Sabía que algo pasaba. No sé si era el entorno tumbero el que me hizo vacilar e incluso dudar de lo que estaba haciendo ahí. Delante de mí estaba el contador más buscado del país. El que guardaba los secretos más importantes.

Sabía que algo pasaba. No sé si era el entorno tumbero el que me hizo vacilar e incluso dudar de lo que estaba haciendo ahí. Delante de mí estaba el contador más buscado del país. El que guardaba los secretos más importantes.
Me miraba fijo, desconfiado y soberbio. Sentí la extrañeza de la que habla la antropología social, la que transforma al otro en enemigo. Manzanares estaba muerto en vida (al menos así lo vi yo ese día): su piel traslúcida casi transparente, flaco y debilitado.
Parecía un zombi. Paradójicamente lo acompañaba un halo de elegancia entremezclado con narcisismo, soberbia y sordidez. No puedo negar que se percibía algo de cinismo en ese hombre que manejó muchas voluntades y poder y que solo guardaba secretos bajo siete llaves. En ese instante supe que algo estaba por pasar.
A veces los periodistas sentimos ese extraño privilegio de basar gran parte de nuestro oficio en la intuición. No suelo dejarme llevar por el momento, porque para ver a Manzanares hizo falta planificación, persuasión y voluntad. No solo para lograr que te reciba el hombre al que todos los medios y periodistas buscan, sino para ganarte su confianza (a fin de establecer un vínculo productivo).
De eso se trata nuestro laburo; de sortear obstáculos, de creer que se puede. Luego de mucho insistir con sus abogados Roberto Herrera y Alejandro Baldini para que “el contador me reciba aunque sea una vez para conocerlo” me tocó convencerlo al propio Manzanares sabiendo que a él no le interesaba ningún contacto con el mundo exterior y mucho menos con alguna persona ajena al kirchnerismo.
Viajé más de 50 kilómetros para llegar hasta la cárcel de Marcos Paz. Para quienes nunca fueron a un servicio penitenciario, les cuento que es el método más efectivo para probar la paciencia. Primero -aunque no se diga- porque al Servicio Penitenciario le sigue resultando ajeno y peligroso abrir sus puertas; segundo, porque el propio recluso suele criticar su estadía y, tercero, porque no tienen ningún interés en mostrarse.
Para el Servicio es más el riesgo que el beneficio. Por lo tanto suele pasar que nunca llega la autorización y cuando está en el escritorio de las autoridades, en la cárcel no se enteran. Ese día me habré pasado media jornada tratando de convencer a los guardias que estaba autorizado a ingresar en una de las dos cárceles de máxima seguridad de la Argentina.
Me decían que la orden no había llegado y así estuve varias horas, hasta que un llamado milagroso hizo su parte, luego de una veintena que hice yo mismo. Pensé que si podía aplicar esta misma energía a mi charla con el contador, tal vez tenía una oportunidad.
Estoy muy acostumbrado a entrevistar a detenidos por diversos crímenes. Uno de los que más recuerdo es el de Walter Winade acusado por el asesinato de dos mujeres. Había caído por la última víctima que mató en San Martín, cuando la chica de 18 años fue a buscar trabajo. Como a la anterior, la asesinó y antes la grabó con el celular. Esa prueba lo llevó a una condena a perpetua.
El caso tuvo mucha cobertura mediática y la entrevista fue todo un suceso porque se trataba de la expresión de frialdad más descarnada de alguien que no quiere ser entrevistado y al cabo de varias reuniones termina dando clases de psicopatía.
Cada caso es distinto: Esteban Ibar Pérez Corradi, acusado de autor intelectual del Triple Crimen y narcotraficante de efedrina, no fue lo mismo que Martín Lanatta acusado de haberlos asesinados a Forza, Bina y Ferrón en 2008.
Distinto fue entrevistar a uno de los “narcos más importantes del mundo” como fue clasificado Henry de Jesús López Londoño alias Mi Sangre, uno de los que se infiltró como paramilitar para descubrir a Pablo Escobar Gaviria.
Londoño hoy está preso en una cárcel de máxima seguridad de los Estados Unidos. Esa entrevista con el colombiano fue distinta que la realizada a Roger Natividad Terán, el ex intendente de la ciudad de Itatí en Corrientes, preso también por narcotráfico en Ezeiza que se puso a llorar en medio de la nota.
