Pero en Paraguay también ya tienen un sustituto por cualquier cosa que la pandemia imposibilite realizar el torneo bajo la supervisión de la AFA de Claudio Tapia: Uruguay. La relación cercana del presidente de Conmebol, Alejandro Domínguez, con el presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, hizo que el Centenario sea un gran escenario posible. Tan bien quedó la relación que las dos finales, tanto de Libertadores como de Sudamericana, se harán en Montevideo.
Hace unas semanas el propio Alberto Fernández puso en duda la realización del torneo en suelo argentino: "Yo no quiero frustrar el espectáculo de la Copa América, pero quiero que seamos muy sensatos. Tenemos un tiempo para adelante para analizar y ver cómo evolucionan las cosas, ver cómo podemos dominar el problema", dijo el mandatario durante una entrevista con Radio 10, a propósito de las nuevas restricciones por la segunda ola de Covid-19.
Esta edición de la Copa América debería haber sido realizada en 2020, pero fue postergada un año por la pandemia. Cabe recordar que Australia y Catar estaban invitadas, pero que luego de la postergación tuvieron que desistir de participar por problemas de calendario.
La Copa América de las vacunas
El presidente de la Conmebol consiguió cincuenta mil dosis y se jactó de que la casa madre del fútbol sudamericano es la primera organización civil del mundo en conseguirlo. El negocio económico que le significa la Copa América a la Conmebol es significativo porque no tiene injerencia de FIFA y es el principal motor para que Domínguez haga de las vacunas un bastión de su gestión.
Se tomó la decisión de mantener lo que estaba. Pero en Sudamérica, y sobre todo en el mundo de Conmebol, nada está escrito de antemano. Nunca.