Murió Jorge Lanata. Tenía 64 años y trabajó como periodista casi 50 años de su vida. Estaba internado desde el 14 de junio, luego de haber sufrido un infarto mientras le practicaban una tomografía de pulmón.
Fundó diarios, revistas, hizo programas exitosos de televisión y radio. Pero más que todo eso, creó un estilo y un modo de hacer periodismo. Una identidad imborrable para la historia del periodismo argentino.

Murió Jorge Lanata. Tenía 64 años y trabajó como periodista casi 50 años de su vida. Estaba internado desde el 14 de junio, luego de haber sufrido un infarto mientras le practicaban una tomografía de pulmón.
“Tuve una vida marcada por enfermedades”, dijo a propósito de sus incontables y cada vez más frecuentes problemas de salud. El más notorio fue el trasplante de riñón, en 2015, debido a una insuficiencia renal que lo obligó a practicarse diálisis. Hablaba sobre su salud sin rodeos: “Siempre conté todo lo que me pasó, porque no es mi culpa”, dijo.
Fundó diarios, revistas, hizo programas de televisión y de radio, investigó y denunció a ministros y presidentes, ganó Martin Fierro, hizo teatro de revista, escribió libros periodísticos y novelas, filmó documentales. Denunció al poder y fue el poder. Pero la suma de todo lo que hizo (que es mucho y casi irrepetible) no es suficiente para dimensionar su peso específico y el impacto de lo que generó su trabajo como hombre de los medios. Durante 40 años, lo que dijo Lanata (su voz, su tono, el cigarrillo, los silencios, el tuteo al espectador) y su dimensión como comunicador tuvo una potencia inédita.
“Quería ser periodista porque quería entrar al mundo”, respondió en un autorreportaje en televisión. Fue un Lanata confesional que se estaba copiando a sí mismo, en un ciclo televisivo en la pantalla de TN que imitaba a La Hora 25, un mítico programa de radio que tuvo en Rock&Pop a principios de los 90.
A los 14 años era cronista de Radio Nacional, pero no se lo había contado a nadie de su familia. Su papá se enteró cuando un gerente de la radio llamó a la casa para pedir un documento personal. Lanata había mentido, dijo que tenía 19. Las autoridades tuvieron entonces un problema: no podían contratar a un chico tan joven. Al final encontraron la manera de aceptarlo y entró a la radio como parte del staff de la orquesta: “Violinista del Servicio Informativo”, decía su legajo.
Otro mito de su carrera periodística, antes de este primer trabajo formal, fue su primera entrevista. La hizo a los 11 años, cuando la maestra de la materia Iniciación Literaria de la escuela les pidió a sus alumnos una breve biografía del escritor Conrado Nalé Roxlo. Lanata tomó la guía telefónica y lo llamó a la casa. Su trabajo fue el mejor y la noticia llegó hasta los editores de la revista del Colegio San Martín de Avellaneda (“La Colmena”), todos alumnos más grandes que lo convocaron para escribir.
Ahí sumó algunas otras notas que recuerda, un reportaje a René Favaloro que tenía una primera línea innovadora para su tiempo: le hablaba directamente al lector, así como haría muchos años después en TV, directo al televidente: “Usted lo conoce. Si no lo vio como único invitado en el programa de Mirtha Legrand, lo vio hace poco con Bernardo Neustadt”. Esas primeras notas le sirvieron como puerta de entrada a Radio Nacional. A los 14 años parecía de 20 (“hace de todo. Y lo hace todo bien: redacta, edita y habla”, contó Alberto Suárez Castro, gerente de Radio Nacional, su primer jefe).
Las enfermedades que lo marcaron son también las enfermedades que lo rodearon desde muy chico. Su mamá María Angélica fue operada de un tumor en la cabeza y no pudo hablar más. Lanata dijo que heredó su humor, aunque lo decía más como una intuición, esa sensación de angustia que lo persiguió siempre. También contó que le enseñó a leer antes de empezar el colegio. Casi no habló con ella, se comunicaba por señas. Con su papá Ernesto tampoco habló, pero porque se llevaban mal: “habré cruzado con mi padre cincuenta o sesenta palabras durante toda la vida”, le contó a Luis Majul en la biografía “Lanata. Secretos, virtudes y pecados del periodista más amado y más odiado de la Argentina”.
“A lo mejor me dediqué al periodismo porque mi mamá no podía hablar, no podía contestarme”, confesó.
Esa historia personal tuvo también un capítulo nuevo, una primicia que apareció en su vida inesperadamente, y que Lanata contó en un libro autobiográfico llamado “56”. Una tía muy querida rompió el secreto familiar y le dijo que era adoptado: “Tengo un problema, no sé si es virtud o las dos cosas, pero si algo me pasa y en ese momento estoy escribiendo, lo tengo que contar. Si no escribía esto, que es lo que me pasó este último año, no podría escribir cómodo". El nuevo dato cambiaba su lugar de nacimiento. Lanata nació el 12 de septiembre de 1960, como siempre le habían contado, pero en Mar del Plata.
Lanata fue también sus propios mitos: las drogas (“tomé siete gramos de cocaína por día”, le confesó a Luis Majul en su biografía), las mujeres (competía con su amigo Fito Páez para ver quién se había acostado con más), el dinero derrochado en compras permanentes. Quienes visitaron su última casa, un departamento en el Palacio Estrugamou, dicen que no había lugar en las paredes para un cuadro más. Regalaba lapiceras, encendedores, perfumes que sacaba de los cajones de su escritorio.