Cada reportaje es tan distinto y parecido como las huellas digitales. Tampoco fue igual la entrevista a Pablo “Bebote” Álvarez el ex jefe de la barra de Independiente preso por asociación ilícita, que el encuentro con Rafael Di Zeo en pleno apogeo conduciendo a la 12 en Boca. Aun así algo emparenta a la mayoría: la idea de decirles al mundo que ellos son inocentes, que no hicieron el daño que se les acusa y que esperan salir en libertad.
Con Manzanares algo fue diferente desde el comienzo. Recuerdo que lo miré fijo al darle la mano, luego de que los agentes del Servicio Penitenciario lo dejaran en una pequeña celda donde me recibió sentado. Su mirada la recuerdo como ahora, hablaba de angustia, de secretos y de enigmas que quise conocer.
Sentado como Hannibal Lecter en la saga El silencio de los inocentes, Manzanares me sonrió tenuemente y se levantó de a poco. Como en cámara lenta me miró fijo y me invitó a sentarme luego de extenderme su mano fría, interminable y curvilínea. Mientras me sentaba le dije:
-Manzanares ¿usted se va a defender desde la culpabilidad o desde la inocencia? (Mi primera pregunta fue sobre su estrategia)
Según me contaría después, esa frase -que no significó mucho para mí-, fue muy importante para él a la hora de evaluar su propio arrepentimiento. Así me lo señaló en varias oportunidades.
En ese primer encuentro no hubo casi diálogo. Me limité a escucharlo y ante cada pregunta, su obsesión era meterme en su laberinto mental lleno de recuerdos, de números y datos casi ilegibles. No importa pensé, tampoco es la primera vez que me encuentro con alguien que no quiere hablar, será cuestión de tiempo y confianza.
Fueron varias visitas como estas y la actitud del contador fue cambiando en cada una de ellas. Fue perdiendo su desconfianza y empezamos a comunicarnos por teléfono. Sus días en la cárcel fueron muy duros porque al principio no comía y vivía de las sobras de los demás.
Le pedía sus restos de alimentos a Claudio “Mono” Minnicelli, el cuñado de De Vido a quien conoce “de toda la vida” de Río Gallegos y quien lo ayudó para no fenecer por inanición.
Me contó que se puso a escribir estando preso y que intentó hacer una profunda reflexión sobre el porqué de su caída.
Recuerdo que me dijo que cuando Muñoz le pidió que le guardara 15 bolsos con 30 millones de dólares como “gancho” para decirle que “el tren pasa un vez” y así introducirlo de lleno en los negocios de la corrupción, tenía la barrera moral muy baja pero que más le preocupó fue la falta de temor por la impunidad que sentía junto a su grupo que los hacía casi invencible.
Esas largas charlas con los detalles de su experiencia para intentar restaurar el daño ocasionado no funcionaron hasta que decidió arrepentirse. Su introspección, su intento de redención, su culpa estaban incompletos porque se mentía a sí mismo. Y algo de eso me contaba. Hablábamos de sus recuerdos, de sus amigos y algo de su familia.
Yo fui de a poco y mi interés como periodista pasó a interés humano. Me parecía que Manzanares era un hombre sincero que había caído, lo reconocía y estaba dispuesto a pagar por sus pecados. El rol de sus abogados también fue importante, al igual que el del fiscal Stornelli que al principio no le creyó pero luego valoró su arrepentimiento y su rol como imputado colaborador.
La confianza fue creciendo y el contador su fue confesando: me fue contando una por una sus experiencias con el entramado de la corrupción. Fue aportando datos, documentos y las revelaciones más inquietantes que publiqué en “La Confesión del Contador”.
Mientras avanzaba con su relato y ya como arrepentido le hice dos entrevistas formales que salieron en el programa La Cornisa y en 4 Días de A24. Una de ellas junto a Luis Majul y la última solo en Río Gallegos.
Me alegro de haber sido depositario de la confianza de Manzanares y, tal como él me dijo, una persona importante en su vida en esta etapa en donde está dispuesto a pagar sus culpas y a colaborar con la justicia para evitar la impunidad que nos hace repetir nuestra historia.
Me gusta la frase con la que terminé la introducción del libro:
Aún así creo que hay muchos Manzanares, no solo uno. En este proceso de “redención” el ex contador K todavía guarda secretos; algunos en un cuarto en su estudio al que entra algunos minutos “por el trauma que le produce”.
En ese cuarto hay una carta de Balbín que le escribió a él, la foto de su madre y unos papeles que presentará en breve en la Justicia.
Muchas de esas revelaciones se cuentan en el libro, otras serán presentados en los tribunales federales de Comodoro Py en los próximos días cuando visite al fiscal Stornelli y al juez Claudio Bonadio.
