La discusión parece no tener fin. Una vez más se mezclan conceptos, dolores, prejuicios y hasta hay lugar para chicanas políticas que no tienen un interés directo con las prisiones, sino que buscan ganancias para sus propios objetivos. Para colmo de males, la justicia alimenta el tema cuando libera femicidas sin ningún argumento razonable. La puja, no obstante, se puede comprender luego de hacer una pausa y mirar el escenario con un poco de distancia.
En una de las veredas está el grito de las víctimas de muchos delitos. Ya sea de manera individual o a través las organizaciones que los nuclean, intentan bloquear las decisiones judiciales que transforman prisiones preventivas en detenciones domiciliarias. Este reclamo es de naturaleza emocional. Quienes sufrieron directa o indirectamente un delito lógicamente no digieren que el propio Estado que metió a los delincuentes en una cárcel los suelte antes de tiempo.
En vereda de enfrente se para un sector de la dirigencia política y un sector de la propia justicia. Ellos defienden la estrategia de liberar presos por el riesgo que significa mantener personas encerradas en malas condiciones sanitarias y hacinadas. Justifican su posición en base a razones:
* técnicas -la prisión preventiva no puede ser una pena anticipada-
*sanitarias -el Covid 19 causaría estragos en un penal-
*y también de pánico, ya que según el artículo 18 de la constitución, los jueces son los responsables de la seguridad de los presos.
Ambas perspectivas se ubican en veredas contrapuestas. Pero el camino del Estado debería ser el del medio. La palabra pública debe alejarse de las dos veredas. Debe comprender, debe persuadir, reconocer errores y fundamentalmente explicar. Pero ese lugar permanece vacío.
Está muy bien que la democracia reconozca, escuche e incite la participación de las víctimas en los procesos judiciales. Pero las víctimas participan desde su propio dolor. Por lo tanto, no pueden tomar decisiones sobre los delitos. Quien debe resolver los casos y asignar a cada uno lo que corresponde es la justicia.
El tema es que un sector de la justicia y de la dirigencia política se para en la verdada que está enfrente a las víctimas y corre el eje del debate ya que no discute la razón de fondo, sino que busca licuar su propia responsabilidad. Por lo tanto, queda vacío el punto medio, que debería ser el lugar de las autoridades públicas.
Claro que actualmente es un lugar incómodo; sobre todo para el sistema judicial. La justicia se debe un debate sobre la cantidad de detenidos sin condena. Las autoridades judiciales deberían reflexionar sobre el tiempo que tardan en terminar los juicios. Probablemente también sobre la cantidades de prisiones preventivas que se aplican. La administración de justicia debe incluso analizar su trabajo a la luz de los parámetros de la propia Constitución, que en su artículo 18 dice que las cárceles son para seguridad y no para castigo de los reos, quienes no deben sufrir más que el dolor que significa el encierro.
El Covid 19 visibilizó el problema de las cárceles. Pero la situación carcelaria no se soluciona con más prisiones preventivas y con medidas sanitarias, sino con una discusión real dentro de la propia justicia, que debe escuchar la voz de las víctimas, pero que debe ser resuelta por el Estado.