Aunque en sus bonitos recuerdos también hay espacio para conceder que en los últimos meses de su vida mostró algunos síntomas de depresión y episodios de ansiedad, y lo duro que era para ambos verle lúcido y, solo cinco minutos después, totalmente perdido. "No tenía poder para ayudarle a ver su propia genialidad... Por primera vez, mis razonamientos no tenían ningún efecto para que mi marido encontrara la luz en los túneles del miedo en los que estaba metido".
Según el relato, Schneider conoció la enfermedad neuronal de Robin Williams tres meses después de su muerte, y desde entonces estuvo un año encontrándose con profesionales médicos para tratar de entenderla. Y aunque lamenta que no se hubiera diagnosticado correctamente al actor, "el terrorista iba a matarlo de todas formas. No hay ninguna cura y el rápido declive de Robin estaba asegurado".
Desde entonces, Susan Schneider trabaja con la asociación estadounidense de esta enfermedad para darle una mayor visibilidad para poder ayudar en su diagnóstico. Un propósito que la ha llevado ahora a escribir una carta tan personal. Y una misión que se ha tomado en serio, siendo consciente del interés que suscitaba su testimonio la primera vez que habló en televisión sobre la muerte de su marido ya lo hizo para hablar de esta enfermedad.