Allí aportará nueva documentación sobre la ruta del dinero de la corrupción que incluye un mapa y los nombres de un empresario y una sociedad que hasta ahora no fue revelada.
Es que Manzanares, que ya renunció a ser contador público en su propio colegio profesional “para no caer nunca más”, sigue siendo interminable y enigmático, como una caja de Pandora.
Manzanares vivió al mismo tiempo conversión y redención. Y del temor (que llamó lealtad) que lo condicionó durante más de la mitad de su existencia, pasó al amor (casi divino): se confesó con un cura y pidió perdón a sus deudos –algunos ya muertos– (como consta en el expediente judicial).
Hizo lo mismo con su familia y amigos. Casi nadie lo visitó en la cárcel. Tal vez ese dolor vestido de indiferencia, que incluso le expidió la ex presidenta Cristina Fernández (para quien trabajó con admiración y lealtad), terminaron de romper la cáscara y quitar la máscara.
Entonces, aquel rostro demacrado y angustiado que le vi por primera vez en la cárcel de Marcos Paz, en la de máxima seguridad del Servicio Penitenciario Federal, también fue parte de la catarsis, del llanto –que tuvo frente al propio fiscal Stornelli al arrepentirse– y del cambio final.
Nunca olvidaré lo que me dijo cuando se arrepintió:
Hoy Manzanares es más libre. Debo reconocer que, al principio, solo pensaba en entrevistarlo y nada más. No estaba en juego la idea del libro que surgió más tarde cuando lo fui conociendo y pude descubrir que estaba frente a un personaje enigmático y, por qué no, trascendente.
“Si me matan, nunca van a saber lo que pasó”, me confesó Víctor Manzanares en nuestro último encuentro. Tiene eso bien claro y no deja de pensar en los enemigos que sumó en los últimos meses; sin embargo, no teme por sí mismo, sino por su familia.
“Son lo mejor que tengo”, es la frase que repite más desde que lo conocí en la cárcel hace más de un año. Recuerdo aquella tarde como si fuera hoy: hacía frío y la cara de Víctor, el contador K, era más gélida que la prisión.
Él se puso de pie y me extendió su mano, larga y afinada. No fue un gran apretón de manos, más bien el suficiente para marcar su presencia sin perder la elegancia. Por un instante me miró fijo y sin pestañear.
En ese momento supe o intuí que detrás de esos ojos verdosos, gastados, cansados y angustiados había un enigma, un laberinto, un misterio. Casi no pronunció palabra, solo me agradeció la visita haciendo gala de sus modales sobrios, mientras su metro ochenta y cuatro se inclinaba de a poco para volver a sentarse.
“Dejame explicarte bien, Hugo”, me dice Y así da comienzo al relato que sigue, directo, y en primera persona:
“Desde el primer día que entré a Marcos Paz comencé a analizarme a mí mismo para entender qué había pasado en mí. Mi gran tentación fueron los bolsos de Muñoz. En el momento en que Daniel me hace la propuesta, me imaginé gozando de todos los beneficios de una riqueza no producto del esfuerzo humano sino del latrocinio o de la cleptocracia, o como lo queramos denominar, y eso significa superar la primera barrera que tenemos todos los hombres, que es la barrera de nuestra propia moral.
”El umbral de mi moral estaba muy bajo, presumo. O también pudo haber sido el aprecio que yo le tenía a Muñoz y querer ofrecerle algo, pero eso obviamente no me lo va a creer nadie. Hubo algo más que el simple hecho de querer darle una mano a un amigo, y eso era el beneficio económico que yo iba a tener. Pero había unas barreras, las siguientes: vamos a suponer que viene una crecida del río y tenemos que poner dos barreras para que no pase el agua.
La primera está pensada para ser la que más resista, que es la moral; y la segunda pensada para cuando la de la moral caiga, que es la del temor, el temor a ir preso, el temor que significa vivir en una sociedad organizada, donde tenemos leyes que nos regulan y que justamente establecen penalidades que tenemos que conocer para obrar bien. ¿Qué por qué no tuve temor? Por los políticos. Los políticos son una casta que tiene todo permitido.
En palabras de Víctor, los Kirchner no hicieron más que lo que hicieron otros: “Mire, Hugo, lo único que falta es que me quieran matar. Después de esta situación, me negaron incluso ayuda económica en lo referente a pasajes y abogados”.
“Vamos a ponerle nombre y apellido: Cristina, ¿qué es lo que puede sentir que yo tengo para ella? Como sabe que yo fui un contador externo, para ella nunca fui un factor de riesgo. Lo que ella no sabría es qué es lo que yo podría saber de las cosas que me contaba Muñoz.
