También Boca sospecha. De la Conmebol y del árbitro. Muchos atan este episodio a aquel del 2015 y creen que el fallo no guardo justicia. Y que las presiones recibidas para jugar aquel sábado son producto de una institución poco amigable con Boca. Y hasta desde las internas del plantel, y por esas cuestiones de inteligencia poco comprobable, aventuran que Cunha podría perjudicarlos. Nadie en esta estrategia de condicionar le pedirá disculpas al árbitro uruguayo si su arbitraje no deja margen para ser suspicaz.
Estas sospechas de ambos, con el grado de precisión o disparate que puedan tener, dejan traslucir la desconfianza, el rencor, y hasta la sed de venganza.
En medio de esa ceguera, todo debía terminar de este modo, muy mal. Si se entiende que la final no tendrá los aromas ni el morbo de poder ver a River consagrarse en el Monumental o a Boca alzando la Copa en la casa de su rival eterno.
Desde el punto en que River se convence de que no debió caberle ningún tipo de sanción, y desde el otro extremo Boca pide que lo consagren y que a River poco menos que lo expulsen de la FIFA, no hay matices posibles. No lo conciben ni sus hinchas ni (lo que es peor) sus dirigentes.