Cuadernos es una causa que, aún cuando potencialmente podría significar un gran paso en el proceso de reconstrucción de la confianza pública, condimentos tales como la forma en que se organizó, en la que el juez y el fiscal la llevaron adelante con cuestiones como las de los arrepentidos en las que los abogados defensores originales eran reemplazados por un defensor oficial y automáticamente había arrepentimientos hicieron que esté siempre habitada por la sospecha. Esto explica por qué en tribunales hay cautela a la hora de evaluar el éxito final de esa pesquisa.
En este contexto, la nueva aparición de los seis cuadernos entregados por un anónimo al colega del diario La Nación Diego Cabot no hace más que reafirmar las sospechas preexistentes.
Si bien la primera noticia podría haber sido buena porque aparecieron aquellos elementos cuya ausencia se usó para deslegitimar la investigación al decir que eran fotocopias, a tres días de las elecciones, las preguntas son muchas. Quién los tenía, por qué los tenía, dónde los tenía, etc. De hecho, hasta ahora sabíamos que se habían quemado y de golpe parece que no. En fin, interrogantes de difícil respuesta que se acercan más a un enigma propio de la noche de brujas, que a la ciencia jurídica.
Por lo tanto, se abren dos alternativas.
La primera es que comience el juicio oral y se disuelva la investigación cuando todas esas partes del expediente cuestionadas pero soldadas por Bonadio y Stornelli dejen de estarlo y sean pasibles de un amplio debate.
La segunda es que, de algún modo, esto se corrobore.
Lo que está claro es que hace falta un juicio oral y público. Y en tal caso, la experiencia indica que las investigaciones que son tan discutidas como la de los “Cuadernos” rara vez llegan a juicio y si llegan el final no es el que indica la Constitución.