Entonces, el límite de cuánto me contó Muñoz no lo conoce nadie, ni yo mismo, yo no sé si me contó el 50, 60 u 80 % de lo que él sabía; de seguro no me contó el cien. Y a veces considero que hay otra gente adentro que puede conocer el 20, 30, o el 40 % que yo desconozco y que se siente en peligro a partir de lo que yo sé. Y eso me juega tanto en contra como a favor”.
“… le pregunto si Muñoz se veía como corrupto o si pensaba que le estaba haciendo un favor a la patria.
Manzanares alega: “Bueno, Hugo, te voy a dar un ejemplo. Yo pensaba que era el único contador de él, exclusivamente para él, y que en toda esta cuestión de su dinero de origen ilícito yo era el que se iba a encargar de dar una mano, de “blanquearlo”, digamos. Pero después, empezaron a aparecer más cosas, la operación Neuquén, por ejemplo, que era anterior a mi entrada en este ámbito de la economía de Muñoz. Y más y más, y empecé a darme cuenta de que era como un barril sin fondo, ¿no?
Entonces, sí sabía de dónde venía esta plata, al margen de que uno haya entrado en los actos inmorales, uno siempre tiene resquicios de una moral por ahí ya olvidada, y viendo la oportunidad que tiene un individuo al conducir los destinos de la patria, algo que realmente es un orgullo, pienso que al bronce ya lo tenés ganado; y ahí le dije a Daniel: ´¿Para qué robar tanto si tenés lo máximo que podés tener, que es el bronce?´. Y Daniel me dijo: ´No, no, nadie robó nada, esto es la comisión que se le cobra a la patria por hacer las cosas bien, por eliminar la deuda externa´”.
Otro tema que me había quedado en el tintero, y sobre el que quería pedirle a Víctor más datos, era acerca de la relación que tenían Néstor y Muñoz, porque Víctor me había dicho en algún momento que le daba lástima cómo Néstor lo maltrataba.
Según Polo, Muñoz tenía una vida sufrida. Y a él le daba lástima, porque a veces lo llamaba para contarle que ya le había “lavado” dos millones de pesos, y que podía irse “de shopping”, que era una metáfora que Víctor había usado más de una vez con Muñoz: “Se lo dije muchas veces, podés salir de shopping.
En teoría, vos le podés decir qué comprar con dos millones de pesos, ¿no? Pero si vos comprás algo que vale dos millones por cien mil pesos, podés comprar unas cuantas veces esos dos millones, ¿no? Entonces esa era la mecánica”.
O sea que esa plata que Víctor comenta, según sus propias palabras, no es ni de Néstor ni de Cristina. Esa plata venía de lo que Muñoz retiraba de las remesas que llegaban a Río Gallegos.
“En solamente cinco oportunidades yo lo fui a buscar, junto con otra gente, cuando él llegaba en el Tango 01. También junto al Tango 01 llegaba otro avión privado que estacionaba cerca de un hangar, a unos 200 metros”.
Víctor, entonces, esperaba a que bajara Muñoz del avión y, a la hora acordada, lo llevaba en su Passat –que estacionaba en paralelo al avión– a la casa de la madre de Néstor, con bolsos y dos valijas. La mamá de Néstor vivía en la calle 25 de mayo al 400, ahí bajaba las valijas y Víctor lo esperaba adentro del vehículo; algunas veces le abrían y otras veces él mismo llevaba una llave para abrir.
Ahí lo esperaba unos 30 o 40 minutos como máximo y Muñoz salía con mochilas y bolsos. Después hacían una recorrida que incluía ir a saludar a algún familiar, a alguna de las hijas, y pasar por un departamento tipo oficina en pleno centro de la ciudad, sobre Roca, que hoy es avenida Kirchner 52, cuarto piso, en donde él depositaba los bolsos. Otras veces entraban los dos.
Víctor también tenía una llave de la entrada y otra de una caja fuerte tipo artesanal; y de ahí se iban de nuevo para el aeropuerto donde Muñoz retomaba el vuelo para Buenos Aires.
Le pregunto entonces si la plata de Muñoz es una comisión o un porcentaje de la plata que podía ser de Néstor Kirchner. Es cuando Víctor me responde que puede ser así, pero que también puede sospecharse que se trataba de un hurto. Pero, concretamente, lo que Muñoz le había dicho era que aquel dinero era una comisión que él cobraba por las cosas que hacía.
