“Angelici, vení a jugar”, el desafío de D’Onofrio al presidente de Boca detona una bomba cuya onda expansiva puede tener alcances siniestros.
“Angelici, vení a jugar”, el desafío de D’Onofrio al presidente de Boca detona una bomba cuya onda expansiva puede tener alcances siniestros.
En la antesala del fallo disciplinario, y luego de la ampliación del descargo de Boca aportando otras pruebas que puedan comprometer la responsabilidad de River.
Con un tono casi de barricada, el presidente de River lo invita a Boca a deponer cualquier acción, y disponerse a jugar. Como en el barrio cuando el rival se quería llevar la pelota a la casa porque se hacía de noche.
Esta sed de venganza de unos, este arrebato impotente de otros, hace aún más temerario todo. No hay garantías en la sociedad futbolera para disputar esta final. La secuelas en la relación de ambos serán irreversibles. Si los presidentes de ambos clubes se miran con tanto rencor, el derrame hacia abajo con mayor irracionalidad y menos responsabilidades, puede resultar letal.
La estrategia del mensaje de D’Onofrio supone que no tiene certezas que la Unidad Disciplinaria pueda fallar en contra de Boca, o directamente busca desalentar la búsqueda política de Conmebol de no jugarlo en el Monumental.
Boca esta en manos de sus abogados. Agotará instancias. Apelaciones, TAS y hasta tribunales federales suizos. Terminar en criterios europeos, un problema bien endémico argentino. Pero si estos recursos no les resultan favorables, no tendrá más camino que presentarse a jugar.
En Conmebol, se jactan por estas horas, que el mundo quiere recibir esta final. Que a Doha podrían ir hinchas, solo con mucho dinero, de River y Boca. Que más acá, en Asunción, las autoridades de seguridad no aceptan público. “Juguemos en la luna” cerró D’Onofrio en su desafío público hasta al propio presidente de la Nación. En las puertas del G20, aparece un conflicto diplomático de proporciones desmedidas.