Dejando de lado el enfrentamiento personal, el mandatario brasileño volvió su interés hacia los gobernadores de cada estado afectado por los incendios. Decidió desplazar casi 4.000 miembros de las fuerzas armadas a las zonas más afectadas y utilizar aviones cisterna y 14 Hércules para evacuaciones de emergencia.
Todo ese dispositivo aparece como escaso frente a la amenaza constante del fuego. Pero Bolsonaro tiene otro análisis. Con datos oficiales, asegura que “los centros activos del fuego van en disminución”.
Recibió desde Estados Unidos una buena noticia. Nada menos que del presidente norteamericano, Donald Trump, que eludió en Biarritz la reunión del G7 sobre el Amazonas. Frente la crisis, recurrió a un criterio básico: “La forma más efectiva de ayuda es una acción coordinada con el gobierno brasileño”.
Seguramente, Bolsonaro tomó nota de una semana más que caliente para su gestión. Con un decreto que suspende la quema de terrenos durante 60 días, patea el conflicto para adelante. Mientras, espera al gran aliado ausente: la lluvia.