El “efecto Rojo” argentino necesita un rendimiento más confiable
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El “efecto Rojo” argentino necesita un rendimiento más confiable

Las emociones todo lo pueden. Y en un mundial, estas te brotan o te bloquean. Casi sin términos medios. Casi explicando a la par del juego por qué ocurrió lo que ocurrió con Argentina en la inolvidable noche de San Petersburgo.

La Argentina ofreció su corazón, en esa aventura de Marcos Rojo para hacer el gol de la explosión. Esos goles que se buscan con más pulso que lucidez, con más coraje que inspiración. Y que se gritan con el alma.

El equipo se acomodó a las necesidades y características de estos jugadores. Cada uno interpretó una partitura clásica pero conocida. Y se optimizaron los recursos sobre todo en el primer tiempo.

Banega fue “el rey del pase” como lo describieron en España cuando el Sevilla sacó al Manchester de la última Champions. Ese pase que ordene, que une, que encuentre a Messi para definir.

En eso de acondicionar el equipo a las necesidades de los jugadores, en ese duelo implícito con Sampaoli, los Mascherano y compañía sintieron mayores responsabilidades. En definitiva, se trató de “lo tuyo o lo mío”.

Desde el juego, la Argentina alcanzó mejorías pero no de una dimensión extraordinaria. Si lo pensamos como punto de partida no está mal. Pero el equipo jugó exigido. Y el físico de jugadores grandes puede alterar rendimientos en los complementos.

El “efecto Rojo” muchas veces te estimula a un estado superior que deberá ser sostenido por un rendimiento más confiable.
En el mundial más igualado en mucho tiempo, donde orden neutraliza talento, donde Corea “no se come el chamuyo de Alemania”, la Argentina va. Con sus limitaciones pero va.