Incertidumbre
Conscientes de que el momento y las circunstancias ideales -léase reapertura de aeropuertos- quedaban demasiado lejanos o difícilmente iban a cumplirse, finalmente tomamos la decisión de intentar el retorno a Buenos Aires, empujados también por ahorros que ya comenzaban a flaquear pese a la ayuda familiar. No obstante, ese paso nos metió de lleno en otro escenario: un océano de tantos interrogantes que disiparon rápidamente la sensación inicial de temor.
El deseo, el aura de gesta que envolvía buscar el camino de salida, comenzó a chocar con la falta de información, un personaje casi siempre presente en los momentos de emergencia. Así, mientras una respuesta automática de un correo de Cancillería parecía desbaratar cualquier esperanza de ayuda con una lista de recomendaciones que rozaban el ridículo (“sea prudente con el uso de los recursos económicos con que cuente para sobrellevar la emergencia”), desde distintos organismos oficiales chocaban opiniones sobre permisos, formularios a llenar y autorizaciones o resolvían quitar -de un día para otro- el servicio de micros que trasladaba a la Capital a aquellos argentinos o residentes que cruzaban a pie la frontera. La única certeza, a esa altura, era que el retorno solo podía concretarse vía terrestre a través del paso Uruguaiana-Paso de los Libres. Nada más.
Esperanza
Los rezos al viejo, a mi suegra que hasta hace unos meses habitaba esa misma casa que ya llevaba casi dos meses abrigándonos, se replicaban noche a noche. Pero estaba claro que para poder volver a poner un pie en ese entonces lejano departamento de Monte Castro que habíamos dejado hace tiempo necesitábamos algo más que fe.
Y de repente, el milagro (fueron dos, en realidad) ocurrió. Por un lado, la voz de una funcionaria, quien con apenas unos mensajes indicó con precisión y simpleza el único trámite a cumplir para circular desde el momento en que llegáramos a Argentina; por otro, la voz de un amigo, tal vez el personaje principal de esta historia; aquel con el que nos conocimos allá por 1996, como pasantes del diario Olé, y al que no veía desde hacía un puñado de años; el que tomó la decisión casi sin que se lo propusiera de recorrer más de 700 kilómetros de ida y 700 kilómetros de vuelta solo para irnos a buscar a la frontera; el que durante todo el viaje me remarcó que “cómo no voy a hacer esto por vos, Negro”; el mismo al que después de semejante travesía tuve que despedir con un saludo a lo lejos y no con un abrazo infinito para demostrarle que me faltarán años para reconocerle lo que acababa de hacer.