Y también tenía depósito en Buenos Aires, o sea que había dinero tanto en Santa Cruz como en Buenos Aires. Dinero de la corrupción que venía de la obra pública, aunque Víctor no puede precisar de qué esfera de la obra pública vendría. ¿Podría venir de Néstor o de Cristina? Manzanares cree que sí, porque los dos habían sido presidentes en aquella época.
Le recuerdo algo que me había dicho en una ocasión sobre otra llave que Sosa tenía, y Víctor me explica que esa llave era de un depósito que siempre había sido de Muñoz en la calle Macá Tobiano. La primera titular de ese galpón había sido una sociedad llamada SL Group, que pertenecía a un concuñado de Muñoz y a un licenciado en administración de
empresas de Neuquén.
Ellos fueron los primeros que trabajaron con Muñoz, de la misma manera que después trabajó Víctor. Con el tiempo, ese galpón pasó a ser propiedad de una sociedad anónima de Manzanares, sociedad cuyas acciones, allá por 2012, transfiere a Daniel y a su esposa. En ese galpón también guardaban dinero. Víctor supo eso mucho tiempo después.
Le pregunto luego por lo de la pileta llena de millones de dólares, algo que le había contado Muñoz en alguna oportunidad. Al parecer, esa anécdota viene de una pregunta que Muñoz le había hecho a Manzanares en algún momento,como para darle una magnitud física de la cantidad:
“¿Alguna vez viste una pileta llena de dinero?”.
Le pregunto luego por las versiones de la famosa bóveda que tenía Néstor en la casa de la calle 25 de mayo y Maipú, en la que guardaba dinero, pero Víctor dice que nunca la vio. Le recuerdo lo de los allanamientos que se habían realizado en la inmobiliaria de Sanfelice y de Carlos Sánchez y Máximo Kirchner, buscando una bóveda.
Víctor me cuenta que en el despacho que usaba Máximo sí había un espacio que era una bóveda y que en algún momento se había transformado en lugar de depósito de documentación, aunque era probable que fuera creada en un principio para guardar dinero.
En este caso particular, Víctor no sabe si se usó para ese fin, pero sí sabe que Muñoz había contratado al mismo herrero que había trabajado en la inmobiliaria de Sanfelice y en la estancia de Lázaro Báez: “Por lo que sé, el herrero que hizo bóvedas para 25 de Mayo fue el mismo que hizo para Roca 952. Sobre eso, quien puede tener información es el exsecretario Roberto Sosa, yo no conocía al herrero”.
Dicho herrero, que nunca fue llamado a declaración, fue el que instaló en Roca 952 la caja fuerte artesanal y el que hizo también una puerta blindada para ese departamento.
Hay una cosa que Víctor no dijo hasta último momento, y que puede ser un as bajo la manga. Daniel Muñoz fue citado por dos personas de una misma familia para que les contara todo. Fue a Buenos Aires, donde una persona lo citó, allá por 2011. Y después de eso tuvo que abandonar Río Gallegos; y la persona de Río Gallegos se sintió muy mal, frustrada, porque no había sabido nada.
“¿Por qué vos lo sabés y yo no lo sé? ¿Qué… te tenía más confianza a vos que a mí?”. A Muñoz lo citan a Olivos, y en Río Gallegos en donde está la inmobiliaria. Daniel murió el 25 de mayo de 2016.
El fallo fue el 22 de diciembre de 2011. El 19 de diciembre de 2009 había sido sobreseído. “¿Qué ves en común?”, me pregunta Víctor. Sobreseimiento; los dos juicios fueron por enriquecimiento ilícito. En el caso de Oyarbide había sido el caso de Cristina, sobreseído el 19 de diciembre de 2009; el otro juicio de enriquecimiento a Néstor, Cristina y Relats, sobreseído el 22 de diciembre de 2011. Es decir que, salvando la diferencia de que en este último estaba Relats, los dos juicios son por enriquecimiento.
Pero Víctor me había señalado las fechas como algo significativo: “19 de diciembre y 22 de diciembre. ¿Qué te dice eso?”. Regalos de navidad, los jueces hacen regalos de navidad.
A él, Beraldi, cuando le había pedido la excarcelación, le había dicho que creía que iba a salir para navidad porque los jueces se ponen más buenos para esa fecha.
Pero, finalmente, y volviendo al tema de la familia y al nacimiento de los celos y de las relaciones tirantes, recordaremos que a Olivos viajó la mujer y a Río Gallegos el hijo, para que sepan cómo era todo, qué negocios tenía y cuáles no tenía. Se rindieron cuentas a la viuda y al hijo, de forma independiente.
