Si en el sector de prensa lo sentía, los jugadores del Palmeiras también. Encarar aquel paredón vivo era intimidante.
La vibración del suelo y del sonido hacían a unas casi 50 mil personas una presencia física que te presionaba durante casi dos horas.
El juego truncado duró todo el primer tiempo, sólo después del descanso Boca logró transponer aquella intensidad de las gradas al campo. Acorraló el Palmeiras, que resistió hasta los 38 del segundo tiempo. Weverton chocó con la viga para impedir el gol, pero cedió el escalón, que precedió al estruendo. Benedetto subió fuera del alcance de todos y marcó.
La explosión es la única palabra que puede definir ese momento y ver aquello fue un privilegio. Cuatro minutos después, Benedetto otra vez. Con un drible inesperado y un tiro seco hizo todo explotar de nuevo.
Dos a cero, el juego estaba terminado y no dejaban de cantar. No era necesario apoyar al equipo, pero ellos cantaban más fuerte. Era una oda de la hinchada para ella misma, que sabía de su responsabilidad en aquella victoria.
Todos lo sabían. Lo dejaron claro".