De la dictadura, el peronismo salió diezmado, confuso y sin prestigio. Podría decirse que el auge del alfonsinismo –que enroló a la UCR en la Internacional Socialista– “parió” al llamado peronismo renovador, encabezado por Antonio Cafiero –abuelo del actual canciller–, y donde militaban “cuadros jóvenes y democráticos” como el porteño Carlos Grosso, el mendocino José Octavio Bordón y el cordobés José Manuel de la Sota, todos sobrevivientes de la noche militar gracias, en gran medida, a que el Grupo Macri los cobijó entre sus gerentes.
Pero perdieron la interna nacional. Ganó Carlos Saúl Menem, un gobernador con pinta de caudillo federal del Siglo XIX que promovió el libre mercado y las relaciones carnales con Estados Unidos. Hubo saltos de tranquera.
Por aquellos años, el joven abogado Alberto Fernández venía de integrar el Partido Nacionalista Constitucional –un desprendimiento por “derecha” del radicalismo– y, con Menem, llegó a la función pública como superintendente de Seguros de la Nación. Tal vez por esos antecedentes –sumados a que, tras los 90, pasó a ser el pilar porteño de Domingo Felipe Cavallo–, muchos analistas pronosticaron que Fernández estaba llamado a ser una especie de “neomenemista”, mientras otros daban por hecho que su destino presidencial estaba amarrado al ejemplo de Néstor Kirchner –de quien fuera Jefe de Gabinete– y a las órdenes de Cristina K, su mentora para llegar al poder.
Fue cuando se autodefinió “más cercano a la cultura hippie que a las veinte verdades peronistas” y aseguró que, en su formación, “influyó mucho Alfonsín” durante “largas charlas” que compartieron con “pejerrey frito frente a la laguna de Chascomús”. Salvo que el pescado, aparte de ser bueno para el colesterol, ayude a fijar las ideas políticas, cuesta creer que el líder radical haya influido más que Kirchner en la cabeza de Alberto F y su noción del mando. Partimos de la base, claro, de que no es ninguno de los dos. Y de que cuando el chascomusense estaba en su apogeo, él le hacía la contra desde fervores juveniles no tan democráticos.
Debería considerarse la posibilidad de que Alberto Ángel Fernández no es ningún socialdemócrata ni nada que se le parezca, pero que necesita serlo para tener asegurado su propio lugar, dure lo que dure, en el submundo de la gobernabilidad y las disputas políticas:
- En el Frente de Todos, si hay algo preexistente es el ala “populista de izquierda” que personifican los Kirchner puros –CFK y Máximo–; y también un sector más “liberal”, referenciado en Sergio Massa. Para que el “albertismo” tenga un mínimo asidero en cuanto tercera pata de la coalición oficialista, quedaba vacante sólo el espacio del centro democrático con carácter social. Tal vez le quepa más a su esencia el mote de “social-cristiano”, pero eso lo dejaría demasiado adherido al Papa Francisco.
- En la economía argentina no parece haber lugar para las salidas extremas. Sin un plan estratégico de amplio consenso para el crecimiento y el desarrollo a la vista, todo se encierra en el círculo vicioso de esta síntesis apretadísima: administrar lo que hay de tal modo que el polo agroexportador no deje de poner dólares y el polo excluido siga poniendo paciencia.
- El mapa mundial está fraccionado en tres. Y junio será un escenario práctico para verificarlo, entres cumbres donde el presidente argentino va a estar: la de las Américas, patrocinada por Estados Unidos; la de los BRICS, que comandan China y Rusia, y tiene de gran socio regional a Brasil; y la del G7 en Alemania, con gran peso de los locales –el socialdemócrata Olaf Scholz invitó especialmente a Fernández– y Francia, eje del poder europeo. En los tres frentes, nuestro país busca distintas líneas de financiamiento y beneficios mutuos.
En el presunto “socialismo democrático” de Alberto Fernández no encajan sus amigos históricos Gustavo Beliz y Jorge Argüello, mucho más metidos en la relación con EE.UU., junto a Massa, que el propio Santi Cafiero. Tampoco da el perfil el promedio de los gobernadores ni sindicalistas que bancan al Gobierno y podríamos simbolizar en Juan Manzur y Héctor Daer. ¿Martín Guzmán? Cuesta encajar en semejantes dimensiones a un profesor de la Universidad de Columbia. Lo mismo que a los ex montoneros Emilio Pérsico y Fernando “Chino” Navarro, los jefes del Movimiento Evita que se torean en el territorio con el camporismo cristinista.
En la política posmoderna, las ideologías pasaron a ser posicionamientos transitorios. Bijuterie. Armas de fogueo. De alguna manera, el peronismo ha sido vanguardia en eso de tener velas más o menos aptas para cada viento. Y en que, cuando lo que se discute es el poder, poco importan las ideas previas. No es que me guste. Digo que así funciona. Por lo demás, el Presidente sabe que su salvavidas socialdemócrata puede ser de plomo en la marea derechosa dominante.