La discreción fue una virtud de sus relaciones personales: nunca tuvo escándalos amorosos y no se conocen los nombres de sus conquistas. Tuvo una hija (Bárbara) con la periodista Andrea Rodríguez, y otra (Lola) con Sara Stewart Brown (que además donó un riñón en la operación que le salvó la vida). En abril de 2022 se casó con su última compañera, la abogada Elba Marchovecchio.
“La gente se droga porque el mundo duele, y hay gente más débil que otra”, dijo en otra entrevista. Lanata, entonces, se sintió débil en el momento más importante y creativo de su vida. “Soy, a los 36, un tipo encerrado en su casa de Belgrano, tomando merca para soportar la vida, buscando donde no hay nada. Pienso sinceramente en matarme y un segundo después pienso en un proyecto, y las dos cosas son verdaderas”.
Lanata fundó Página12 en mayo de 1987. Tenia 26 años y venía de trabajar como editor en la revista El Porteño y en Radio Belgrano, en donde conoció a Andrea Rodríguez, en el programa Sin anestesia que conducía Eduardo Aliverti.
Empezó a contarle el proyecto a algunos amigos. Lo vendía así: “Un periódico de contrainformación, muy chico, de 12 páginas, y que estuviera en los kioscos de lunes a viernes”.
Página12 fue el diario de referencia para el progresismo, con las plumas más importantes de su generación: Osvaldo Soriano, Miguel Bonasso, Eduardo Galeano, Juan Gelman, Horacio Verbitsky, Tomás Eloy Martínez, Juan Forn, Rep. Entre todos esos gigantes del periodismo y la literatura, Lanata impuso su voz y su creatividad infinita.
“Gorriarán terminó poniendo un palo. Y yo supe desde siempre que la guita venía de ahí”, confesó sobre la financiación del proyecto: Enrique Gorriarán Merlo, uno de los fundadores del ERP, aportó un millón de dólares para el diario. Lanata lo conoció en Mar del Plata, en un encuentro secreto en el verano de 1987. La fuerza y la libertad de hacer siempre estuvo por encima de todo.
En marzo del 1991, Menem acusó a Página12 de ser un diario amarillo. Al día siguiente, el diario cambió su nombre y su color. “Amarillo12” fue el título principal, obviamente con papel color amarillo que tuvieron que comprar en el mismo día: el proveedor fue el que tenía la guía telefónica, en su parte comercial. Cuando Menem firmó los indultos, el diario sacó una tapa blanca.
La creatividad y el humor siempre estuvo puesta al servicio de que los lectores entendieran de qué se estaba hablando.
Una edición de la Revista Veintiuno tenía un agujero en el medio como metáfora del agujero del presupuesto (“hubo que rediseñar todas las notas y los avisos, fue un quilombo histórico”).
Dos años después, la misma revista, ahora llamada Veintitrés, dio un regalo a sus lectores: una bolsa de tierra de Anillaco. “Tierra Santa”, dijeron entonces. La idea fue a fondo. “La revista iba a venir en una bolsita de papel madera con tierra santa. La de Anillaco. Cuando empezaron con los 'peros', dije: ‘Voy a Lanús Este y lo arreglo con los muchachos en una obra’. Pero después pensé: ‘No, Menem me va a cagar y le va a hacer un análisis de, qué sé yo, ultravioleta carbono 14 a la tierra y va a decir que es del gran Buenos Aires’. Así que fui por más y mandé a dos periodistas a La Rioja a que se traigan la tierra. Un despelote. Al final encontraron a una señora en Anillaco, le pagaron por la molestia y cargaron un camión descomunal, uno de minería, y la trajeron a Barracas. Un delirio. Pero se vendió toda la tirada”.
Hizo lo que quiso, sin dar muchas explicaciones. Parece lejano en el tiempo, pero entre 2009 y 2011 fue una figura marginal en la pantalla. En el Canal 26 tenía un programa llamado Después de todo (DDT), en donde mostró el mapa de medios de la Argentina, y denunció la concentración de poder del Grupo Clarín.
En abril de 2012, se convirtió en el principal referente del grupo, con el programa más escuchado de la segunda mañana en Radio Mitre (“Lanata sin filtro”, que condujo hasta 2024, aunque le habían quitado una hora porque su cuerpo ya no resistía cuatro horas diarias de aire), el programa periodístico más trascendente en Canal 13, los domingos a la noche (“Periodismo para Todos” PPT), y una columna semanal en el Diario Clarín.
Trabajó y formó periodistas: cuando Lanata decía “es gente nuestra”, hablaba de periodistas que se formaron con él. La lista es interminable: Romina Manguel, Ernesto Tenembaum, Reynaldo Sietecase, María Julia Oliván, Nicolás Wiñazki, Martín Sivak, Maxi Montenegro, Gonzalo Sánchez, Luciana Geuna y Maru Duffard, entre muchos otros.
“Dónde y cómo te imaginas en el año 2050”, le preguntó Majul para el cierre de su biografía.
“Recontra muerto. Nací en 1960, voy a tener 90 años. Voy a estar recontra muerto, boludo. Muerto y en paz. En realidad, espero convertirme en una estrella… Para mí los muertos son estrellas. Si es cierto lo que creo, voy a estar en equilibrio. Creo que somos luz y volvemos a la luz. Me gusta pensar eso, que estaré ahí arriba, en una estrella, en otro estado material”.