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La parrilla y un juguete que quedaron en el terraplén donde vivían la mujer y su hija de 7 años.
A un par de metros, dos ladrillos sostienen una pequeña parrilla de metal, a escasos centímetros del suelo de tierra. “Ahí se haría un mate, un té o la leche que damos en los merenderos”, piensa Silvia en voz alta. Justo al lado, Mildred Correa, la mujer que encabeza el comedor Jikauta, observa los restos de un autito de plástico con ruedas amarillas y rojas y una base verde. Detrás, un alambrado separa ese espacio de una de las salidas de la autopista. Sobre él cuelga un paraguas infantil con mango rosa y unas calcitas que más de una vez se habrán secado al sol. También un barbijo pequeño, de tela.
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El paraguas con mango rosa, un par de calcitas y un barbijo pequeño siguen en el alambrado que separa el espacio donde vivían la mujer y la nena de la autopista
Carla Chipana nació y se crió en Cildáñez. Tiene 31 años y le faltan dos materias para recibirse de economista en la UBA. “No es casual que los vecinos hayamos apoyado la marcha. Las mismas falencias que sufría Estelita las sufrimos nosotres en nuestro barrio”, dice. Recuerda que, cuando la familia de M. se acercó por primera vez a la comisaría “no les tomaron la denuncia". Fue porque no tenían la dirección del domicilio ni un documento para darles.
A las tres mujeres las acompaña Favio Pirone, integrante de la Comuna 9. “Cildañez encontró a M. Lo decimos así porque todas las organizaciones salieron a buscar a la nena. La madre era una persona muy conocida y querida por todas las organizaciones del barrio”, dice.
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Una cuchilla de cocina que quedó en el lugar donde vivían M. y su madre.
Debajo del puente
Silvia, la mayor de las mujeres, cuenta que, tiempo atrás una asistente social trabajaba con el caso de Estelita. “Ella le seguía los pasos y trataba de ayudarla con los chicos. Pero se ve que, como no se podía, el Juzgado de Menores actuaba y trataban de ubicarla a la abuela, aporque no podían estar en la calle. M. fue con la primera con que durmió en la calle”.
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Silvia Muñoz, en el lugar donde la mamá de M. cursó el embarazo de la nena.
La mujer pasó al menos dos embarazos durmiendo en el espacio que sostiene a las columnas, debajo del puente de Dellepiane y Escalada, y separa los dos carriles por donde pasan sin cesar los autos que bajan de la autopista. Uno de los embarazos fue el la nena que hoy tiene 7 años. Ese mismo puente cortaron los vecinos de Cildañez en cuanto la abuela les pidió ayuda. El lugar está a unos 50 metros del terraplén donde pasó el último tiempo con M.
“Yo la veía durmiendo ahí, con la panza. Cuando nació la nena y mientras era muy bebé, estuvo ahí. Cuando empezó a caminar me daba miedo que bajara a la calle”, recuerda Silvia.
Ella iba cambiando de lugar. Estuvo en la salita del barrio. Luego en el CeSAC nº14 (Centro de Salud y Acción Comunitaria) de Parque Avellaneda, a unas cuatro cuadras del puente, donde pasaba la mayoría de las noches en un espacio techado que había entre la pared del edificio y la vereda.
Las tres mujeres miran el paredón de chapas que ahora recubre un predio de media manzana vacío. Al lado se levanta un edificio nuevo donde funciona el centro de salud. Lo construyeron después de que el anterior se incendió, en 2018. “Ella dormía ahí en unos colchones", señala Silvia. "Era muy triste su vida. Yo no quisiera estar ni un segundo durmiendo en la calle”. Después del incendio “se fue al lugar de donde se llevaron a la nena”, dice Silvia.
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El terraplén donde vivían M. y su mamá.
La villa como última frontera
Para Carla “la villa es una contención, uno de los últimos pasos antes de quedarnos en la calle. Al desamparo lo sentimos porque no tenemos políticas públicas abocadas a mejorar nuestra estructura de barrio”, agrega. “Les villeres sabemos a lo que se puede llegar. Si esta estructura, estas manzanas, ya te expulsan, en la calle terminás cayendo a otro lugar de expulsión fuera de un sistema que ya no te quiere adentro”, reflexiona.
Según el censo de 2010 Villa Cildañez tenía cerca de 9.500 habitantes. Las proyecciones de los vecinos -en las que trabajó Carla- indican que hoy son unos 16.000.
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Las mujeres frente al predio del CeSAC 9, donde dormía tiempo atrás la madre de M. con su hija.
Carla conoce cada pasillo de su territorio. Quiere vivir ahí para transformarlo. “¿A dónde tendría que haber ido E. por su problema de adicción? ¿Cuál es el lugar más cercano? Existía uno pero cerró. ¿Cómo es posible que cerca de un barrio popular, donde el consumo es un problema, no haya un centro para contener a estas personas con adicciones a la droga, al alcohol, la violencia?”.
Los números del presupuesto porteño para personas con adicciones se recortaron en este 2021. En el Programa Políticas Sociales en Adicciones que depende del Ministerio de Hábitat y Desarrollo Humano redujo su partida casi un 10% en términos reales (-9,87%) comparado con el presupuesto 2020. Lo mismo sucedió con el Programa Asistencia Socio Habitacional, donde se recortó casi un 24% en términos reales (-23,63%) comparado con el presupuesto anterior.
“En las villas nosotras no tenemos un lugar de amparo. La madre de M. es una mujer, ella es una niña. No hay lugares que contengan a nuestras vecinas si sufren violencia, que también es institucional”, dice Carla. “El Centro Integral de la Mujer (CIM) de la Comuna está re lejos de acá”.
¿Cómo eran los días de E.?
Eran de recorrer el barrio: los merenderos, los comedores, ir a los basureros porque era cartonera. Buscar para llevar el dinero que podía y comprarle a su hija lo mínimo para vivir. Ahora, con la pandemia, nos cortaron los bolsones de alimentos desde el Gobierno de la Ciudad. O sea que aún peor.
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El puente donde pasó su embarazo la mamá de M. tiene restos de otras personas que viven allí, en situación de calle.
Mildred Correa la veía seguido en Jikauta. “Iba a retirar la comida con la nena, siempre estaban juntas”, cuenta. “Hay muchas E. acá”, dice Silvia. "Cuando vemos que un chico no está viniendo al merendero nos preocupamos, vamos a buscarlo, tratamos de que no esté mucho en la calle. No me gustaría verlos mal cuando crezcan”. Le pasó muchas veces.
Hace una semana, cuando encontraron a M., Silvia servía mate con tortas fritas en el corte de Dellepiane. “Yo quiero lo mejor para la nena. Nosotros acá en Cildañez escuchamos muchos casos de abusos no solo en la calle. A veces en un hogar, en una familia. Lo sabemos por los dibujos que hacen en las colonias y por su comportamiento", dice la mujer que acompañó decenas de niños a los hospitales cuando los docentes detectan posible casos.
El sábado, dos días después de que una vecina viera a M. en Luján y llamara a la policía, Élida, la abuela de la nena se acercó a la olla popular que Carla y otros referentes sociales preparan para los vecinos como espacio de encuentro. "Vino a agradecernos que los hayamos ayudado. Nos dijo que están llevando el proceso y viendo quién va a estar en custodia de M. Para que esté resguardada y quede en buenas manos”.