"No sabemos cómo fue, dijeron tantas cosas. Que mi hijo llevó el revólver de mi casa, que se pegó un tiro solo, que entró un tiro por la ventana. Es imposible. El tiro entró y salió de la misma dirección, se lo tiraron directo", cuenta el padre. "El arma nunca apareció y mis primos se mudaron", dice: "Puede haber sido un accidente porque yo nunca tuve problemas con ellos, no lo sé. Pero estamos dolidos porque quisieron ocultar la verdad y no vinieron a decir lo que pasó".
"Tanto mis hijos como los pibes del barrio querían hacer cosas, ir a romperles la casa, y yo no los dejé. Los querían ir a buscar y yo me metí para que esperaran a la Justicia", dice y recuerda el tiempo en que creía que la pérdida de su hijo no iba a quedar impune. Ahora, asegura, la causa "está trabada".
Desde la muerte de Ángel nada volvió a ser lo mismo para la familia Reynoso. "Alejandro nació con el labio leporino y eso, imaginate, ya es muy cruel para un nene. Pero después de lo del hermanito quedó con mucho odio. Era como su bebé. Quedó muy afectado, con mucha bronca adentro. Cuando te arrebatan a alguien así te queda mucho resentimiento", dice su tía Mariana.
"Nosotros sabíamos que Alejandro terminaba en esto porque él siempre decía ‘yo termino así'. Uno sabía que si no era un día era otro y que una llamada a la madrugada era salir corriendo por él", cuenta, como resignada. "No lo podíamos enderezar aunque somos una familia muy unida. Él amaba a su madre pero ni ella podía cambiarlo".