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Sabrina Cartabia, la argentina que eligió la revista Time como líder del futuro: "Trabajo todos los días para solucionar las cagadas que se manda el Derecho"

por Bárbara Simeoni | 16 de noviembre de 2018 - 02:00
Sabrina Cartabia, la argentina que eligió la revista Time como líder del futuro: Trabajo todos los días para solucionar las cagadas que se  manda el Derecho

“¿Qué voy a hacer con esto?”, se preguntaba Sabrina Cartabia a los 22 años cuando era una simple estudiante de Derecho en la Universidad de Buenos Aires. Desde un principio ella hubiera optado por seguir Historia, pero las necesidades económicas de una familia de clase media baja hicieron de esa carrera algo inviable. “¿Qué voy a hacer con el derecho?” era la pregunta de una joven que veía en la abogacía un camino sin rumbo.

Puede que esa pregunta pueda ser respondida 12 años después, cuando 20 pibas preparan sus sillas en una escuela de Boedo, a las 10 de la mañana de un sábado lluvioso. Viajan desde distintos puntos de la provincia y se sientan para ver una sola cosa: a Sabrina hablar, con el mismo desparpajo que la llevó, semanas atrás, a pararse frente a cámara en un video de TIME.

Es que hace pocos días esa misma revista la reconoció como líder del futuro. Sin embargo, allí está, en Boedo, hablando sobre el aborto legal y dibujando una línea de tiempo en el pizarrón para que las chicas –que no superan los 30 años– comprendan la historia del aborto en Argentina.

“El derecho no es solo norma. Son prácticas y conciencias. Si no se cambia eso, no tenemos nada”, dice, mientras las alumnas toman nota. Están ahí porque pertenecen a consejerías y acompañan con información a mujeres que necesitan abortar con pastillas.

De eso sabe mucho Sabrina, que desde hace 9 años –cuando el aborto estaba lejos de ser parte de la agenda pública- se llama @MissOprostol en las redes sociales, en alusión a la droga que se usa como método abortivo.  No es un dato menor para quien preside Red de Mujeres desde el año 2016, la ONG que asesora a mujeres en los barrios más vulnerables.

Su vida está cargada de una militancia que empieza al ingresar a la UBA y al salir a las calles, pero que recuerda que la persigue desde los 11 años de edad, cuando vio en la televisión el juicio del caso de María Soledad Morales.

“Me acuerdo de haber visto la entrevista a un médico que encontró el cuerpo y narraba la cantidad de violencia que se ejerció sobre él. Por primera vez en mi vida tengo registro de la brutalidad ensañada con un cuerpo femenino, adolescente, de una determinada clase social frente a otra clase social”, cuenta. “Me quedé dura. Más adelante, tras la percepción de esa brutalidad y desigualdad en otros ámbitos, le puse la palabra feminismo y dije: ‘Allá voy’”.

Ese “allá voy” fue más difícil de lo que pensaba. La carrera que había elegido no tenía ni una sola materia destinada a hablar de derecho de mujeres. Los profesores parecían seguir perpetuando un lenguaje críptico que ignoraba, como ella misma dice, “al 51% de las personas”.

Y entonces ahí es cuando apareció Cecilia Hopp, compañera de facultad y ahora colega, que le alcanzó el primer libro sobre feminismo jurídico. “Con ella fue un poco ir destruyéndonos y construyéndonos entre nosotras. Nos reconocimos feministas juntas y decir eso hace 10 años atrás era raro, disruptivo. Nos miraban como si fuéramos poco serias, como si fuéramos tontas”.

Fue esa mirada ajena la que la llevó a optar por la orientación más difícil de su carrera: Derecho Tributario. “Elegí eso porque no existía el feminismo como orientación, pero también otro poco para demostrar que podía autolegitimarme. Y me recibí con honores”, cuenta.

Ese fue el puntapié para que conociera a una de sus referentes, la jueza Alicia Ruiz, quien, como profesora, le ofreció trabajar en el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires, algo que ella aceptó con entusiasmo. Era el sueño de muchos.

Sin embargo, con el tiempo se dio cuenta que era un trabajo muy burocrático, de escritorio. “Yo necesitaba salir a las calles”, recuerda. “Cuando les dije a mis papás que iba a renunciar, me dijeron: ‘Estás loca. Te habías salvado para toda la cosecha’. Pero a mí el salvarme para toda la cosecha me generaba más angustia que felicidad”.

Así es como la calle comenzó a ser su mejor oficina. Entre abrazos contenedores, palabras de aliento, asesoría legal y, por sobre todas las cosas, sororidad, Sabrina empezó a llevar la teoría a la práctica. Primero, se abocó de lleno a defender a mujeres inocentes encarceladas, de la mano de Carina Leguizamon.

Recuerda dos casos emblemáticos que le tocó luchar: el de Yanina González y Celina Benitez, dos procesos diferentes que se manejaban bajo los mismos preceptos. Ellas siendo las acusadas del asesinato de sus propias niñas, cuando, tras diferentes evidencias, las pruebas demostraban que habían sido sus maridos los que cometieron el delito.

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“Para mí defenderlas fue asesorarlas no solo legalmente, sino social y mediáticamente, dándoles recursos para salir de la situación en la que estaban, con argumentos, jurisprudencia y perspectiva de género”, cuenta, tras recordar que entre un caso u otro,  lograron reducir el sufrimiento: mientras Yani estuvo 17 meses presa, Celina estuvo solo 10 días.