Lo que Daniel le contó a Víctor fue que el hijo de Néstor había quedado dolido, muy dolido, porque el padre no le había tenido la confianza suficiente como para contarle todo eso. De ahí las preguntas antes citadas: “¿Por qué vos lo sabés y yo no lo sé? ¿Qué… te tenía más confianza a vos que a mí?”.
“Según Stolbizer, yo me escudo en dos muertos para decir cosas, y eso está mal. Entonces me callo la boca y listo. Si la opinión va a ser esa, entonces listo, no cuento más nada. Ella debe creer que yo estaba en el centro del estofado, ¿cómo revierto esa imagen popular y pública que es totalmente ficticia y creada por la mente individual y colectiva?
¿Sabés una cosa, Hugo? A mí me pasa como al pastorcito mentiroso; entonces, si vos me vas a juzgar por el lado de Muñoz, soy como el pastorcito mentiroso, que por tanto decir mentiras el día que dice la verdad nadie le cree”, comenta Víctor.
Sin embargo, Margarita finalmente valoró mucho tanto la valentía como el aporte judicial que hizo Manzanares como colaborador. Me consta porque lo hablé con ella e, incluso, lo señaló públicamente en uno de los programas de “La Cornisa” cuando presentaron junto a Silvina Martínez su último libro Ella Miente. En esa oportunidad, Stolbizer señaló la importancia de las declaraciones de Manzanares mientras observaba un informe que realicé en Río Gallegos titulado “El tour de la corrupción”.
Superada la grieta, hay sectores de la opinión pública que señalan que “los negocios de corrupción con el Estado los armó Néstor Kirchner”. Entonces resuena una y otra vez la pregunta sobre el rol de la expresidente. Nos preguntamos si la expresidente, Cristina Fernández, sabía de estos movimientos que hacía Néstor con Muñoz. Para Víctor, responder esa pregunta supondría entrar en conjeturas.
Para intentar desentrañar esa incógnita, Víctor cuenta otra anécdota. Una vez lo invitaron a viajar en el Tango 01. Él estaba sentado en la primera fila, pegado al tabique que separa la parte media, justo donde está ubicado el dormitorio presidencial.
Del otro lado del pasillo venía la señora Cuca, una señora de confianza del matrimonio Kirchner. Y Víctor, delante de él, llevaba una valija enorme que realmente le incomodaba por el tema de las piernas, ya que él es alto y de piernas largas.
Pasaron años hasta que Víctor supo qué hacía esa valija ahí.“Después Néstor vino a saludarme y digo, él debió haber pensado para adentro ´si supiera Alejandro lo que hay ahí, ¿no?´”.
La idea de cuánto sabía Cristina acerca de los negocios que manejaba su marido quedó más clara en las declaraciones de varios testigos ante la justicia.
Para escribir este libro hablé con muchas fuentes, tanto en el sur (en Río Gallegos, Calafate) como en el norte y el centro del país. Fui consultando personas que conocieron a Néstor, incluso antes de casarse con Cristina, y que observaron el desarrollo de su matrimonio, el crecimiento patrimonial de la mano con el ascenso en la función pública.
Palabras más o menos, todos coincidieron en que el mentor y ambicioso por los negocios y el dinero fue Néstor, “pero Cristina lo siguió”. Esto aparece demostrado luego de la muerte del expresidente: ahí su viuda y otros de la familia, en especial Máximo, se ocuparon por conocer qué había dejado cada uno de sus socios.
Por nombrar solamente cuatro: Lázaro Báez, para algunos, socio e incluso prestanombre en los negocios de la obra pública vial y en el armado de empresas; Osvaldo Sanfelice, socio en la inmobiliaria y “mentor” para su hijo Máximo (que fue su socio en la inmobiliaria con Carlos Sancho); Daniel Muñoz, su secretario privado y quien manejó gran parte de su fortuna (y se encargó del traslado del dinero de la corrupción, entre otras tareas puntuales); y Carlos Relats, un socio de Néstor al principio de la gobernación en Santa Cruz. Esto por nombrar solo algunos, pero hay muchos más a quien Cristina se ocupó de “ubicar” para la rendición de cuentas.
Nobleza obliga, casi todas las fuentes coinciden en sostener que Cristina no siempre estuvo de acuerdo en todos los negocios de su marido; y que incluso, varias veces, le enrostró su desmedida ambición.
También está claro que una cosa es saber, estar de acuerdo o no, y otra muy diferente es la responsabilidad judicial que le cabe. En esto nadie duda de la capacidad de Cristina.
