Opinión

Cómo pienso los objetivos para mi empresa pyme

No siempre es fácil adaptar la teoría a la práctica. Pero cuando se alcanza uno de esos conceptos que suenan lindo en los papeles y son útiles al día a día de una empresa, a todos nos gusta gritarlo a los 4 vientos.
Economía del comportamiento: Al comprender cómo piensan y actúan los clientes

Economía del comportamiento: Al comprender cómo piensan y actúan los clientes, los vendedores pueden adaptar enfoques y mensajes para influir de manera más efectiva en el comportamiento de compra. (Foto Archivo)

Por Facundo Gárriz (*)

En el capítulo pasado hablamos del panel del control. Esa pequeña guía de números y porcentajes que me permiten controlar el negocio aún alejado de la operación. Y hoy vamos a hablar de otra gran técnica que viene de mi formación académica en administración y ojalá sea útil para todos los emprendedores.

Muchas veces la teoría es un aliado que no conoce de la practicidad que se necesita en el negocio.

Hay muchas técnicas y frameworks que suenan hermosos cuando se los aprenden en un curso, pero cuando queremos aplicarlo con empleados, la cosa no es tan funcional como se presentó.

Pero hay un concepto que me parece la panacea de practicidad: Los objetivos SMART.

Cuando tuve que pensar en empleados que tomaran mayores responsabilidades, se me presentó el desafío de ponerles objetivos que perseguir, nortes a los que llegar, tierras por conquistar.

Pero… tenía que ser todo lo claro que mis instintos de escritor me impedían ser.

Y fue en ese momento cuando me acordé del simpático acrónimo aprendido en mis épocas de máster: los objetivos SMART.

En resumen, son las cualidades que un buen objetivo de resultados tiene que tener: ser simple, medible, asequible, relevante y temporal. Que las siglas funcionen tanto en inglés como en castellano, ya es un anticipo de la adaptabilidad del concepto.

Entonces me puse a pensar, qué es lo que quería de cada empleado; cómo lo iba a medir –porque habitualmente hay que ser #data-driven–; chequear que de verdad esa persona lo pueda conseguir –para que nadie se frustre en el intento–; que de verdad agreguen valor a la empresa y que tengan un determinado tiempo para lograrlo.

Desde ese momento, pude organizar mi equipo de trabajo, a veces ni siquiera informando estos objetivos, pero sí teniéndolos en mente para entender si el agregado de valor se regía bajo esta filosofía SMART.

Vamos con un ejemplo:

Generar dos turnos de trabajo con cuatro empleados total –dos a la mañana y dos a la tarde– que permanezcan durante seis meses, logrando con ello un buen clima de trabajo. Generar dos turnos de trabajo con cuatro empleados total –dos a la mañana y dos a la tarde– que permanezcan durante seis meses, logrando con ello un buen clima de trabajo.

Quizás fue el más extraño que usé, porque me era más fácil pedirle a la encargada del local que “lidere un equipo” o que simplemente “contrate gente para cubrir los horarios” o el vago y conocido: “administrar el personal”.

Afirmaciones que, a veces, creemos claras y concisas.

Pero ser detallista nos permite hacernos entender mejor.

Yo se que como emprendedores pretendemos colaboradores que ya sepan cómo es que pensamos e incluso se nos adelanten en las exigencias.

Pero cuando empezamos a sumar al equipo a personas que conocemos de un CV y, con suerte, de una referencia, tenemos que dejar a un lado esas formas artesanales de trabajar.

Este simple concepto me sirvió.

Contame a vos si te parece útil.

(*) El autor es redactor de Somos Pymes y emprendedor.

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