Al liberar el sistema financiero de regulaciones, el gobierno de Mauricio Macri renunció a la capacidad del Estado de orientar el flujo de capitales hacia el desarrollo del aparato productivo del país.
De este modo, el “mercado” asoma como una amenaza a la estabilidad, al trabajo y a la supervivencia de millones de argentinos que depositan en el Estado la responsabilidad de garantizar el equilibrio de fuerzas imponiéndole límites.
Hace tiempo que el gobierno dejó de hablarle a los argentinos para dirigirse, casi exclusivamente, al “mercado”, intentando, en vano apaciguar su insaciable apetito, subsidiando dólares baratos, prometiendo salarios bajos, tasas desorbitantes que superan el 70% y escasa o nula regulación.
La mayoría de los argentinos no entiende en qué consiste el nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, ni sabe cuáles son las variables que determinan el crecimiento de la actividad económica, el precio del dólar o la inflación. Sin embargo, no necesitan escuchar el análisis de los expertos para darse cuenta que son cada día más pobres. Lo sienten en carne propia cuando van al mercado, al único mercado que conocen, el que vende leche, frutas y verduras.
El autor, Hernán Reyes, es director de la consultora Reyes-Filadoro