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10 a 20 minutos: Es la llamada “power nap”. Es la más recomendada porque permite un descanso ligero sin entrar en sueño profundo. Mejora la concentración y la energía sin dejar sensación de aturdimiento.
30 a 60 minutos: Puede contribuir a consolidar la memoria, pero como se alcanza una fase más profunda del sueño, es más probable que al despertar haya inercia del sueño: sensación de pesadez o desorientación.
Más de 90 minutos: Permite completar un ciclo completo de sueño (ligero, profundo y REM). Puede ser útil si hubo una gran privación de sueño, como en personas que trabajan por turnos. Pero no se recomienda como hábito, porque puede interferir con el descanso nocturno, especialmente si se hace en horarios cercanos a la noche.
Una revisión científica publicada en Sleep Medicine Reviews (Lovato y Lack, 2010) remarcó que las siestas prolongadas tienen beneficios puntuales si hubo una deuda de sueño significativa, pero no deberían incorporarse a la rutina diaria.
Cuál es el mejor horario para dormir la siesta
Los especialistas además coinciden en que lo ideal es hacer la siesta entre las 13 y las 15, cuando el reloj biológico presenta una caída natural en el nivel de alerta. Si se duerme más tarde, puede afectar el sueño nocturno, sobre todo en personas con insomnio o despertares frecuentes.
La siesta no tiene el mismo efecto en todas las personas: varía según la edad, la actividad diaria y los hábitos de descanso. En adultos mayores, por ejemplo, puede ser útil para compensar un sueño nocturno fragmentado. En trabajadores por turnos o en quienes acumulan una deuda de sueño significativa, una siesta más larga puede ser reparadora.
En cambio, en personas con trastornos del sueño como el insomnio, las siestas diurnas pueden reducir la presión natural del sueño y dificultar aún más el descanso nocturno. Así lo advierte la American Academy of Sleep Medicine (AASM).