Además, el riesgo es que nuestros derechos se vean afectados. De acuerdo con nuestra Constitución todas y todos somos inocentes hasta que una sentencia judicial firme diga lo contrario. Si eso se convierte en una regla en lugar de una excepción, nuestros derechos pueden quedar a merced de la arbitrariedad de un juez o de los vaivenes políticos en un país en el que, muchas veces, el Poder Judicial funciona como apéndice del Poder Ejecutivo.
¿Esto significa que los corruptos deben zafar y nadie les debe quitar su dinero producto del delito? No. Esto significa que el Estado debe implementar de forma urgente políticas públicas destinadas a mejorar el servicio de justicia, cosa que hasta ahora no ha logrado.
Consultado por A24.com sobre este punto, el ministro de Justicia Germán Garavano expresó “esto no resuelve los problemas de la justicia y la corrupción pero puede ayudar como en Colombia a desapoderar de sus bienes a bandas criminales y narcotraficantes más rápido, reducir su poder corruptor y sacarlos de circulación. Es una herramienta potente”.
Tal como analizamos con el fiscal Federico Delgado en nuestro libro “La Cara Injusta de la Justicia” para solucionar estos problemas deben haber juicios justos y rápidos. Para ello debe haber un compromiso colectivo de crear un Poder Judicial independiente de los intereses sectoriales, reconciliar la ley con la justicia y trabajar integralmente en la formación de la burocracia judicial.
Hasta ahora con Cambiemos eso no cambió.