En el lugar trabajaron peritos durante toda la noche, analizando con detalle la escena en un edificio moderno, con cámaras de seguridad y varias unidades habitadas. El departamento donde vivían las víctimas era un monoambiente de 48 metros cuadrados, en el cual no se detectaron indicios de robo ni de ingreso forzado.
El columnista de temas judiciales Gabriel Iezzi también aportó más información en base a fuentes cercanas al caso. Según explicó, la familia llegó a la Argentina desde Corea del Sur hace una década y atravesaba una situación delicada. El adolescente fallecido tenía un alto grado de autismo, y su madre se encontraba bajo tratamiento por depresión, con medicación controlada.
“Todos los días, el hermano recibía un llamado de la mujer. Pero ayer, al no recibirlo, fue a ver qué había pasado”, relató Iezzi.
Cuando no logró establecer contacto, decidió ingresar al departamento. Lo que encontró cambió por completo el rumbo de esa noche. En una primera etapa de la investigación, los responsables del caso señalaron que todo apunta a un episodio de índole intrafamiliar, aunque se mantienen abiertas otras líneas de análisis.
Las cámaras de seguridad del edificio están siendo revisadas por personal policial para establecer si hubo o no movimientos sospechosos o ingresos no autorizados en las horas previas al hallazgo.
Hasta el momento, no hay detenidos ni imputados, y la causa continúa su curso bajo secreto de sumario mientras se aguardan peritajes complementarios que podrían arrojar luz sobre un caso tan trágico como enigmático.
En una ciudad acostumbrada a sobresaltos, este hecho impacta por su naturaleza silenciosa y por los interrogantes que aún permanecen sin respuesta. Mientras la familia espera por el avance de la causa, la comunidad coreana en Buenos Aires también sigue con atención el caso, conmovida por la pérdida y la incertidumbre.