*Este texto forma parte del newsletter "Diario de la Procrastinación", de la red de newsletters de A24.com. Si te interesa recibirlo podés suscribirte acá.

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Lunes
Camino a la radio y planifico mentalmente la semana. Dos o tres tareas burocráticas, unos libros que podría arrancar y algunos de los pendientes de siempre: tendría que hacer deporte, tendría que retomar el psicólogo (aunque con eso ya sé que no voy a poder). De todos modos es una semana optimista.
Benito empieza en un jardín nuevo: compartimos el acto de apertura con mi viejo. Hace un calor dantesco, quiero que mi hijo esté feliz y contento, que no llore, que pueda hacer nuevos amigos. Quiero que mi viejo no se desmaye por el calor, le cedo la silla, me preocupo por su estado y porque el acto termine lo antes posible. Algo así como la distancia de rescate con cada uno de los dos.
Después del himno y las formalidades con la bandera (tradiciones que pensé no disfrutaría tanto), la directora empieza un discurso medio desparejo. Yo mentalmente pienso la diferencia de edad con mi viejo y con mi hijo: 36 años para adelante, 36 años para atrás. Soy el volante central del equipo.
Las cosas salen más o menos bien, voy para mi trabajo.
En el camino leo una nota sobre los distintos tipos de procrastinadores. Yo soy de los que evitan las tareas por lo que implican las consecuencias negativas de las acciones.
En mi caso, según aprendo, también se le suma algo conocido como el efecto Zeigarnik, que es la tendencia a recordar tareas inacabadas o interrumpidas con mayor facilidad que la que han sido completadas. Una suerte de exigencia permanente, un umbral de tolerancia menor que el esperable (escribo esta frase como una suerte de metaexigencia: ¿menor que el esperable respecto de qué?). Difícil tarea para un número 5.
El efecto Zeigarnik, una variante del efecto Bragarnik, que es la tendencia a acumular directores técnicos y distribuirlos por los equipos del fútbol argentino.
Esta es la edición número 70 del Diario de la Procrastinación y creo que es la primera vez que escribo sobre el tema, al menos de manera directa. ¿Y entonces de qué escribe uno cuando escribe?
Martes
Benito llora desconsoladamente, aferrado a Sol. Yo oscilo entre la certeza de que va a poder adaptarse a este nuevo jardín, que va a poder ser un buen amigo de sus amigos, y la idea de abandonarlo todo, que su sufrimiento no tiene sentido, volver al jardín anterior y que se reencuentre con sus viejos amigos.
Mientras tanto, un amiguito nuevo, cancherísimo, le presta su camión y lo contiene. Se llama Noah, tiene un corte de pelo moderno (¿se puede ser moderno a los 4 años?). Con Sol vemos a Noah como un enviado, anda hecho un líder por todo el jardín, no veo a sus papás por ningún lado. Es como si hubiera llegado al jardín solo, descartando un faso en la puerta. ¿De qué planeta viniste, pequeño sobreadaptado con nombre bíblico?
Tengo un amigo que todavía me agradece el hecho de haberlo ayudado cuando llegó desde otra escuela a la que asistía yo. Todo esto sucedió hace más de 30 años, pero cada tanto Regi reconstruye la escena; dice que yo le dije “Vení, sentate conmigo”. Yo no me acuerdo en absoluto, al menos no de los detalles, pero para él sigue siendo una secuencia fundamental en su vida y me lo hace saber cada vez que puede.
Yo me quito méritos, no creo haber hecho algo extraordinario. Y tampoco quiero darle un sentido circular a toda esta historia, ahora que Benito vive algo similar. Uno a veces actúa instintivamente, sin pensar en las consecuencias, o casi por oposición a lo que desea lograr.
Escucho desesperadamente el disco de Lucy Patané, que es como poner en una licuadora a Led Zeppelin, Spinetta, Black Sabbath, Eduardo Falú, Arctic Monkeys, Adriana Calcanhotto, Divididos y Juana Molina.
Miércoles
Quiero buscar algo más de info sobre Bluma Zeigarnik pero fracaso estrepitosamente. Bluma Zeigarnik, la que descubrió esta variante de la procrastinación, es una psicóloga rusa que nació en el año 1900. Trabajó con los gestálticos, en especial con Kurt Lewin, uno de los fundadores del movimiento. Murió en 1988 pero hay una parte de su biografía que está incompleta, no hay demasiados datos de cómo sobrevivió a la persecución de los nazis.
