Dicha teoría, de rebote o por simple lógica, tendría en Julio De Vido al más directo perjudicado – o implicado- en la cadena ascendente de responsabilidades. López ya no sería el primer coimero de aquel equipo de Planificación Federal: el exsecretario de Transporte Ricardo Jaime ya fue tres veces condenado por corrupto.
Es una madeja muy difícil de desenredar. De Vido, Jaime y López fueron funcionarios de confianza de Néstor Kirchner desde 1991, cuando asumió como gobernador santacruceño. Pasaron luego como equipo al gobierno nacional en 2003 y Cristina los heredó en 2007. Cuesta creer que López se moviera solito sin generar ninguna sospecha de nada durante tantos años en una estructura que se jactaba de un disciplinado verticalismo. Lo contrario, para ser tomado por cierto desde el punto de vista judicial, debe ser probado.
Acaso lo más curioso de todo, termine siendo que los principales aliados de CFK para esta “teoría del empleado infiel” sean la propia Fiscalía del caso y un alto referente de la oposición:
- Luciani y Mola cortaron la eventual “cadena natural de mandos” al dejar fuera de la acusación a todos quienes fueron jefes de Gabinete de la expresidenta. Alberto Fernández (hoy Presidente), Sergio Massa (hoy virtual primer ministro), Aníbal Fernández (hoy ministro de Seguridad), Jorge Capitanich (hoy gobernador del Chaco) y Juan Manuel Abal Medina (hoy volcado a la actividad académica). Si los responsables de todos los ministerios -cuya misión es coordinar, firmar y controlar todo- están fuera de discusión, incluso como eventuales cómplices, el lazo CFK-López debería ser directo y demostrado con contundencia.
- Miguel Ángel Pichetto (excandidato a vice de Mauricio Macri, hoy auditor General de la Nación) descartó la posibilidad de que “un gobierno se constituya como una organización delictiva”. Lo dice con conocimiento del terreno, además: como senador, fue la voz cantante del kirchnerismo en la Cámara Alta durante los mandatos de Néstor y Cristina, incluso para la presentación de cada obra presupuestada que debía contar con aprobación parlamentaria.
Sea como fuere, todo llegó mucho más lejos de lo que hubiera pretendido cada uno de sus protagonistas. Sobre todo en el caso de Cristina Kirchner, reconocer que hubo corrupción durante su mandato desdibuja, mínimamente, su imagen de líder omnipotente de su espacio político. Más allá de cualquier fanatismo, todo lo demás está por verse.