Es que tal vez sea ese primer registro de la brutalidad a sus 11 años la que la llevó a patear las calles en busca de paliar el sufrimiento. De hecho, hay un caso en particular que se le escapa, pero no por ello, le es ajeno: se trata de su bisabuela Hipólita que, a sus 24 años, falleció producto de un aborto clandestino, dejando 3 hijos que luego fueron abandonados por su pareja. Como muchas otras, falleció sola y abandonada, presa del tabú de la clandestinidad.

“Si mi bisabuela hubiera tenido el movimiento de mujeres que tenemos hoy, su historia habría sido distinta. Ahí está la fuerza del movimiento de mujeres. Porque mientras el Estado las abandona en la soledad, las mujeres nos salvamos entre nosotras”, afirma, con la seguridad que le da la certeza de saber que ya no hay vuelta atrás.  “Hoy nos rescatamos y nos sostenemos. Estamos yendo en contra de cómo se manejó el tema todo este tiempo: en el silencio, en la soledad y en la vergüenza”, sentencia.

Pero, ¿cuánto hay de Hipólita en los rostros que Sabrina defiende y lucha? Como ella misma recuerda, enterarse que su bisabuela no había muerto producto de un parto natural, fue hacer un click: “Me moví tanto con lo del aborto porque me tocó, hubo algo ahí que me llegó. Son violencias que están inscriptas en los cuerpos de todas que, por más que intenten mantenerlas silenciadas, van quedando en los linajes de mujeres que transitan”, define.

Por Hipólita y muchas otras nace Red de Mujeres, justo cuando el feminismo dijo basta y desató una movilización masiva en las calles al grito de #NiUnaMenos: “La olla a presión ya no se podía contener más, había explotado, pero hasta entonces, se mantenía oculto.  Antes la violencia existía en los barrios, pero nadie sabía cómo meterse de lleno”, cuenta Cartabia, quien estuvo dispuesta a ser la primera: más allá de proveer derecho y género a referentes territoriales para que asesoren a otras mujeres, el foco estaba puesto en devolver la red de contención que la violencia quiso eliminar de sus vidas.

“Nosotras empezamos a detectar que lo que hace la violencia es cortar redes, entonces lo que tenés que hacer para generar espacios de contención y salir de esa situación violenta, es, justamente, volver a crear esas redes”, cuenta, en referencia al nombre de su ONG. ¿La manera? Trabajando por grupos en diferentes barrios e instando a poner en común sus experiencias personales para hacer de lo individual, algo colectivo. Eso sí: no puede faltar el asesoramiento legal para saber qué leyes las amparan.

Detrás de la abogada hay una mujer que estudia astrología y que encuentra, en sus componentes astrales, “mucho de ir sin pensarlo dos veces”. La astrología apareció en su vida justo cuando comenzó a vivir sola, producto de la muerte de su gata, quien falleció de leucemia este año: “Fue una experiencia súper movilizante y dolorosa, porque de un día para el otro estaba mal. Ella iba a necesitar de mí y yo iba a dar todo”, cuenta y hay algo de dolor en su voz.

“Con ella entendí el poder intenso del cuidado por primera vez: requiere un montón de poder cuando es alguien frágil que está del otro lado”, dice. Hoy llena esos vacíos haciendo baile, yoga, entrenando tres veces por semana y, como si fuera poco, leyendo novelas filosóficas.

Estoy pensando en la posibilidad de expandirme, con ganas de irme de la Argentina. Quiero hacer una maestría y centrarme en escribir”, cuenta, con la mirada puesta en el futuro. Este año ya pasó por muchas cosas y, bajar el ritmo, es casi una necesidad.

Sin embargo, pese a que sigue mirando con cierta reticencia al derecho –la llama en ciertas ocasiones una “herramienta rota y traicionera”- Sabrina entiende que hay algo de su motor de lucha que sirve para abrazar a mujeres más vulnerables. “Trabajo todos los días para solucionar las cagadas que se manda el derecho”, dice, sin titubeos. Y tiene razón: contracorriente, desafiante y fuera de la norma, Sabrina se dirige al Poder Judicial o al Poder Legislativo con la misma fuerza que decidió recibirse con honores para sortearle al destino.

No por nada la revista TIME la reconoció como una líder del futuro, mote que ella prefiere esquivar: “Yo sabía que mi perfil iba a quedar seleccionado, pero no por mí, porque no me estaban buscando a mí, sino que querían reflejar lo que estaba pasando en Argentina, uno de los países más observados en el mundo por el movimiento de mujeres”.

Sea por ella o no, a Sabrina se le ilumina la cara cuando tiene que hablar de las mujeres argentinas y su lucha. Mira al futuro con esperanza y se sorprende gratamente cuando recuerda a pibas de 13 años agitando los pañuelos en el 8A: “El feminismo de Argentina es pura potencia. Estamos logrando muchas cosas en un tiempo muy corto, generando rupturas y cambios. Somos una generación bisagra y es muy posible que nosotras, las que estamos empujando esa puerta, no podamos cruzarla. Pero de tanto empuje seguro que vamos a dejarla abierta para todas las que vienen atrás”.

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Nadie más que ella sabe cuán fuerte empujó aquella puerta. No por nada cuando mira hacia atrás, se siente satisfecha: “Lo de la revista TIME fue la confirmación de saber que tomé buenas decisiones, con pasión. Y también hay una cosa de certeza: no sé muy bien por qué, pero lo hago. Salto al vacío”. Sabe que debajo estará esperando un gran grupo de mujeres que, entrelazadas por una red que ella misma creó, le permitirá volver a preguntarse: “¿Y ahora qué hago con esto?”.

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