*Este texto forma parte del newsletter "Diario de la Procrastinación", de la red de newsletters de A24.com. Si te interesa recibirlo podés suscribirte acá.

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Lunes
A veces escribo mientras voy caminando. Escribo pero no escribo: le hablo al celular y el sistema lo tipea automáticamente en una nota. Al principio desconfiaba pero el método funciona perfecto. Esta semana, por ejemplo, le dicté el apellido de una persona con la que había soñado, un apellido de varias consonantes y pocas vocales, y lo escribió sin errores. Me sorprendió aunque después entendí que lo debe haber asociado con el apellido de esta misma persona que está en la agenda.
Lo que no funciona tan bien del sistema es el pasaje de lo que tengo en mi cabeza, algo que suena redondo y es una oración perfecta, al papel, a la pantalla. Cuando empiezo a dictar la frase se desarma, pierde sentido. Es el misterio de la escritura, el pasaje de lo imaginado, el tiki tiki mental que no se puede convertir en oración.
La paradoja que tendría que resolver es la siguiente: yo escribo cuando camino, cuando voy en el colectivo o en el subte es como si el movimiento activara un dynamo en mi cerebro. Sin embargo, cuando escribo, la acción concreta de escribir, estoy quieto, sentado frente a un monitor. Quito soluta mente quieto (“quieto absolutamente quieto”, eso debo haber querido dictarle al teléfono).
Martes
Estoy soñando mucho, no recuerdo algo en particular pero el simple hecho de soñar me hace darme cuenta de que en estas semanas previas no estaba soñando nada. Entonces sería algo así como que sueño por contraste, como esos estudios que te hacen y tenés que tragar un líquido horrible. Soñar blanco sobre negro.
Aparecen personajes extraños, colegas periodistas que no recordaba, personas que creo no haber mencionado en los últimos 5 o 10 años. El bonete es un aleph indescifrable. Freud estuvo cerca pero quedó eliminado en cuartos de final. Después hubo algunos otros técnicos interinos, como Lacan, que agarró el equipo y lo llevó a la semi. Pero ahora estamos en la final sin DT.
Miércoles
Sigo pensando que estaría bien borrar la aplicación de Twitter del teléfono. Sigo con la aplicación de Twitter en el teléfono.
Un par de buenas biografías: “Siempre soñé con largar todo e irme a vivir a la playa. Lo cumplí. Volví”.
Otra que me gusta: “Recuerda, Bob, sin miedo, sin envidia y sin maldad”. Esta la tiene el escritor Walter Lezcano y la descubro porque viene a la radio a presentar su libro sobre 2 Minutos.
A la salida de la radio me engancho a escuchar 2 Minutos. En la prehistoria de este newsletter hablé de Flema y creo que con 2 Minutos me pasa lo mismo: en su momento no los escuché con demasiada atención y ahora encuentro algo de su épica barrial que me conmueve. En especial la megalomanía de su cantante, el Mosca, un músico probablemente subestimado, el melómano menos pensado de Valentín Alsina.
Salgo de la radio escuchando un disco de covers que hicieron y arranca el dynamo.
Escuchar a 2 minutos me lleva a una época de la vida en la que estaba medio solo, medio perdido, la maldita adolescencia. Salía con los amigos de algún amigo, pero no tenía grupo fijo. No encajaba y entonces caía en lugares inesperados, a veces con los rugbiers, a veces con los punks.
En esa nebulosa, el bullying me pegaba en el palo. Las piñas volaban y yo como Nicolino. Los punks me apodaban Marley, un apodo que le hacía justicia a mi cara de entonces, hinchada por las hormonas de una adolescencia tardía, como la de Messi cuando debutó en el Barcelona pero todo natural, sin la parte de las inyecciones. Un cara deforme born and raised en Bahía Blanca, la tierra olvidada por la naturaleza, calurosa en verano, fría en invierno, ventosa 365.
Igual a los amigos hay que cambiarlos cada diez años.
Jueves
El Diario de la Procrastinación es también una enciclopedia de recuerdos: podría contar toda mi vida a partir de los nombres con los que compartí el viaje. Algunos pueden ocupar un capítulo entero, otros son tres líneas.
El Atlas universal de los recuerdos.
Gugú era un vecino que teníamos en los veranos de la casa de mis tíos en Brasil. Le hacíamos bullying, era un personaje un tanto insoportable y soberbio, aunque quizás simplemente no encajaba. Era cachetón y sabelotodo, me gustaría volver a ver una foto de él para describirlo mejor. Compartíamos los veranos con él y su familia, Lindomar era su papá, Sonia su mamá. También tenía una hermana mujer que ahora mientras escribo no logro recordar (quizás porque estoy quieto).
Gugú tuvo un cáncer en el cerebro y se murió. La noticia corrió en el chat familiar hace un tiempo, supongo que nos impactó, supongo que seguimos adelante. Los memes y el barullo cotidiano de las redes sirven para eso, son el alikal de la tristeza verdadera.
Eso fue hace un tiempo: ahora recibo otro mensaje en el chat familiar que viene desde Brasil. No hace falta traducir lo que viene crudo.
Uma notícia triste, hoje morreu o Lindomar. 5 meses depois do filho, o Gugu. Teve um infarto. Ficou muito mal depois da morte do filho.
Nada de esto se puede googlear, incluso yo a veces busco para ver si hay algo más de Gugú y de LIndomar, saber cómo fue el desenlace. Trato de rastrear en los fúnebres de los diarios de Florianópolis pero no encuentro nada. Está en la memoria de unos pocos y se diluye, se va. Quizás sea injusto pero es mejor que sea así.
Viernes
Algunas notas desordenadas para escribir este newsletter. Las tengo hace rato, no las puedo desarrollar. Algunas sé de qué hablan, otras no tengo la menor idea. Las escribo acá como cadáver exquisito, que se arme solo el texto, que las complete el lector. O que mueran acá, me despido de ellas. Quizás sea injusto pero es mejor que sea así.
Una pareja se pelea a ritmo humedad. Viene el 59 y se van. Creo que ya los vi.
El tipo que me arregla el ventilador y su tratamiento de diálisis. Una cicatriz inolvidable en la cara.
La forma que tienen de trabajar los instaladores de aire acondicionado (esta debería borrarla porque podría escribir algo más interesante; pero a la vez no tengo ganas, no lo voy a hacer, ya se va hoy para siempre. Chau).
Los viernes vienen bandas al programa de radio. Me cambia la ecuación. Al mediodía de un viernes escucho como un mantra a Tom Quintans, el nihilista de Boedo: todo mejorará.