Vale recordar que el año que viene se elige presidente. Y que nadie va a tener la cuerda suficiente siquiera para generar las mayorías parlamentarias que le permitan gobernar sin acuerdos. Hace rato que se repite el esquema. El electoralismo permanente -la pelea sin cuartel por los cargos, digo, más que por los proyectos- ha deteriorado, incluso, la calidad de la propia democracia.
En esa dirección, la Gestión Massa puede terminar siendo más beneficiosa para el sistema político en general que para sus ambiciones personales, en particular. Salir ileso de un ajuste, por más acolchonadamente peronista que sea, pinta una misión difícil. Y ahí están los opositores esperando el resultado sin tener que pagar la factura política de los agobios por atrasos de salarios, recortes de gastos y aumentos de tarifas. Según los dirigentes ruralistas que se reunieron con él, Massa les aseguró que no será candidato en 2023.
La oposición más vehemente -llámese Carrió- cuestiona más a los “socios” de Massa que a Massa mismo. Y el ala más “racional” -llámese Rodríguez Larreta- apenas le recrimina que, si el desdoblamiento tarifario de los servicios públicos “era tan conveniente, lo hubieran hecho antes. Están marcando más el territorio de la competencia interna que poniéndole palos en la rueda al ministro.
No la pifió tanto el jujeño Gerardo Morales al comparar a Carrió con Cristina. La vice está siendo el principal escollo para que Massa complete su equipo con un economista en jefe que pueda ordenar la gestión desde la macro y terminar de aplacar los ánimos del “mercado”. Tiene frenada esa designación hasta que el Frente Renovador y La Cámpora terminen de sellar un acuerdo claro para blindar electoralmente el Gran Buenos Aires. Sin eso es imposible soñar con un triunfo, pero tampoco subsistir.