“Cumplí la misión de conducir el aprismo al poder en dos
ocasiones e impulsamos otra vez su fuerza social. Creo que esa fue la misión de
mi existencia, teniendo raíces en la sangre de ese movimiento.
Por eso y por los contratiempos del poder, nuestros
adversarios optaron por la estrategia de criminalizarme durante más de treinta
años. Pero jamás encontraron nada y los derroté nuevamente, porque nunca
encontrarán más que sus especulaciones y frustraciones.
En estos tiempos de rumores y odios repetidos que las
mayorías creen verdad, he visto cómo se utilizan los procedimientos para
humillar, vejar y no para encontrar verdades.
Por muchos años me situé por sobre los insultos, me defendí
y el homenaje mis enemigos era argumentar que Alan García era suficientemente
inteligente como para que ellos no pudieran probar sus calumnias.
No hubo ni habrá cuentas, ni sobornos, ni riqueza. La
historia tiene más valor que cualquier riqueza material. Nunca podrá haber
precio suficiente para quebrar mi orgullo de aprista y de peruano. Por eso
repetí: otros se venden, yo no.
Cumplido mi deber en mi política y en las obras hechas en
favor de pueblo, alcanzadas las metas que otros países o gobiernos no han
logrado, no tengo por qué aceptar vejámenes. He visto a otros desfilar
esposados guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene por qué
sufrir esas injusticias y circos.
Por eso, le dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones;
a mis compañeros, una señal de orgullo. Y mi cadáver como una muestra de mi
desprecio hacia mis adversarios porque ya cumplí la misión que me impuse.
Que Dios, al que voy con dignidad, proteja a los de buen
corazón y a los más humildes”.