“Nosotros entramos en la investigación a pedido del fiscal en una segunda instancia de intervención en el lugar en el que se habían encontrado los restos. Investigamos las características de la fosa, la profundidad en donde estaban los restos y si había otra evidencia o hueso para colectar”.
La minuciosidad del trabajo fue clave para garantizar la cadena de custodia. Cada fragmento óseo fue recogido, embalado y etiquetado siguiendo protocolos internacionales. El traslado al laboratorio se realizó bajo estricta supervisión.
Una vez en el laboratorio, los especialistas comenzaron un trabajo de reconstrucción e identificación que demandó semanas de estudio. Según explicó González, el análisis se centró en la observación minuciosa de los huesos para encontrar lesiones “peri mortem”, es decir, aquellas producidas alrededor del momento de la muerte.
“Trabajamos con un material muy acotado, que son los huesos, y no tenemos tejido blando ni ningún otro tipo de material biológico que nos permita establecer más información. Sí podemos ver cómo actúa determinada fuerza o energía aplicada en el hueso”, detalló la antropóloga.
La ausencia de tejidos blandos y de elementos asociados como ropa o pertenencias personales limita las posibilidades de establecer con exactitud la causa de muerte. Sin embargo, los expertos consideran que el estado de conservación y las marcas encontradas podrían aportar pistas para reconstruir los últimos momentos de la víctima.
Diego Fernández Lima tenía apenas 20 años cuando desapareció. Según consta en los registros judiciales, fue visto por última vez en 1983, en circunstancias que nunca fueron del todo esclarecidas. Su familia inició una búsqueda incansable, golpeando puertas en comisarías, hospitales y dependencias judiciales, sin obtener respuestas concretas.
Durante años, el caso permaneció como uno más en la larga lista de desapariciones ocurridas en los convulsionados primeros años de la democracia argentina, cuando aún resonaban las secuelas de la última dictadura militar. El dolor de su madre, amigos y allegados se transformó en una herida abierta que el tiempo no logró cerrar.
La cercanía del hallazgo con la antigua casa de Gustavo Cerati generó inevitablemente un interés mediático adicional. No existen, por ahora, indicios que vinculen al músico con el hecho, pero la coincidencia geográfica ha contribuido a amplificar la difusión del caso y a que la historia de Diego vuelva a ocupar espacio en la agenda pública.
Fuentes judiciales aseguraron que el lugar donde fueron encontrados los restos podría no ser el sitio original de la muerte, sino un punto de disposición posterior. Esto abre nuevas hipótesis y obliga a revisar el mapa de la zona en busca de testigos o registros de movimientos inusuales ocurridos décadas atrás.
La fiscalía trabaja actualmente con un escenario de pruebas fragmentarias. La identificación positiva de los restos es un avance significativo, pero queda por delante el desafío de reconstruir la trama de lo ocurrido.
Entre las tareas previstas se incluyen nuevas pericias de laboratorio para detectar microtrazas de metales, químicos u otros elementos que puedan sugerir la forma en que murió Diego. Asimismo, se prevé la toma de testimonios a personas que vivieron en la zona durante la época de su desaparición.
Un investigador del caso, que pidió reserva de su identidad, explicó que la principal dificultad radica en el tiempo transcurrido:
“Han pasado más de 40 años. Muchos testigos ya no están, y otros han perdido detalles de sus recuerdos. Además, la zona ha cambiado: construcciones nuevas, demoliciones, modificaciones urbanas… Todo eso complica la posibilidad de rastrear evidencias”.
En este tipo de casos, la antropología forense cumple un rol crucial. A través del estudio de huesos y restos materiales, los especialistas pueden aportar datos sobre la edad, el sexo, la estatura, el origen étnico e incluso algunas enfermedades o traumas que haya sufrido la persona.
En el caso de Diego, el análisis permitió confirmar que los restos correspondían a un varón joven, cuyas características físicas coincidían con las registradas en su ficha personal. La confirmación final llegó gracias a la comparación de perfiles genéticos obtenidos de familiares directos.
González remarcó que, aunque el material era escaso, el cruce de información antropológica con estudios genéticos permitió alcanzar un nivel de certeza alto en la identificación.
“Es un trabajo de equipo, donde cada disciplina aporta su parte. La ciencia forense no solo busca encontrar la verdad, sino también ofrecer respuestas a las familias”.
La noticia de la identificación provocó un fuerte impacto emocional en Coghlan y en el círculo íntimo de Diego. Para sus familiares, el hallazgo representa una mezcla de alivio y dolor: alivio por poner fin a la incertidumbre de más de cuatro décadas, y dolor por la confirmación de una muerte que, en el fondo, nunca dejaron de temer.
Vecinos del barrio se acercaron en los días posteriores al hallazgo para dejar flores y mensajes en las inmediaciones del lugar. Algunos recordaron a Diego como un joven alegre, apasionado por la música y el deporte.
Si bien la confirmación de la identidad de los restos supone un paso adelante, la causa judicial sigue abierta y cargada de interrogantes. ¿Quién fue responsable de la muerte de Diego? ¿Dónde ocurrió el hecho? ¿Por qué se ocultaron sus restos en ese lugar? Son preguntas que todavía esperan respuesta.
Para los investigadores, cada nueva pista cuenta. La esperanza es que este hallazgo sirva para romper el silencio que durante años cubrió el caso y que, tal vez, quienes sepan algo finalmente decidan hablar.
La historia de Diego Fernández Lima vuelve así a escribirse, con la ciencia forense como herramienta y la memoria colectiva como motor para exigir justicia. El tiempo puede borrar huellas, pero no borra la verdad.