* Este texto forma parte del newsletter "Diario de la Procrastinación", de la red de newsletters de A24.com. Si te interesa recibirlo podés suscribirte acá.

* Este texto forma parte del newsletter "Diario de la Procrastinación", de la red de newsletters de A24.com. Si te interesa recibirlo podés suscribirte acá.
Lunes
Todavía conservamos dos o tres momentitos en los que no tenemos la cara metida en el celular. Uno de esos es la ducha y ahí es donde se me suelen ocurrir algunas buenas ideas, un título para una nota en la que estoy trabajando o simplemente una no muy rigurosa planificación de lo que voy a hacer en el día.
Pero hoy lo único que me retumba en el bonete son las palabras de Benito: ayer lo reté y me dijo: “Dejame en paz”. Debería tener la cabeza puesta en el resultado de las elecciones pero estoy con eso. O capaz, como dice Pancho Ibañez, todo tiene que ver con todo.
En el subte, choco mi cabeza contra una parte del techo que está engrasada. Ese esa grasa de motores, negra, pastosa, difícil de remover. Me toco la cabeza y creo que estoy limpio.
Unas cuatro horas después me vuelvo a tocar la cabeza y encuentro una mancha gigantesca de grasa. Me pregunto cómo pasé todas estas horas con ese olor encima sin darme cuenta. Me mojo la cabeza en el trabajo pero el olor sigue: es como si hubiera aparecido una vez que lo descubrí.
Llego a casa pensando en bañarme. Benito me recibe con el entusiasmo y la alegría de siempre, pareciera no registrar que la última vez que nos vimos estaba muy enojado conmigo. Termino el día como lo empecé, aunque esta vez con dos vueltas de shampoo.
Martes
Me levanto temprano para ir a la radio. Llegó a la estación de las bicis y no hay ninguna disponible, pero al instante aparece alguien para devolver una. La retiro y es justo una bici en muy buen estado. Pedaleo con entusiasmo y me siento bien, oxigenado, a pesar de que el país se cae a pedazos. A veces las pequeñas situaciones son las que nos determinan el día. En mi pequeño conjunto de teorías, a esto lo llamo “la dimensión particular”.
Sigo con la biografía de Federico Peralta Ramos. Encuentro guiños todo el tiempo en su obra que se relacionan con el contexto de la Argentina actual. Supongo que eso lo convierte en un gran artista
En el libro hay una foto en la que Federico en la que posa como un presidente.
También se proponía como ministro de Economía (recordemos que Federico se gastó la guita de la Beca Guggenheim en una cena para sus amigos). Y una de sus pancartas, con su letra tan característica, dice “Misterio de Economía”.
Benito ya no usa pañales y es un gran alivio para nuestras finanzas personales: le auguro un gran futuro como trader o como marcador central.
Miércoles
Un día más en el gimnasio: corro en la cinta con soltura. Siempre me gustó ese adjetivo. Correr con soltura, escribir con soltura, jugar al fútbol con soltura. Los misterio del lenguaje: si veo a alguien que se tatuó la palabra “Soltar” lo mando directamente a la categoría de los infrahumanos.
Leo diferentes entrevistas a Julieta Venegas, a propósito de una obra de teatro que está haciendo en Buenos Aires. Venegas es una que eligió instalarse acá mientras todos estamos pensando en rajar. Me quedo con una frase hermosa, que le dice a Marina Zucchi en esta nota. “Tengo la teoría de que la gente no se ve cuando está viajando en el transporte público”.
Jueves
No me gusta la gente que busca todo en Google, no me gustan los que necesitan la respuesta. A veces está bueno andar con las preguntas sin resolver. A mi me pasa cuando veo un perro y un gato que se llevan bien. Es como si alguno de los dos viniera con el instinto fallado.
"A mi me gusta acá". Federico Manuel Peralta Ramos.
Viernes
El algoritmo de las pequeñas cosas me cruza con un texto que le dedica un amigo a su gato. La nota tiene ya unos días pero por alguna extraña razón la leo ahora. Conozco mi amigo, conozco al gato, pero es como si me hubieran invitado a espiar su relación.
En particular me gusta una escena, en la que se habla justamente del instinto:
"A veces, al atardecer, cuando las sombras doradas comienzan a adueñarse de la casa, lo veo a Cassius que mira hacia el jardín, montado a algún respaldo. Hace eso: solo observa, atento, concentrado en algo a la vez indistinguible e inquietante. Sus orejas se paran y su breve, brevísimo hocico late, intentando capturar quién sabe qué cosa. Es el llamado de la especie, algo atávico que lo lleva a prepararse para cazar. Durante cientos, miles de años, sus antepasados salían a esa hora a comer agazapados, preparados para matar o morir. Cassius pasa varios minuto así, hundido en esa ceremonia que se despierta en su sangre. En ese momento el silencio en el barrio es tal que hasta puede oírse el sonido de una taza que se revuelve a dos cuadras. Según dicen, el gato es capaz de escuchar el zumbido de la luz viajando por los cables de cobre. Eso parece percibir Cassius. Es un instante milagroso. El universo desplegando toda su sabia historia".
Mis amigos sin hijos suelen preguntarme sobre la paternidad. Benito ya cumplió tres años pero yo todavía no tengo la respuesta. Creo que de a poco voy construyendo una idea. La palabra instinto anda dando vueltas por ahí, pero igual creo que no estoy del todo listo para explicarlo.