Pensar el negocio
Lo que propongo es parar lo que estamos haciendo y ponernos a pensar si podríamos hacerlo mejor. Así como vamos a una casa y vemos claramente el esmero y paciencia (o falta de ellos) en el anfitrión que cocina, un cliente nos observa todo el tiempo, y recibe lo que le damos.
Recibe no sólo un producto o un servicio, sino también “sensaciones” que le transmiten los empleados: de descontento, falta de motivación, falta de capacitación y falta de atención, entre otros. O de buena atención, compromiso con la empresa, confianza en el producto, conocimiento pleno del mismo y disposición para ayudar.
El cliente es como el fuego, es la clave para nuestra receta. Al cliente hay que cuidarlo, ganarlo de a poco, con cada compra, pues es el único que nos puede hacer crecer. Los clientes son el principal agente de marketing, ya que muestran tus productos, los visten, los prueban y hablan de ellos. Si fueron malos, hablan más que nunca acerca de ellos. Si fueron increíbles, también. Si fueron igual que otros, quizás vuelvan a comprar, o quizás sigan probando con otras marcas. Demostrarles la diferencia de calidad está en nosotros, en una decisión estratégica tomada con antelación y premeditación, a la medida de nuestras posibilidades y considerando el ambiente externo.
No hace falta ser una multinacional para pensar en el mediano plazo. Cada empresa, pasando por una unipersonal hasta una planta con 200 empleados, si quiere crecer y mantenerse en el mercado, debe:
- Planificar antes de hacer.
- Cuidar a los empleados.
- Pensar en el cliente, cuidando todos los detalles que él percibe.