"Al principio me acompañaba mi mejor amiga a buscar los resultados, y siempre me daban negativo. Pero una mañana, cuando estaba produciendo AM empecé a toser mucho... Con el correr de los días no sé qué me pasaba. Tenía 35 años y le echaba la culpa al pucho, pero en lo más íntimo sospechaba que ya tenía HIV. Volví a hacerme los análisis. Esa vez, en lugar de darme el sobre, me hicieron pasar al consultorio, porque el médico me quería explicar cómo empezar el tratamiento. Yo me fui sin escucharlo: no quería aceptar la enfermedad", continuó.
Luego agregó el bajó que sufrió al "caer" que tenía la enfermedad: "No podía salir de mi cuarto. Iba a trabajar y a la hora me escapaba corriendo. No sabía qué hacer con mi vida. Llamé por teléfono a mis padres y a mis dos hermanas y les conté que tenía HIV: vinieron todos corriendo a casa. Mis viejos están separados desde que tengo siete años y ésa fue la última vez que los vi a todos juntos".
Por último, reconoció que en cada cita aclara que tiene HIV: "Lo cuento, porque si no le digo a esa persona que estoy negativizado siento que lo traiciono. Y no porque yo pueda transmitir el virus, ya que está indetectable desde hace seis años. No tengo problema en decirlo...".