Ante el fracaso me quedo mirando su foto, pero no encuentro respuestas.
Empecé a leer el libro de Andrés Burgo, es la tercera parte de su trilogía riverplatense: uno habla del descenso, otro de la final de Madrid, y este habla de Andrés como hincha, de su vínculo con su papá y con su hijo Félix. Me emociono en algunos fragmentos pero hay una escena hermosísima, de esas que siempre pasan desapercibidas frente a otros grandes momentos más obvios del libro.
Habla de los años 80, cuando abrían las puertas de la cancha para que accediera el público que no podía pagar la entrada. Andrés entra con su padre y se ubican al lado de un inyera que empieza a describir las acciones del Bichi Borghi con la camiseta de River. Para Andrés es un momento fundacional de su vida, algo incluso más importante que su amor por River. Al revés de la teoría de Warhol, esos 15 minutos intrascendentes que te marcan para siempre.
A la noche ceno con un amigo del periodismo. Hablamos de la vanidad y de los sueños, comparto algunos de mi saberes del mundo onírico, saberes que ya están un poco gastados.
En el bar suena de manera consecutiva Spinetta, LCD Soundsystem y Vuelta por el Universo, de Cerati.
Vuelvo en el 39 con unos gin tonics en el tanque ("como búhos muy borrachos", va a cantar Lucy al final de este texto) y agarro un libro que tengo en la mochila, “Nuestra parte de Noche”. Me resisto a leer algo cuando está muy recomendado, seguramente sea un libro genial, pero no es más genial porque lo dicen muchas personas.
Otro factor que me incomoda; dos personas ya me dijeron que me veían a mi cuando se imaginaban a Juan, el protagonista.
No recuerdo absolutamente nada de lo que leí, todo queda en una frontera medio brumosa, pero igual me guardo una sensación inequívoca de estar leyendo algo novedoso, superior.
Jueves
Sueño con mamá. Sueño que está bien, que está curada, aunque está más viejita que antes. Sueño que habla sin parar, omnipotente: así era mamá. Sueño que está viva.
Benito sigue llorando aunque cada vez menos. Como premio recibe un Chevrolet Corvette rojo, que a partir de esa noche es una continuación de sus dedos. Yo trato de explicarle el sentido de su recompensa, que estoy orgulloso de su avance. Me falta la llamada de mamá para preguntarme cómo va todo. A la distancia de rescate se le rompió una punta.
Por el mundo navegan cruceros sin destino, sin puerto en donde atracar. Me cuelgo mirando algunas fotos de las agencias internacionales, moles blancas sin gente. Foster Wallace tenía razón (aunque pagó un precio muy alto). Gracias David, pero a mi me gusta acá.
Viernes
En la radio hablamos con Camila Fabbri, autora de un libro sobre Cromañón que, antes de hablar con ella, ya me parecía interesante. Pero Camila, que no cumplió 30, habla con un aplomo notable, con justeza, sobriedad y distancia de un hecho en el que es fácil derrapar.
Lo mejor de todo es que la nota no es para hablar del libro sino de Recital Olímpico, una obra que está por estrenar, que cruza las vidas de Nadia Comaneci y Nika Turbiná. De la gimnasta rumana tenía su historia, pero con Nika Turbiná abro una puerta fascinante: es una poeta rusa que empezó a escribir cuando tenía siete años, a los diez ya tenía un libro de poesía y a los once ganó un premio por sus textos. Según le contaba a su madre, escuchaba voces que le dictaban. Su rostro es hermoso y anticipa la tragedia inminente. Nika se suicidó antes de cumplir los 30. Saltó por la ventana, o algo así.
Iba a cerrar con un poema de Nika que se llama "El Pajaro azul" pero yo no soy ese que se pone solemne, no escribo con rencor ni para olvidar. Los poemas andan por ahí. Esto es apenas un ejercicio de escritura, una terapia semanal que viene funcionando bien.
Y además el mundo es un lugar extraño: vivir vale la pena para llegar a los poemas de Nika, para encontrarte con un Noah que te preste un camioncito, para escuchar las guitarras de todos los mundos de Lucy Patané y para cruzarte con el linyera que le enseñó a Burgo la teoría espacial del Bichi Borghi. Yo no sé si tengo muy claro como funciona toda esa alquimia pero sí sé que se lo tengo que tratar de explicar a Benito. No se lo puede perder.