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Menem y sus juicios: de los síntomas a las causas

por Alejandro Fargosi | 12 de octubre de 2018 - 15:06
Menem y sus juicios: de los síntomas a las causas

Por Alejandro Fargosi (*) 

La Sala II de la Cámara Federal de Casación Penal confirmó las condenas dictadas en diciembre de 2015 por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal 4 al ex presidente Carlos Menem (4 años y medio de prisión) y al ex ministro Domingo Cavallo (3 años y medio) por el pago de sobresueldos en la década del ’90. O sea, hechos ocurridos hace más de 20 años.

Las Dras. Figueroa y Ledesma decidieron rechazar los recursos interpuestos por los condenados, mientras el Dr. Riggi repitió su criterio de hace unos días, considerando que un lapso tan excesivo violaba los derechos humanos de los imputados, que deben ser absueltos. Es la jurisprudencia de la Corte y de otros tribunales americanos y europeos.

Podemos analizar el fallo y discutir si corresponde o no la aplicación de ese principio absolutorio cuando se trata de ex mandatarios que tuvieron tanto poder, o si procede cuando hubo sentencias anteriores, o si tal o cual hecho está probado… podemos discutir esto y mucho más hasta el día del juicio final.

Pero no es nuestro objetivo ahora. Creemos que el problema es infinitamente más grave que cada caso individual, pese al precedente que implica el fallo y a la importancia de los condenados.

El problema medular es que la Argentina sigue revolviéndose en el pantano de sus dilemas, sin resolver casi ninguno, consumiendo la riqueza acumulada desde hace 100 años.

Esa riqueza se está acabando y tenemos el catastrófico honor de ser el único país que, sin haber sufrido una guerra económicamente devastadora, aumentó su pobreza en los últimos 100 años. Esto es inconcebible viendo las fortalezas de la Argentina, pero es lógico si vemos nuestras flaquezas.

Seguimos con un sistema judicial cada día más lento, parcial, burocrático e injusto, que consagra permanentemente desigualdades, dicta fallos vergonzosos, vive en un mundo de teorías y prejuicios, sigue las correcciones políticas de moda y no resuelve casi ningún dilema fundacional y las pocas vece que lo hace, es tarde.

En paralelo, nuestra cultura ciudadana sigue creyendo en la utopía de un Estado benefactor que se hace cargo de los desastres cotidianos sin que ello repercuta sobre los que pagamos impuestos. No mucha gente es consciente de que esto es mentira y de que cada día estamos más cerca de aquellos siervos de la gleba del medioevo, condenados de por vida a enriquecer al señor feudal, hoy llamado Estado, que progresivamente cada vez nos dá menos y nos cobra más.

No importa quien gobierne, nuestros políticos ansían conquistar al electorado con una demagogia que está rascando el fondo de una olla que nadie rellena desde hace décadas y que nos pertenece a cada uno de nosotros, condenados a darle más de la mitad de nuestro año laboral a este nuevo señor feudal.

Eso pasa porque nuestra cultura ciudadana se corresponde con nuestra cultura política, y ha generado un grupo de varias decenas de miles de personas entronizadas en los tres poderes del Estado, tanto nacional como provincial y municipal, blindadas con privilegios y ventajas tan inauditas que escandalizan, cuando las podemos conocer, cosa que es muy difícil pese a vivir en la era de Google.

Nuestros políticos y funcionarios también creen que el Estado es el otro y lo recargan de gastos para ganar la voluntad de quienes los votan, sin entender ni poder hacerlo, que la plata la ponemos nosotros o la pondrán nuestros nietos, pero con seguridad no lo harán ni los uruguayos, los finlandeses o un FMI demonizado por la izquierda, en su sempiterna prédica sin alternativas reales.

La causa de los sobresueldos está repleta de estos síntomas: funcionarios que violan la ley; sueldos para ministros y secretarios de estado que son incompatibles con sus funciones y que son “subsidiados” con dinero en negro; cajas negras; juicios eternos que terminan en absoluciones inconcebibles; formulismos procesales impropios del mundo moderno, apatía generalizada… y podríamos seguir un largo rato describiendo síntomas tan incómodos como los de las peores enfermedades.

De las causas reales seguimos sin hablar. Obedeciendo a Gracian, lo diremos claro: perdimos total y completamente el sentido común. Cualquier persona media entiende subconscientemente que así somos un país inviable, pero seguimos creyendo que estamos condenados al éxito, cuando en realidad nos auto condenamos al fracaso por miedo a tomar medidas de fondo.

Somos el 8º país más grande del mundo sin los páramos canadienses, rusos o australianos, habitado por sólo 44 millones sin problemas raciales ni climáticos ni energéticos ni bélicos ni educativos profundos. Es una locura estar sistemáticamente sacudidos por un caos que hasta eleva nuestra tasa de ACVs.

Necesitamos un grupo de personas que gobierne para solucionar nuestros problemas de fondo sin pensar en reelecciones y siguiendo el sentido común, no las encuestas. Tal vez duren un solo período, pero no hay otra salida.

No necesitamos magos, necesitamos patriotas.

(*) El autor es abogado y ex consejero de la Magistratura.

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