Nacida en San Juan, Martina se había formado como podóloga en la Universidad de Buenos Aires (UBA), una profesión que también compartía con su hermano Zacarías. Ambos habían trabajado en un consultorio ubicado sobre la calle José Martí al 900, en la capital sanjuanina, donde atendían a sus pacientes.
A lo largo de su recorrido profesional, también había desarrollado una plantilla ortésica personalizada para aliviar las molestias provocadas por las verrugas plantares, un trabajo que reflejaba la aplicación de sus conocimientos a necesidades concretas de sus pacientes.
El pasado 25 de julio había cumplido 32 años. Su vida estaba ligada a San Juan, donde había crecido y construido parte de su camino profesional, además de mantener sus vínculos familiares más cercanos.
Era hija de Jorge Conte Grand, médico, y de Claudia, docente, y formaba parte de una familia de cuatro hermanos: Jeremías, Zacarías, Lisandro y ella. Con Lisandro tenía un vínculo especial: eran mellizos. Con Zacarías, en tanto, había compartido tanto la formación universitaria como el trabajo en el consultorio.
El viaje a España había sido una oportunidad para reunirse con los suyos y conocer al nuevo integrante de la familia. Sin embargo, el accidente ferroviario terminó convirtiendo ese encuentro en una tragedia que golpeó de lleno a los Conte Grand.
El siniestro ocurrió en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla, en la provincia de Toledo, y afectó a dos formaciones ferroviarias. Mientras los equipos de emergencia trabajaban en la zona y avanzaba la investigación para esclarecer las causas, los familiares de las víctimas atravesaban horas de angustia.
En paralelo, también se mantenía la búsqueda de Agustín Randazzo, otro argentino de 51 años cuyo paradero no se conocía tras el accidente, según la información difundida en ese momento.
La historia de Ana Martina Conte Grand quedó ligada a una de las tragedias ferroviarias más dolorosas de los últimos días, pero también al motivo íntimo que la había llevado hasta España: compartir con su familia la alegría de conocer a su pequeño sobrino. Un viaje que debía estar marcado por los abrazos y los reencuentros terminó convertido en una despedida inesperada.