En materia judicial suele decirse que “nadie puede alegar desconocimiento” en su rol en las sociedades Hotesur y Los Sauces con las cuales alquilaron habitaciones de hoteles e inmuebles a los empresarios favorecidos con contrataciones del Estado como Báez y Cristóbal López.
Incluso, en la causa denominada Obra Pública en Santa Cruz, en donde se investigan al menos 51 hechos de corrupción durante el periodo 2003-2015, el fiscal Gerardo Pollicita, quien instruyó la investigación junto al juez Julián Ercolini, señaló que “con el gobierno de Cristina Fernández aumentaron los contratos en favor de Báez con el incremento del presupuesto para las obras sospechadas de corrupción”.
Esto fue leído en voz alta en el requerimiento de elevación a juicio al que Cristina no prestó atención en la primera audiencia del juicio oral y público en la Sala AMIA del subsuelo de los tribunales federales de Comodoro Py.
Mientras leían los detalles de la acusación, Cristina hablaba con Beraldi y hojeaba el libro de Josefina Licitra sobre las mujeres que se escaparon de una prisión.
Los expertos en Derecho señalan que para demostrar un delito basta con una prueba que pueda ser concluyente.
En la causa Los Sauces, se investigan maniobras de lavado de dinero entre los Kirchner y el empresario Lázaro Báez, el mayor beneficiario de la obra pública durante el gobierno K que pasó de ser un cajero de banco a tener más de 300 millones de dólares.
En pleno centro de Río Gallegos hay una propiedad de la sociedad Los Sauces (de la familia Kirchner) que le compró en 100.000 dólares a Lázaro Báez.
El propio Manzanares declaró en la Justicia que se trata de “una operación típica de lavado de dinero” que él mismo en la declaración jurada de ese momento intentó deshacer, ya que la sociedad de los Kirchner
no poseía ese monto en ese año. Por eso, Manzanares le sugirió a la expresidente hacer un distracto, un documento para evitar que se registre el delito.
En 2011, Víctor viaja a Olivos por un problema con el distracto. El doctor Kirchner con Sanfelice compraron una propiedad en la calle 25 de mayo 80, en Santa Cruz, a Lázaro Báez. A él le hacen preparar el acta de directorio de Los Sauces. El tema es que habían hecho la escritura, pero no habían comprado los dólares. No había dólares en blanco.
O era una operación simulada o no había dólares en caja.
Eso es algo que Víctor no puede precisar. No habían hecho la compra de los dólares. Cuando él observó ese error, Kirchner le pidió que lo arreglase. Se va entonces a la escribanía Albornoz y le pide que subsane o anule la escritura.
Albornoz le dijo que lo máximo que se podía hacer era un distracto, un acuerdo entre las partes por medio del cual convenían en que se revocara el acto antes dispuesto. El escribano preparó la escritura y pensaba llevársela a Máximo para que la firme. Dado que ese instrumento nunca se firmó, Víctor le planteó a Kirchner que ese tema era un problema.
Eso es un hecho que está dentro del juicio de Los Sauces.
En esa reunión en Olivos, de la que participaron Sanfelice y Cristina Fernández, Víctor le manifiesta a la doctora que el distracto aparece en el libro de actas de Los Sauces, pero que no está firmado. Báez se había comprometido a llevar una nota donde ellos aceptaban el distracto e iban a arreglar en su contabilidad la adquisición de esa propiedad.
Esa nota luego apareció y fue aportada por el doctor Beraldi al expediente. A la salida de esa reunión, Sanfelice lo acerca a Barrio Norte, al departamento de sus suegros, y le dice que al final de los tiempos, cuando terminase la presidencia de la doctora, se le iba a entregar un departamento ahí en Buenos Aires como premio o recompensa por todo su
trabajo.
Eso fue en 2011, cuando terminó la reunión. Esa promesa nunca se cumplió.
“El tema del mobiliario, eso lo conté en primera persona…Cuando yo le digo a Kirchner que no había papeles que acreditasen lo del móvil en el hotel. Está todo en mi declaración ante Stornelli, cuando cuento la historia del contador al que fui a ver, al presidente del Panamericano. Esos son datos nuevos. Cuando cuento lo del distracto, que está CFK y Sanfelice. Que es súper importante. Lo del distracto era que Kirchner compra un terreno a Austral Construcciones, en zona céntrica, a tres cuadras del centro puro, sobre 25 de Mayo.
Lázaro Báez le vende en 100.000 dólares más o menos; hacen la escritura y todo. Cuando me llega a mí no había habido operación bancaria de pago, y en caja no había 100.000 dólares en efectivo como para justificar.
