Caminó los barrios, gritó su nombre por las calles, pegó mil carteles, habló con vecinos, repartió mil volantes por debajo de las puertas, la buscó oculta bajo los autos, fue guiada por personas que decían haberla visto a casas de Merlo y José C. Paz, y se metió a la Villa la Carbonilla, un asentamiento lindero con las vías del ferrocarril San Martín en La Paternal, por sospechas de que podía haberse recluido ahí. Y efectivamente, ahí se encontraba. "Estaba trabajando cuando una mujer me llamó diciéndome que tenía a mi perrita -repasó Jésica-. Pero como hubo mucha gente que me llamó, lo primero que le dije fue que me mandara fotos. Cuando recibí la primera foto, me puse a llorar y a gritar. Le pedí que me mandara una de la panza porque a mi China le falta una tetilla. Y eso no se lo había dicho a nadie. Me la mandó y era ella, era ella, era ella".