Jorge Carrascal y esa opción no era tan contemplada salvo para el entrenador.
Hoy no está claro que Nacho Fernández tenga un lugar cuando se recupere de la dolencia lumbar. En River todos los nombres son efímeros, menos su naturaleza. Muchos anticiparon un fin de ciclo tras un mal paso. Nunca hay que subestimar el corazón de un campeón.