Entonces, cuando me lo traen, digo ‘esto es una barbaridad’, y voy a verlo a Albornoz (era algo de Lázaro Báez, creo que el escribano), le planteo el problema, y él se fija si era un distracto. Entonces yo preparo un acta de directorio decidiendo anular la operación; y del otro lado tenían que hacer lo mismo, pero no lo hicieron.
Y no formalizó la escritura de distracto. Había una reunión en Olivos en la que estábamos CFK, Sanfelice y yo; ahí es donde CFK resuelve encargarse ella de que Lázaro Báez haga una nota con fecha anterior a la que aceptaba el distracto”, relata Víctor.
¿Por qué interviene CFK? “No es claro. Yo aviso este problema, se hace la reunión. Cuando salgo de ahí, Sanfelice me promete un departamento. Eso también lo conté, ocurrió en 2011. Ahí no hay un muerto, hay dos vivos. Forma parte del expediente, pero los fiscales y jueces no lo vieron, se lo pasaron de largo. Si mirás la causa Los Sauces, yo diría que es uno de los puntos más importantes. Es un moco.
Todo lo demás es discutible, para mí no hay lavado de dinero, o a lo sumo habrá enriquecimiento ilícito. Pero sí hay hechos puntuales que son graves. Encubrimiento. Fijate, hay gente tratando de tapar el quilombo, el agujero”, argumenta Manzanares.
Y sigue: “Mi señora no está experimentada en este tipo de vivencias. Quizá yo tampoco, pero le pongo un poco más de análisis lógico a la situación. Lo que me interesaría saber, si es que hay manera de saberlo, es qué niveles de aceptación tiene en la gente que considera que esto fue un engaño para comunicar una protección a CFK. No tengo amigos. No me voy a pedir la domiciliara, si no tengo a nadie.
Obviamente, cuando venía a Buenos Aires me pasaba el día con Daniel. Trabajábamos todo el día, y después me iba a la noche o al día siguiente. Las charlas eran con él… La vida de un contador es una vida muy particular, es decir, estás siempre trabajando. En esta historia mi relación fue con dos personas que están muertas. Calculen que ya dije el 90 % de lo que tengo, no el 10 % como dijo Silvina Martínez en lo de Feinmann. Y ese porcentaje fue muy útil.
Si yo estuve dentro del grupo de los que se robaron todo, no puedo pretender que tengan una buena imagen mía. Pero lo que digo es que no debe leerse mi nota como si yo estuviera protegiendo a CFK; eso es otra cosa. Está ocurriendo una cosa inesperada, y es que digan que la estoy cubriendo.
No puedo evitar mi relación con los muertos, porque mis hechos fueron con los muertos, no con los vivos. Cuando fue con los vivos, lo dije también, por eso yo no estoy encubriendo”, cuenta el arrepentido.
“¿Sanfelice interviene por Inmobiliaria Sancho?”, le pregunto.
“¿Y en qué circunstancia te citan en Olivos?”, pregunto.
“Pongo en aviso este problema que fueron analizando y analizando. Del distracto se hizo el acta de directorio, con lo cual yo no lo incorporo, no tengo manera de incorporarlo porque no tengo la contrapartida…. La escritura está a nombre de Los Sauces, pero yo no lo incorporo a la contabilidad porque está el distracto.
Está la manifestación de la sociedad a través de un acta de directorio resolviendo anular esa operación. Pero del otro lado no se hizo. ¿Y qué pasó con la escritura? Entonces algo que era un mini problema se transformó en un problemón. Ese problema sigue estando. Yo le pregunto a Stornelli si eso está en el expediente judicial, porque se ocupó Beraldi de presentar una nota firmada por Lázaro Báez con fecha anterior”, responde Víctor.
“¿Lázaro Báez dice que es de él y no de los Sauces?”, sigo. “Es un distracto, es decir, un trato que no fue. Pero no puedo borrar con el codo lo que escribí con la mano.
En treinta días resolvemos dejarlo sin efecto, te devuelvo la plata y yo me quedo con el terreno. Es una manera de encubrir algo que no hay manera de cubrirlo, porque en la escritura decís que se pagó. Creo que es uno de los puntos más duros de la causa Los Sauces. Pero a veces los jueces ven las cosas de otro modo. Vamos a suponer que en una causa están el juez y el fiscal y tienen todos los papeles desparramados en el piso. Se ponen a trabajar y se abren las cajas. Y a lo importante lo pasaron de largo, no lo vieron.
Es decir, les doy evidencia y luz a algo que están desaprovechando”, comenta.