Hoy Riquelme es el ajedrecista. Aquel que juega con blancas. El que con un movimiento de piezas puede determinar el complejo escenario político. Pero necesita jugar a ganador. Tener certezas. Más allá de pretender meterse en el fango de la política no se puede permitir su primera derrota en Boca. Eso quizás se lo asegurase ir junto a Amor Ameal y compactar el arco opositor. Pero es justamente Ameal, el menos interesado en tenerlo. El que menos lo seduce. Pareciera que Ameal optaría por perder con los propios a ganar con Riquelme, sabiendo que su gobierno podría verse condicionado para el poder de acción de Román.
Ya se abrió el juego hasta el 20 para la presentación de las listas, y hoy el único espacio dispuesto a involucrarse al aparato de Boca, si es que Riquelme se involucra, es del Víctor Santa María. No hay chances que José Beraldi o Jorge Amor Ameal puedan insertarse en el oficialismo.
El gran dilema de la elección, más allá de lo determinante que resulte Riquelme en alguna de las listas, es si la oposición pudiera unirse. Y si eso ocurre, el oficialismo podría perder Boca entendiendo que la última elección el 44% votó oficialismo y el 56 restante oposición.
Todo este mapa podría simplificarse de pretender el propio Riquelme ser el candidato a presidente, pero éste entiende que necesita al menos un período de gestión desde otro lugar para aspirar en 4 años a presidir Boca.
Ayer asistimos al lanzamiento de Román politico de Boca. Le sobra calle e inteligencia para saber distinguir quienes lo busquen para ganar de cualquier manera, utilizando su inmaculado nombre. Sabiendo que en política la única cuestión es ganar sin detenerse en el cómo, paradójicamente lo que más le interesó al crack de Torcuato en toda su carrera para pretender la victoria.