El comunicado también subrayó que la escuela se mantenía unida en el recuerdo de la niña, mientras el impacto emocional recorría cada rincón del establecimiento. Sin embargo, más allá de las condolencias formales, el episodio abrió interrogantes sobre las circunstancias exactas en que ocurrió el accidente y sobre los protocolos de actuación.
Ricardo, padre de Luna, brindó un desgarrador testimonio que rápidamente tuvo repercusión pública. Según relató, recibió un llamado desde la escuela donde se le informó que su hija había sufrido un golpe. Pero la situación, lejos de parecerle menor, despertó en él una preocupación inmediata.
“Me pareció extraño”, explicó, recordando además un antecedente reciente que lo había alarmado. Según denunció, semanas atrás la pequeña había regresado del colegio con lesiones visibles en el rostro sin que nadie del establecimiento le informara sobre lo ocurrido.
“Hace pocas semanas me la entregaron con un golpe en la nariz y raspones, y nadie me dijo nada”, recordó con dolor.
Tras recibir la llamada, el hombre se dirigió rápidamente al establecimiento. Al llegar, la escena que encontró fue desesperante. Una ambulancia acababa de arribar al lugar, y un profesional médico ingresaba de urgencia con una camilla.
“Ahí entendí que no era solo un golpe”, afirmó.
La desesperación aumentó cuando ingresó al edificio y se encontró con una imagen devastadora: su hija estaba tendida en el suelo, cubierta de sangre y en estado crítico.
“La vi tirada, ensangrentada, de costado. Fue una imagen imposible de olvidar”, relató.
Junto con el personal de emergencias, Ricardo ayudó a trasladar a Luna hacia el Hospital de Niños Víctor J. Vilela, uno de los principales centros pediátricos de Rosario. Pese a los esfuerzos médicos, la gravedad de la lesión resultó irreversible.
La muerte de la pequeña generó un profundo dolor, pero también controversia en torno a la versión oficial inicial. Ricardo cuestionó públicamente la teoría de que su hija cayó por haberse pisado los cordones.
“Yo mismo la cargué en la camilla y sus cordones estaban perfectamente atados, con doble nudo, tal como se los había puesto”, aseguró.
Sus declaraciones pusieron en discusión la explicación preliminar y motivaron pedidos de esclarecimiento más exhaustivo. La familia exige conocer con precisión qué ocurrió dentro del establecimiento y si existieron fallas en la supervisión o en la respuesta inicial.
Mientras tanto, las autoridades judiciales avanzan con la investigación para reconstruir minuto a minuto lo sucedido. Se analizan testimonios de docentes, personal escolar y posibles testigos, además de peritajes médicos y técnicos.
El caso reavivó además el debate sobre la seguridad dentro de las escuelas, la vigilancia durante recreos y actividades cotidianas, y la necesidad de protocolos más rigurosos para evitar tragedias.
En Rosario, la noticia impactó con fuerza no solo por la corta edad de la víctima, sino también por el contexto en el que ocurrió: un espacio que debería ser sinónimo de cuidado, aprendizaje y protección.
Padres de otros alumnos expresaron preocupación y reclamaron respuestas claras. Para muchas familias, el episodio genera temor sobre las condiciones de seguridad dentro de instituciones educativas y sobre la capacidad de reacción frente a emergencias.
La comunidad educativa, por su parte, enfrenta días de profundo duelo. Compañeros de grado, docentes y directivos intentan procesar emocionalmente una pérdida que dejó una huella imborrable.
La muerte de Luna Jazmín Cuello se transformó en un símbolo del dolor más desgarrador: el de una infancia truncada de manera abrupta. Su historia conmueve porque representa una tragedia inimaginable para cualquier familia.
Mientras la investigación sigue su curso, Rosario permanece atravesada por el impacto emocional de una pérdida devastadora. El pedido de justicia y verdad crece con fuerza, impulsado por una familia que busca respuestas concretas sobre las circunstancias en que una jornada escolar terminó en una tragedia fatal.
El caso recuerda de manera brutal la importancia de garantizar entornos seguros para niños y niñas, reforzando controles y mecanismos de prevención.
Hoy, el nombre de Luna resuena con tristeza en Rosario y en todo el país, mientras una familia enfrenta el dolor irreparable de despedir a una niña cuya vida terminó demasiado pronto, dejando preguntas abiertas y una herida imposible de cerrar.